Achtung baby: ¿cómo es el método de crianza alemán?

Cuando mi hijo tenía tres años, mi marido lo estaba cambiando y se distrajo porque jugaban Real Madrid-Barca. Apenas unos minutos después, sonó el timbre y encontramos en la puerta de casa a dos policías gigantes que estaban escoltando al chico. Es que este se había aburrido, montado a su triciclo y salido a pasear. Tenía el casco puesto y daba vueltas por la vereda sin cruzar la calle porque le habíamos enseñado que eso era lo importante. Nos habíamos olvidado de aclararle que no podía salir desnudo y que, si bien era la parte más tranquila del balneario, y con vecinos que lo controlaban, debía tener un adulto al lado.

Tratamos de contener la risa frente a la escena (el chico venía con una sonrisa de oreja a oreja y explotaba de orgullo por sus acompañantes de uniforme). Pero inmediatamente recibimos un parte de los oficiales.

No se daban cuenta de que, quizás, éramos unos adelantados. El gran éxito editorial que se viene en los Estados Unidos es Achtung baby (“atención, bebe”). El libro está escrito por Sara Zaske, una americana que vive en Berlín. Si bien saldrá en enero, ya en preventas promete ser un best seller y con los adelantos que salieron en distintos medios, en el ambiente de las madres con chicos en edad escolar es la gran novedad. Porque dentro del contexto -sobre todo del eje Nueva York/Los Ángeles- de chicos sobreprotegidos y helicopter parents, o padres helicóptero que los sobrevuelan controlando cada paso y decisión lo necesiten o no, Zaske promueve el estilo alemán de los últimos años para criar chicos autosuficientes e independientes desde muy temprano. Esto implica que saben manipular cuchillos y fuego, juegan desnudos en las fuentes de la plaza sin problema, van solos por la calle en las ciudades y viajan con su clase a pasar varios días en el bosque antes de cumplir los cuatro años.

El estereotipo del alemán es muy rígido, pero en el modelo de educación y crianza actual que retrata Zaske son concienzudamente relajados.

El libro ya es parte de una nueva tradición dentro de la industria editorial americana que podría resumirse en “cómo educar a la manera de los extranjeros que lo hacen mejor”. En esta línea primero estuvo Tiger Mom, Las memorias de Amy Chua, que devinieron una especie de manual sobre cómo criar chicos de manera ultraestricta como los chinos (con el subtexto de que así eran los que iban a dominar el mundo mientras los americanos crecían cada vez más débiles). Luego siguió el libro de Pamela Drukerman Bringing up bébé, sobre cómo hacerlo a la francesa (es decir, con las mamás que se mantienen lindas, con tacos altos y con chicos que saben saludar a los adultos). Más tarde vinieron libros ensalzando la educación escandinava y la holandesa. Bajo el irresistible título de Los chicos más felices del mundo, una de las autoras, la americana Rina Mae Acosta, resalta las ventajas de permitir a los adolescentes romantic sleepovers, o quedarse a dormir en lo de amigos con fines románticos, que, al menos en la puritana costa este americana, no sólo es moralmente reprochable sino incluso punible en ciertos estados.

Y ahora llegó el turno de los alemanes. Zaske se cuida de aclarar que no cree que Alemania sea un lugar utópico para criar chicos ni que todos los padres alemanes sean iguales. Pero sí que hay algo loable que está sucediendo en la capital alemana de lo cual se pueden tomar elementos para aplicar en otros lados. Para un lector argentino inmediatamente queda claro que estos libros se dirigen a un público de clase media o media alta y que viven en lugares relativamente seguros y con necesidades básicas cubiertas.

Polémico

“Es un contexto muy especial y no sé hasta qué punto exportable -dice Alia, una médica de la Gran Manzana casada con un alemán y cuyas hijas van todos los años por unos meses a la escuela en el pueblo natal de él-. Imaginate en Nueva York ir a una de las entrevistas para entrar en uno de los preescolares supercompetitivos y cuando preguntan qué hacés con tus chicos, respondés manipular cuchillos y fuego y mandarlos por varios días a un bosque. No entran en ningún lado y alguien seguro les inicia un juicio”.

“No te explico las cosas que nos pasaron por criar a nuestros chicos como dice en ese libro”, confiesa Barbara, una mamá alemana cuyos hijos sí entraron en una de las escuelas más célebres, pero que reconoce recibir “miradas sucias” en la Gran Manzana por la forma en que los educa. Recuerda que en un pequeñísimo centro de esquí de las afueras de la ciudad ella y su marido vieron a unos amigos y se corrieron unos tres metros para saludarlos. “No movimos a nuestro hijo de un año, que estaba durmiendo bien arropado al sol en su cochecito. Nos dimos vuelta y, de pronto, no sólo había un grupo de gente alrededor de él, sino que habían llamado a la policía. «Esto va en contra de la ley. Un adulto siempre tiene que tener una mano sobre el cochecito», nos reprendió el oficial”.

Las madres y padres alemanes consultados en Nueva York aseguran que siguen el modelo Achtung baby aunque quizá no lo hubieran hecho antes de que se empezara a hablar tanto del libro. Claramente va en contra de la corriente aquí, pero dicen estar convencidos de que lleva a criar chicos más sanos y autosuficientes -y, tan importante para sobrevivir en los Estados Unidos, con una personalidad que les servirá para adaptarse a situaciones competitivas-. Aunque dudan de que se imponga (entre otras razones, por cuestiones legales), coincidieron en que la moda Achtung baby quizá sirva para corregir excesos de sobreprotección. Aunque hay algo de la crianza alemana que no aceptarían jamás: el libro dice que a los chicos se les permite encender los fuegos artificiales de las celebraciones de fin de año. En eso, ni siquiera la autora de Achtung baby está dispuesta a ceder su precaución americana.

Tips de la educación germánica

Dejar que los chicos jueguen desnudos en la playa y en las plazas cuando hay chorros de agua para mojarse.

Hasta después del preescolar, el enfoque tiene que ser en un juego y destrezas sociales, no en la lectura y las matemáticas.

Dejarlos que caminen solos. A la escuela, a lo de los amigos, al almacén del barrio.

Permitirles manejar cuchillos y fósforos. En vez prohibir que los toquen, enseñarles a usarlos de manera responsable.

Que se queden a dormir en lo de los amigos a partir de los tres años. Los jardines de infantes también organizan actividades para que los chicos se queden a dormir allí como experiencia, y hay viajes escolares desde muy temprano.

Hablar de sexo. Desde muy chicos y en la escuela: no es algo que tiene que quedar para que los padres lo aborden.

Permitir encender los fuegos artificiales a fin de año.

Fuente: La Nación

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