Anoche soñé con Diego

Anoche soñé con Diego

Anoche soñé con Diego. Yo estaba en una casa con gente que no conocía. Era una especie de pensión y casi seguro que era en Córdoba. Pero en una Córdoba del futuro o del pasado, que a veces viene a ser exactamente lo mismo. Era una ciudad uniformemente gris y en decadencia, como tras algún tipo de catástrofe que no obstante no era bélica, acaso sí financiera o climática o las dos cosas. Recuerdo que éramos muchos en esa casa y estábamos por salir porque era sábado.

Yo no sabía a dónde pero antes de salir me afeitaba con una navaja con el mango de un cuchillo que había hecho mi tío, que era tornero, y que me había regalado cuando yo era chico y cuya hoja se había oxidado con el tiempo. Era la primera vez en la vida que me afeitaba con una navaja pero ese detalle no parecía ser muy significativo. Sin embargo me dio terror cuando recordé, mientras me afeitaba en el sueño, aquella tremenda escena de Drácula, donde el conde quitándole la navaja a Harker lo afeitaba con sus manos muertas en el castillo.

Cuando terminé salimos con el grupo. Íbamos a un lugar impreciso que no sabía cuál era y debíamos tomar la ruta. Muchos iban en moto y yo no me acuerdo en qué medio iba. Supongo que en alguna suerte de colectivo, ya que jamás conduje en mi vida. Ni siquiera en sueños.

De lo que sí me acuerdo es que en el camino caía noche. Cuando estábamos llegando al lugar, a esa ciudad no muy lejana o pedazo suburbano de la misma Córdoba, tuvimos que disminuir la velocidad a causa de las motos que había en el camino. Era un grupo de chicos jóvenes en motos modernas o antiguas pero renovadas. En una de esas motos, me acuerdo, una chica viajaba recostada de espaldas en el asiento, haciendo una pose de patinadora tirada en el piso. Y algo de eso tenía en su vestido cortito y negro, con el estrás de las patinadoras y sus labios pintados de un fucsia estridente. Mientras la moto marchaba sola, ella estaba tirada como una estatua viviente sobre el asiento y cada tanto cambiaba la posición; digamos que haciendo una nueva figura como estatua. Yo no podía creer que no se cayera ni entendía esa nueva moda, pero tampoco me sorprendí. A lo lejos, casi al fondo de la ruta como en un peaje, había un auto negro lustroso y larguísimo; como una limusina o una carroza fúnebre entre cuyo piso y el pavimento había un metro y medio de altura. Me di cuenta que era para que la moto con la contorsionista entrara debajo de esa fosa natural. La estaba esperando un hombre de pelo largo y rubio enrulado, con un mameluco y en cueros. Debajo de los tiradores se adivinaba una dura masa muscular trabajada en el gimnasio.

Nosotros habíamos pasado ya a las motos y por alguna razón yo estaba corriendo por el asfalto como un maratonista, y pasando por debajo del auto levantado como una fosa. Y el hombre rubio me ayudaba porque yo venía muy cansado. “Tené cuidado con las motos”, me decía. Y me daba cuenta que el hombre tenía un hilo sisal atado a la cintura, que lo conectaba con algún garaje. Del mismo modo que los electricistas de las alturas se conectan con una soga y un arnés. Tras esto, un largo grupo de motos empezaba a pasar también por debajo de aquel auto; y allí se detenía nuestro grupo. Porque después de ese peaje había una curva y después de la curva había una casa. Una casa vieja parecida a la pensión de la que veníamos. Nos bajábamos todos y me di cuenta que muchos de mis amigos venían en moto también; que sacándose los cascos decían algo del tipo “qué bueno que llegamos! ahora vamos a tomar cerveza”. Pero yo quería tomar café. Algo me decía que no estábamos lejos de la madrugada. Entramos en la casa y mientras todos mis amigos tomaban asiento en una mesa (era en una especie de living alto vacío, como de casa abandonada) y esperaban que alguien les sirviera (adivino que un grupo de pensionistas o amigos como el de nuestra casa) yo caminaba hasta un patio interno. Allí había una terraza para colgar la ropa y yo subía las escaleras. Y ahí arriba me lo encontraba a Diego.

Ese encuentro me parecía sorpresivo pero a la vez muy natural.

Me acuerdo que lo abrazaba fuerte y le decía “sabés cómo te quiero, boludo”. Y él me abrazaba también. Diego tenía una remera rosa oscura desteñida; del color del yogur de frtutillas cuando tiene pedazos de fruta oscura; una remera que siempre usaba cuando trabajaba en la imprenta de su viejo. Después nos quedábamos charlando los dos, con los codos apoyados en una baranda derruida entre unas jaulas o canastos como tendederos. Me parecía súper normal estar con él, pese a saber que había muerto. “¿Te dejaron salir con una fecha precisa de regreso, o medio que te volvés cuando vos quieras?” me acuerdo que le pregunté, como si estuviera libre bajo fianza. “Más bien lo segundo”, me dijo, pero no me explicó demasiadas cosas. Y entonces, sin venir a cuento, empezamos a hablar de la vida, de cómo le iba a cada uno, de cuánto tiempo se pensaba quedar entre nosotros. “¿Ya no te vas a volver a Francia?” me acuerdo que dijo. “Ni chupado. De acá no me voy más –le dije- Mis amigos están en Córdoba. Vos ahora estás acá, en Córdoba. Roberto, que murió también, fue cremado acá, en Córdoba. Y quizás cuando él vuelva como volviste vos, volverá también acá, a Córdoba. A dónde me voy a ir, cabezón?”

Diego me asentía en el sueño. Y entonces pensé que quizás yo también estaba muerto, sólo que aún no lo sabía. Que a lo mejor todos estábamos muertos. Mis amigos de la pensión, la chica motociclista que quizás se había reventado en un accidente y ahora podía hacer maniobras temerarias en la ruta, total ya no había peligros de estar muerta. ¿Y qué era ese hombre atado con un hilo sisal? ¿Acaso alguien amarrado al hilo de plata que une el mundo de la materia con el mundo del espíritu? Swedenborg decía (y a esto lo pensé una vez que hube despertado) que cuando nos morimos, tardamos mucho tiempo en saber que estamos muertos. Y que la gente que más queremos nos vine a recibir. A veces, decía él, nos tocan paisajes y lugares parecidos a la Tierra. Y aquel lugar era una especie de Córdoba del más allá, entre vieja y nueva, pero absolutamente suburbana; como en la que habíamos vivido con Diego, escrito y publicado libros en su editorial independiente donde habíamos inventado antologías, revistas y hojas de poesía.

Sonó el despertador cuando con Diego veíamos amanecer en el horizonte. Me hubiese gustado despertarme mucho más tarde. Y seguir hablando con él en aquella terraza sin importar que a lo mejor estuviéramos muertos. Seguramente habríamos seguido haciendo libros en esa otra Córdoba como lo hacíamos en esta de la Tierra. Y habríamos empezado a generar nuevos proyectos en aquel amanecer del más allá; mal que le pese a la muerte.

Iván Wielikosielek
Por Iván Wielikosielek

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