El ancla, de Ana Rolfi

El Taller de literatura que se desarrolla cada martes en la Biblioteca “Estrada” de General Pico sigue produciendo trabajos bajo la consigna del “editing” o proceso de corrección ortogramatical. En esta oportunidad se trata de una epístola escrita por Ana Rolfi, que demostró (una vez más) con “El ancla” un talento doble: como escritora, y una gran virtud como correctora para escuchar el efecto que la epístola producía en el taller y encontrar los caminos para lograr un buen texto.

El ancla

”Escribo una carta infinita en la pared ambigua del recipiente que me contiene,
A veces adentro otras veces afuera, sin levantar el bolígrafo”

Amanda Berenguer

A quien me lea:
Me llamo Carmen y ya no quiero amarras, sólo busco ser un buen timonel.
Mi papá murió muy joven, recuerdo que me llamaba “rubita” y nada más. Creo que debió ser para marcar la diferencia con mis hermanos mayores todos con piel y cabello oscuro. Yo pasaba mucho tiempo en la biblioteca del barrio, embobada con mitos, leyendas y epopeyas de la mitología griega. Algunas otras lecturas me hicieron ver que fui criada con retazos de verdades no dichas para evitarme zozobras. Mi madre era vendedora por catálogo, en casa entraba y salía gente todo el día. Aún oigo su voz de cuando era yo niña: “siempre hay que tener un ancla en la vida, alguien que te cuide y te dé seguridad”. Entonces me habló de un protector, su amigo, el policía de la esquina de casa.
Como hija obediente a la vez que temerosa, la escuché y fui sumisa con el hombre que portaba uniforme. En momentos de fragilidad cualquier mano tendida parecía tabla de salvación. Cada rescate era un naufragio extremo del cual yo emergía más debilitada y así descubrí que quien maneja tu vida, te domina y manipula a su antojo. La idea virtuosa del ancla resultó un engaño.
En las noches mi fantasía intentaba dibujar escenas deseadas para dar tranquilidad a mi sueño. El mar, que nunca pude conocer, me inundaba con sus azules más calmos, sentía las prolongaciones inquietas de las algas que aprisionaban los tobillos y cosquilleaban las piernas. Mis pies iban transformándose y, con movimientos ondulantes, hacían que me deslizara rauda sin tiempo y sin pausa, como si fuera mi hábitat natural. Vivía una sensación de liviandad absoluta que mitigaba melancolías y penas. Me alejaba de la llamada tierra firme, y me amigaba con peces y moluscos de la vida líquida. Yo me quedaba en principio allí en la zona del mar todavía iluminada por el sol. El dolor ya no pisaba piedras, de puro susto se iba muriendo de a poco, ante los coletazos audaces de una sirena recién nacida que jugaba en el lecho gentil de las aguas marinas. Así, henchida de gozo, me contorneaba hasta desfallecer para despabilarme entre lágrimas despiertas en mi habitación terrena sin haber podido vislumbrar a Poseidón.
Hubo un tiempo en el cual me sentí culpable porque no hallaba en mí resistencia alguna. Sólo era una aceptación autómata de lo que se me presentaba como refugio seguro y busqué amparo en la religiosidad. Los rituales litúrgicos caían, abrumadores, doblegando mis esperanzas de encontrar una salida. La retahíla de la prédica cotidiana resuena en mis oídos: “la palabra es el ancla” pero aprendí que es también el mensaje del supremo dueño de esa palabra y de las almas de sus fieles. La necesidad de creencia y la fe depositada en una idea falaz de las bondades humanas, transformó lo cotidiano en una eterna cadena de servidumbre.
Ayer cumplí 21 años con un niño de 5 y estoy cursando mi cuarto año de la carrera de abogacía. A pesar de ello nunca quise hacer un juicio de filiación o de paternidad. Siempre me he negado a encadenar a mi hijo en una historia de fraude. Para mí anclar es someterse. La necesidad trabaja en el cerebro secuestrando la voluntad a la vez que la astucia de algunos más poderosos la aprovechan en su favor. Dicen que el ser humano nace libre y tiene opciones, y aunque las vaya perdiendo quedan siempre al menos dos. Serían las condiciones mínimas para que la elección y el acto libre se produzcan. Yo nunca pude verlas bien. Lo intenté pero siempre encontré más temores que frenaban mi decisión que fuerzas para salir de esa especie de atolladero. Sentía que un embudo iba tragando mis días.
Hoy desperté con una noticia que trajo alivio a mi pesar. El comisario mayor, el amigo de mamá, ha resultado muerto en una contienda de matones por un asunto de polleras. Si ella viviera le diría que el ancla fue una condena porque esclavizó mi adolescencia. El coraje de desanclar me lo dan, fortuitamente, las circunstancias. Mi tarea, de ahora en más, será aprender a ser mi propio timonel.
Hoy es día de rotas cadenas en mi vida y mi áncora se llama libertad.

Ana Rolfi

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