Aprendizajes, de Luis Matías González

Por Luis Matías González

Luis Matías González
Aprendizajes

Y entonces sentí que podía. Por primera vez sentí que lo estaba logrando.
No era como otras veces, donde veía que todo se derrumbaba rápidamente.
Éste era el día.
El vientito en la cara aumentaba de intensidad y me hacía entrecerrar apenas los ojos.
Me despeinaba hermosamente.
Mi risa, primero tímida e incluso nerviosa, se transformaba en carcajadas de alegría.
¡Podía! Venciendo todos mis miedos que antes me habían boicoteado, podía.
Y empezaba a levantar vuelo.
¡Sí! Sentía que me explotaba el corazón.
Era gigante. ¡Todopoderoso era!
Vertiginosamente pasaban miles de imágenes por mi cabeza. Todas lindas.
Hasta vi a Batuque mirarme con ojos de “yo sabía que ibas a poder”.
“¡Cómo me quiere ese perro!”, pensé en un segundo.
El envión era tan fuerte ahora que ya no había tiempo para cobardías.
Volaba en serio y era imposible saltar.
“Nada de querer bajarse”, me dije por lo bajo.
De a poco parecía acercarme a aquella luna débil que se dibuja en el cielo de las tardes de verano.
Desde arriba vi a Ester regando sus plantas sedientas, a los pibes que empataban un caliente partido de potrero y logré contar unas cuatro o cinco pelotas escondidas en el patio de la vieja que nunca las devolvía, luego de algunas de nuestras constantes pifias o una salida defensiva sin la mas mínima vergüenza.
Una urraca me cantaba su canción de verano mientras pasábamos juntos entre un par de enormes nubes y casi se deja acariciar, de no ser porque yo no quité mi concentración de los mandos.
La velocidad aumentaba.
¡Cómo no lo había intentado antes! Si era una sensación indescriptible, fabulosa, como nunca había vivido.
Por allá, lejos pero no tanto, la veo.
A ella.
Y me miraba.
“¡Vamos, mas velocidad!”, pensé. “Hoy sí va a ver de lo que soy capaz. Hoy va a ver que no soy un miedoso de cuarta”.
Mi sonrisa aumentaba mientras mas me acercaba.
“¡Mas rápido, más!”, creo que incluso grité bien fuerte.
“¡¡¡Más!!!”…
Ocho puntos de sutura en el labio me dieron.
Incluso “se sacó el incisivo central, señora, y otro quedó medio flojo”, le dijo el odontólogo a mi vieja, aunque agregando que “no se preocupe, que son los de leche”.
Cuando volví al barrio le recriminé a Nahuel: “¿por qué me empujaste tan rápido?”. La ese de empujaste, ni se me escuchó.
“¡Si vos me lo pedías, salame! Es mas, ni pelota me diste cuando te grité ¡cuidado la tosca! Estabas como embobado. Te hubieras visto la cara”.
En otro momento, cuando se calmen todos los dolores, sobre todo los del alma, volveré a intentar aprender a andar en bicicleta.

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