Adoración del fuego

Muchas veces anacrónico, el narrador piquense Héctor Mássara (autor de Tierraplana) busca sus temas allí donde la mayoría pasa de largo. Y si en esta ocasión, a través del relato “Adoración del fuego” cavila sobre el alcance perenne de un elemento, siempre lo hace fiel a su estilo gramatical y sintáctico.

Héctor Massara
Héctor Massara

Adoración del fuego

El fuego vigila en el rincón de la casa, es más luz que calor hasta que hechiza y obliga al acercamiento. A la distancia en que uno estira el brazo para tocar una mujer discretamente y acaso por primera vez ya se apoderó de mí. Soy un Neanderthal atemorizado, un Clovis enfrascado en endurecer una flecha que aún no conocerá el filo del pedernal, un conquistador no convencido que atisba la oscuridad rumorosa que lo rodea, una mujer laboriosa en su puchero de barro y así, un millón de veces, un millón de personas que sufrieron el sortilegio y se perdieron en humo y ceniza.

Este fuego sí que sabe. No ha aprendido. Sabe. Puede derretir, endurecer, crear, destruir, dar alivio y dolor. Nos ha curtido, templado mejor, durante milenios. Está lleno de amarillos, naranjas, rojos, azules y verdes. Otros más observadores descubrirán una paleta más extensa, yo estoy menguado en mis sentidos, apaleado, alucinado por sus luces. Vean: ahí estalla en una antorcha que cae en un techo de paja y hace llorar a una mujer y su pequeño, ahora se apodera de las tinieblas de una tumba etrusca y le permite a un escriba inmortalizar el recuerdo de un héroe pretendida y fallidamente inmortal. Se esparce, maligno por la ciudad de ciudades por obra y gracia de la locura.

Comete el supremo pecado de dejar sin libros a Alejandría robándonos siglos de luz, puedo oír los gritos destemplados de sus guardianes corriendo con unos rollos que explican la periodicidad hídrica del Nilo y abandonando la obra genial de un persa que ha entendido el porqué de la vida. El fuego no conoce la diferencia entre el bien y el mal. Mientras me acerco más, envalentonado por su decadencia lo compruebo, una mujer entibia un odre con leche de cabra y acerca el helado cuerpo de su hijo que ya pasó la tormenta de la fiebre y busca aferrarse a la vida, un viejo arquea su espina calmando la artritis y unos pastores pobres acercan el jergón del que morirá para salvarnos.

Vamos fuego… es hora que intimemos, tú estás más calmo, déjame acariciar con mi palma tus inconsistencias, déjame que aguante con la mandíbula pétrea el ardor que vendrá. No pienses que mi llanto es cobardía, es sólo un humano y tonto sacrificio. ¿Ves esa mujer entrando? Por ella sí he llorado cobardemente y, ahora que pienso, no debiera contarle eso a quién no puede guardar secretos. Eres engañoso a tu pesar. Alguien vendrá mañana y te alimentará y tu naturaleza podrá con tu discreción y acabarás contando mi historia junto con otras mil. Una última pregunta, antes que el gris le gane a tus últimas ascuas: ¿puedes entibiar el corazón de ésa mujer?

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