Alberto Manguel: «Esta sociedad adiestra a los jóvenes a ser esclavos»

Cuando Borges se quedó ciego, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) puso voz a buena parte de los libros que conformaban la biblioteca del autor argentino. Tanto ha leído desde entonces que casi todas sus obras nacen de la lectura de otros autores. En su último trabajo intenta responder a preguntas elementales —¿Quién soy? ¿Qué hacemos aquí?— haciendo una relectura de la Divina Comedia, un libro que «descubrió» hace ahora diez años y que, asegura, «lo tiene todo».

—Usted dice que no cree mucho en los géneros literarios, ¿Qué nos trae esta vez?

—No sé si necesitamos definir los libros por género. Yo supongo que no es una novela ni un poema, de manera que tradicionalmente tendríamos que llamarlo ensayo. Pero decir qué es un ensayo, si una biografía es un ensayo, si una obra filosófica es un ensayo… No podría decirlo. Creo que es mejor dejar al lector que haga estas definiciones.

—En las primeras páginas dice que «escribir un libro es resignarse al fracaso».

—Lo que sucede es que cuando uno imagina el libro que va a escribir lo imagina perfecto, por supuesto. Diciendo las cosas que quiere decir, buscando las imágenes que son fascinantes… Pero cuando uno se pone a trabajar con las palabras… Las palabras nos fallan, las palabras no son un instrumento exacto y lo que se logra hacer es una aproximación. Son pocos los que como Dante pueden imaginar una obra perfecta y realizarla perfectamente. Dante mismo dice que en su obra han colaborado el cielo y la tierra, se da cuenta que ha creado algo que está casi al límite de las capacidades humanas. No es mi caso (se ríe). Esas grietas que tiene la obra le permiten al espectador entrar, colaborar. El Quijote no es una obra perfecta pero es una obra que sigue leyéndose porque podemos entrar en las grietas que hay en el texto, en las incertidumbres y en los momentos no completamente realizados.

—En «El sueño del Rey Rojo» tomó como hilo conductor «Alicia en el país de las maravillas». Esta vez elige la «Divina Comedia».

—Desde niño, la literatura es mi entrada al mundo de la experiencia. Yo siempre he sentido que lo que ocurre en el mundo, lo que me ocurre y lo que me va a ocurrir tiene su expresión en algo que ha sido escrito. Lo he sentido así siempre. Cuando escribo lo hago más como lector que como escritor. Escribo a partir de mi biblioteca. Yo elegí Alicia para «El sueño del Rey Rojo» y aquí hubiese podido elegir otros personajes. Lo que pasa es que me puse a leer la Divina Comedia hace diez años por primera vez y descubrí un libro que para mí era perfecto, que lo tenía todo. Y cuando me dije que quería escribir un libro acerca de ciertas preguntas esenciales, esas preguntas estaban en Dante porque en la Comedia se muestra todo. Creo que hubiese podido encontrarlos en otro libro pero no con esa riqueza. Y me interesaba hablar de Dante porque desde hace diez años leo un canto todas las mañanas, tomo notas y cada vez es una experiencia distinta y había una riqueza acumulada que yo quería utilizar.

—¿De dónde sale ese afán por la curiosidad? ¿Fue un niño preguntón?

—No porque mi niñez fue una situación un tanto especial. Yo tenía una nodriza que no alentaba las preguntas, aunque yo me las hacia igual. La curiosidad es innata. Cada niño viene al mundo haciéndose preguntas. La primera vez que un bebé se ve reflejado en el espejo y sabe que esa criatura en el espejo es él, empieza el mundo de las preguntas: «¿Quién soy?», «¿Dónde estoy?», «¿Quiénes son los otros? ». Y se resume en esa pregunta que los niños hacen constantemente y es «¿Por qué?».

—En el libro aparecen varios ejemplos de curiosidad mal llevada, como Eva y su manzana o Pandora y su caja. ¿Quién está jugando hoy con fuego?

—Cada vez que ponemos en acción nuestra curiosidad hay algún elemento que la confronta y que la niega. Hay elementos que no quieren que ciertas preguntas se hagan. En España en el siglo XV había preguntas indebidas acerca de la naturaleza de Dios. Hoy la curiosidad se ve confrontada a la naturaleza práctica de nuestra sociedad. Hay preguntas que no deben hacerse que las respuestas podrían significar que nuestro modelo social y económico no es válido. Y entonces qué hacemos. En todo momento hay esas barreras. Ahora son quizá mas hipócritas que en otros momentos, más materialistas y menos dadas a escuchar la voz del otro. Vemos en acciones extremas de violencia un reflejo de la identidad del otro que al final es la nuestra. Nos olvidamos que nosotros actuamos así hace muy pocos siglos. Seguimos actuando así pero queremos definirnos como «nosotros» y «los otros» para proteger nuestro sentido de identidad.

—Hay mucho erudición en este libro, ¿Cuánto tiempo ha necesitado para armarlo?

—Cualquier lector tiene su erudición lo que pasa es que no damos crédito a la inteligencia de los otros y hacemos sentir a los otros como si fueran menos inteligentes porque han leído otras cosas. San Jerónimo era uno de los lectores más profundos y sabios y su lectura estaba limitada a unos pocos libros. La biblioteca de Borges tenía unos 500… No tenemos que confundir erudición con cantidad. Debemos respetar el conocimiento literario de los otros.

—Además de su afición por Dante, creo que su nieta tuvo algo que ver para escribir este libro.

—Al igual que el hijo del elefante de Kipling ella siempre está preguntado «¿Por qué?». En un momento le pregunté que por qué utilizaba tanto el «¿Por qué?» y ella me contestó: «Bueno, así podemos conversar». Que es una respuesta excelente porque justamente las preguntas conducen al diálogo. Sin preguntas no hay diálogo, serían simplemente dos monólogos.

—¿Cuál fue el primer libro que leyó?

—De niño tenía los cuentos de Grimm, «Las mil y una noches»… Todos esos eran muy importantes. Creo que el primer libro que compré fue una edición de los cuentos de Grimm con ilustraciones muy lúgubres. Creo que lo perdí aunque lo encontré muchos años después y volví a comprar la misma edición.

—Lee mucho y escribe extenso, ¿Cómo es su biblioteca?

—Es muy grande. Fue acumulándose a lo largo de muchos años y siempre acababa en un depósito porque nunca había vivido en un lugar lo suficientemente grande como para tener todos los libros. Hace quince años encontré un lugar en un pueblecito de Francia que no era muy caro y pude colocar ahí toda la colección. Hace quince años cabían y ahora ya no caben porque los libros crecen solos. La biblioteca está organizada para mi uso. Los libros están separados por la lengua original en la que el libro fue escrito. Libros en árabe, en castellano… Y luego hay secciones especiales. Teología, mitología, hay una sección de San Agustín, de Dante, de libros de cocina, novelas policiales…

—¿No usa e-books?

—No, no los necesito. No tengo nada en contra pero no los necesito. Hay una serie de aparatos tecnológicos que no uso. No conduzco, no tengo teléfono móvil… Son cosas que no uso no porque las deteste, sino porque simplemente no las uso.

Una vez dijo que, en el entorno actual, no se le puede decir a un adolescente que lea.

—Por supuesto, los adolescentes no son idiotas. Vivimos en una sociedad que constantemente les está diciendo que lo que tiene valor es lo breve, lo rápido y lo fácil. No puedes decirle al mismo tiempo «esto te va a llevar tiempo y es difícil» y vas a obtener placer en esa dificultad. No puedes decirle a alguien que no coma cosas dulces y ofrecerle una torta. Tenemos que decidirnos a cambiar los valores esenciales de esta sociedad si queremos cambiar lo que consideramos como problemas. La lectura no es algo aislado de la estructura general de la sociedad como tampoco lo es la pobreza o la enfermedad.

—¿Nos iría mejor leyendo más?

—No. Ante todo, como decía San Jerónimo, no se trata de leer más, sino de leer mejor. De todas manera la lectura no sirve para nada si los valores no cambian. En una sociedad que valora lo superficial la lectura no tiene valor. Tenemos que ser más coherentes. Si queremos alentar la lectura tenemos que proporcionarles una atmósfera adecuada a la lectura y no una atmósfera que la contradiga.

—Dicen de los jóvenes españoles que son la «generación más preparada». Ahora hay quien opina que solo es la «generación más titulada».

—Esas generaciones no han sido educadas sino adiestradas. Es una sociedad que adiestra a los jóvenes a ser esclavos. Los llamamos de otra manera, «empleados de oficina» o «trabajadores en fábrica», pero no queremos que sean creadores independientes porque eso no contribuye al consumo. Si a Dante le hubiesen dicho que su espíritu poético lo utilizase para hacer eslóganes publicitarios no hubiese escrito la Divina Comedia.

Fuente: www.abc.es.

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