Acerca del Táurux

ACERCA DEL “TÁURUX”; DIBUJO DE VALENTINO ROSSI A LOS 6 AÑOS

Nos conocimos con Valentino como se conocen dos niños artistas; es decir, dibujando. Y aunque por ese entonces hacía mucho que yo había dejado de ser un niño, otras cosas no habían cambiado. Tenía treinta y nueve años y me sentía un viejo incluso ante Jorge, el papá de Valentino, que por ese entonces tenía treinta y dos y al igual que yo intentaba la escritura. De hecho, esa noche ambos estábamos invitados a una cena “literaria” de esta ciudad. Y cuando entré a la casa de nuestra anfitriona (y en ese preciso momento entendí cuán insidiosas eran esas tertulias) vi a un niño dibujando en una mesa. Tendría cuatro años. No más. Cuando lo saludé, apenas si reparó en mí. Y entonces su mamá me djo “el Jorge ya viene. Te presento al Valentino”. Era Caro, a quien veía pro segunda o tercera vez en mi vida.

Y así, sin entrar siquiera a la cocina a saludar a los poetas, le pregunté al niño si me podía sentar con él. Me dijo que sí, y me preguntó que iba a dibujar. Le dije que nunca sabía hasta que agarraba el lápiz. ¿Y vos que estás dibujando? le pregunté. Y me dijo que “un puma chiquito”, porque también había “un puma grandote” pero le daba miedo (horas más tarde, Jorge me explicaría la génesis de esos animales, que salían en un videojuego). Entonces antes de rayar mi hoja, me quedé viendo la pequeña manito de Valentino guiando un lápiz enorme; la fluidez con que delineaba una figura y la fabulosa naturalidad con que pintaba. De hecho, Valentino tomaba los colores sin mirar y sin pensar. Y los ponía con tanta “verdad” y precisión en el papel, que la armonía cromática se generaba de inmediato. Yo, que hacía mil años que no veía dibujar a un niño, agradecí aquella escena como se agradece un milagro. Y me acordé de aquel verso de Pessoa que decía “come chocolatines, pequeña, come chocolatines! ¡Ojalá yo pudiese comerlos con la misma verdad con que tú los comes!”. Acaso este tipo de pensamientos sea inevitable al quedarse cara a cara con un niño que tanto se parece al que uno fue.

Así que esa noche y a pedido de Valentino intenté un puma y luego un pez, que luego se metamorfoseó en otra cosa. Y así empezaron a surgir colecciones enteras de seres híbridos que dibujaríamos durante dos o tres años en otras mesas y en otras noches. Los delfines-cuchara, los súperman-peines, los batman-gallinas… Todos estos seres lo hacían reír y le disparaban dibujos mucho más amplios que el mismo concepto. Y eso era, en cierto modo, patrimonio de los grandes artistas, pero también de algunos niños.

En un momento de aquella noche del 2010, la dueña de casa nos llamó a comer y me dijo un “¡Pero querido, no sabía que estabas acá!” Lo que significaba “siempre lo supe, pero como veo que no te gusta mucho esta reunión (y a mí no me gusta que no te guste) por educación no te fui a buscar”. Y entonces debo haber pensado algo muy parecido a esa frase de Chéjov, que “la educación no es no volcar el frasco de salsa en la mesa, sino hacer como que no vimos nada cuando lo vuelca el otro”.

Y así, con Valentino y Caro tuvimos que abandonar aquella mesa; un verdadero tesoro de papeles opacos y del brillo de “adornitos” que simulaban oro (dime cómo son tus “adornitos” y te diré quién eres). Algo así como haber dejado un sitio desde donde uno podía ver, como una raya lejana temblando en la niebla, la playa del paraíso perdido. Al rato, Jorge llegó con un vino y nos dimos un abrazo. Fue la última vez que estuvimos en esa casa, y lo bien que hicimos.

Como dije antes, nos juntamos muchas otras veces a dibujar con Valentino. Y cada vez que iba a visitar a Jorge, le llevaba algunas fibras. Miles de monstruos híbrido fueron surgiendo de sus pequeñas manos uy del bestiario de mi imaginación baldía.

Sin embargo, el hecho que quiero referir pasó de manera puntual el día de mi cumpleaños; el número cuarenta y uno en el 2012. Y si recuerdo la fecha no es por mi efeméride sino porque sé que Valentino tenía seis.

VALENTINO

Por ese entonces yo vivía en un departamento suburbano bastante pequeño, en el cual no entraba mucha gente ni muchas sillas. Y aquella noche, por suerte, muchos amigos habían venido a saludar. Sobre la única mesa había botellas, sándwiches, platitos con salchichas y otras “delicatessen” de amor que seguramente me había preparado Fabiana. Y cuando los invitados empezaron a irser, la mesa poco a poco se fue desocupando. Y así, casi mágicamente, empezó a llenarse de papeles y lápices. Yo le mostré a Valentino unas hojas satinadas que había encontrado en la calle. “Mirá, son especiales para las fibras”. Y Jorge le dijo a su hijo “hacéle algo al Iván para su cumple… Hacéle el puma”.

Pero parece que Vale no estaba en vena para eso. Por alguna razón, con Jorge habíamos estado hablando del Minotauro; de los distintos modos que tiene el mito para mostrar la violencia pero también la vulnerabilidad de ese ser, la singularidad pero también la soledad del monstruo. Y Valentino me dijo “quiero hacer un táurux”, que así era como le decía al desdichado Asterión. Le dije que sí, que estaría buenísimo. Y le expliqué que el “táurux” no era cualquier toro. Que tenía mucha fuerza pero que no era malo. Que lo habían encerrado en un laberinto del que no se podía escapar porque había nacido con cabeza de toro y era la vergüenza de su madre. Y que cuando le llevaban chicas para que mate y se las coma, él, que no quería. En el fondo esperaba que alguien lo matara a él para liberarlo del laberinto. Y sobre todo de la vergüenza de su madre y de su monstruosidad. “El táurux tiene miedo de que lo maten y a la vez quiere que lo maten para dejar de vivir solito”, le había dicho. Y entonces reparé que Valentino, conmovido, ya había empezado a dibujarlo. Mis fibras estaban gastadas pero igual se las ingenió para pintar. Agarraba un amarillo limón y un naranja damasco, colores que yo jamás hubiera usado, pero combinados por sus pequeñas manos volvían a ser una “verdad” cromática y humana.

Y al final, cuando el dibujo estuvo terminado, Caro le dijo “firmáselo”. Al dibujo no lo vi a causa de la penumbra del epartamento, la hora y la cerveza que me nublaba la vista. Pero a la mañana siguiente cuando desperté, el “táurux” brillaba en medio de la hoja. Y sentí que Valentino me había hecho uno de los mejores regalos de cumpleaños de mi vida. Porque además de su talento de niño, me había dejado un”ser vivo”, un amigo para el laberinto de los días de la vida. Había captado exactamente la esencia de lo que le conté. Y traté de imaginarme en lo que hubiera dicho Borges al ver semejante tesis gráfica de Asterión. O lo que hubiera dicho Picasso al tanta fluidez en el color y en el trazo.

Al dibujo lo recorté de esa lámina llena de otros bocetos son importancia y lo puse en un marco. Incluso llegué a utilizarlo para la tapa de un libro mío que acaso no le hizo justicia.

Hoy, el dibujo de Valentino es el único “original” que tengo en mi casa. Cada vez que lo veo se lo digo y él se ríe. Ahora tiene doce años, va al secundario y ya es un hombrecito. Además, juega al fútbol y tiene novia.

En lo que respecta al arte, Valentino sigue con su pulso intacto. Pero uno de estos días, lamentablemente, lo perderá. Se volverá adolescente y su lápiz ya no sabrá cómo latir en la frecuencia de ese reino encantado. Ahí será el momento en que el táurux se vuelva al laberinto y Valentino se vuelva un argonauta; es decir el hombre que sale a buscar aquello quese perdió para siempre; ese ángel que vino con uno al mundo y que un día inexplicablemente se voló.

Yo, que hace milenios perdí el estado de gracia, también soy un argonauta que navega perdido. Y entiendo más que nunca aquellos versos de “vivir no es preciso/ navegar es preciso”. ¿Qué importa esta vida sin el paraíso perdido? Pero si se viaja para buscarlo, entonces esa navegación es la empresa más preciosa que se pueda concebir jamás; porque entonces la vida tiene un sentido.

Por eso agradezco tanto esa noche de hace ocho años. Porque en la mesa de una “poeta” me encontré con un niño pintando con la verdad de aquel Edén. Y entre el brillo de aquellos adornitos horribles me encandiló el resplandor del vellocino de oro.

Por Iván Wielikosielek
Iván Wielikosielek

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