«Cuando aprendamos a convivir con el virus cada uno será lo que era»

«En mayo de este año, vi como se lanzó la cápsula al espacio y escuché a un excitado periodista relatarlo; recordé que en el 2001 presencié, sin barbijo, alcohol en gel o distanciamiento social, el regreso de un transbordador desde allí, el mismísimo Cabo Cañaveral que ahora miro por TV. Como muchas personas formé parte de la globalización que no tenía en ninguna propaganda turística la palabra “cuarentena” y apiñados sacamos fotos en Luxor; navegamos el Ganges al amanecer; pisamos el pasto del “Barsa” aunque sin Messi; caminamos una noche tratando de oír la brama del ciervo y dormimos en algún desierto asiático. También fuimos muchos en algún recital del cual guardamos el billete porque un sujeto globalizado debe tener pruebas a cuales remitirse. Pero así como puedo hablar de la globalización bien capitalizada porque permite acceder a otras culturas, también para una gran parte de la humanidad la globalización solamente es una máscara que encubre el vacío y en esta etapa, donde un virus con corona manda a encerrarse y casi no consumir, el vacío se proyecta en violencia, crímenes y discriminación. Aquello no resuelto, vuelve con la misma virulencia que el corona y aparecen los opinólogos a toda hora, y se suman los especialistas con sus fórmulas y los negadores que dicen que no pasa nada (que te saques el barbijo y salgas a correr) y los tremendistas que ya ven el fin del mundo o la invasión extraterrestre porque la influencia de Netflix es atroz (filosofía y fantasía comparten muchas cosas no solamente la primer letra). Y entre todo esto, “yo me quedo en casa”, negándome a cocinar en exceso, hacer yoga o tejer según el último tutorial de YouTube como sugieren a los adultos mayores, rótulo que me niego rotundamente y menos que me digan que hay actividades según las edades. Mi cuarentena se nutre de escribir una historia sobre una mujer que se deconstruye; de aprender a grabar videos porque acabamos de presentar una Audioteca con la editorial de la Universidad de La Plata y no habrá brindis ni discursos del decano; de fotografiar las hojas que caen al pie del ciprés calvo y pensar que cuando aprendamos a convivir con el virus cada uno será lo que era. Nadie cambiará…Como Fiesta que canta Serrat». 

Susana Vaquero

Nació en Francisco Madero (Buenos Aires) en 1954, pero su niñez y adolescencia transcurrió en General Pico. Al concluir sus estudios secundarios se trasladó a la ciudad de La Plata (donde actualmente vive), para cursar la carrera de Medicina. Ejerció como psiquiatra hasta su jubilación. Escribe ficción desde niña, posteriormente incursionó en la poesía y su primera publicación la realizó en 2014, editando la novela Aromas de manzanilla (Editorial Vuelta a casa), con una segunda edición en 2016. Su segundo trabajo fue Aquello que subyace, un libro de cuentos que apareció en 2016 y fue reeditado en 2019. Ha realizado cursos de guión cinematográfico y de dramaturgia.

Así escribe

Dolía. El pecho dolía como si hubiesen estallado los huesos y el corazón escapase al cuello dándole a la vena más fuerza para latir y asomarla entre mi piel gruesa y arrugada. Dolía la garganta seca y sin gemidos. Dolía, y eso que solamente me tocó el esternón con la punta afilada de su uña roja, del dedo índice de la mano derecha. Brevísima partecita de su delgado cuerpo, enfundado apenas en un vestido ajustado negro que le llegaba a la mitad del muslo. Más arriba el escote mostrando el nacimiento de los pechos morenos. Y descalza…

Del cuento Clandestino. Aquello que subyace.

Ese General que hubiera conocido, es una manera de decir, con propiedad y rigor tendría que decirse que hubiera visto descender del avión al mismo momento que miles de gargantas gritaran su nombre…que centenares de banderas se agitaran y que pares de manos se alzaran y pares de ojos trataran de enfocar la figura y se llenaran de lágrimas. Entonces…las balas… los cuerpos rodando por el suelo, el terror, el desconcierto. El cuerpo fragmentado de José Sambosco y el dolor en el muslo lo impidieron. Este recuerdo la lleva a otro, sin multitud vitoreando, sin banderas ni pancartas, sin fuego ni sangre, pero sí con lágrimas en los ojos y el alma fragmentada. Al día en que su padre la despidió en el aeropuerto, el último día que lo vio, que lo abrazó y que ella no entendió que estaba poniéndola a salvo de los tiempos del horror que luego sobrevinieron. Se detiene un momento frente a las vidrieras de la galería Lafayette, respira hondo para aplacar el dolor de la pierna. Ya falta poco. Cruzó al Opera y de allí al café son unos pasos. Piensa tratando de ser optimista.

Fragmento de Aromas de manzanillas.

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Autor

Raúl Bertone