Apuntes sobre la tumba de Ofelia, la novia mortal y la amada inmortal de Pessoa

“Ni solitarias, ni solitarios: ráfagas que andan desunidas en proximidad y lejanía.” Fernándo Pessoa

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APUNTES SOBRE LA TUMBA DE OFELIA, LA NOVIA MORTAL Y LA AMADA INMORTAL DE FERNANDO PESSOA

He visto el rostro adolescente de Ofelia Queiróz sobre su tumba; el rostro de esa mujer-niña de la que alguna vez se enamoró Fernando Pessoa perdidamente. Fue una tarde gris en una oficina de Lisboa. Y fue una tarde gris también en el color del mar y en las veredas; pero sobre todas las cosas en el desasosiego de aquel hombre que, como un Clark Kent invertido y sin sacarse jamás el traje y el corbatín, se convertía en el máximo antihéroe de toda la literatura y acaso en su máximo poeta: Bernardo Soarez.

Pero de súbito y en el gris de la “Baixa”, ese rostro adolescente que pasaría a la posteridad en el blanco y negro de su tumba, puso un color nuevo en el alma del escritor. Y lo llevaría a la “alta” de los edificios y del mar, a sobrevolar durante un instante aquella ciudad que hoy se la conoce como “la ciudad de Pessoa”. Y si hubiera leído a su contemporáneo norteamericano H.P Lovecraft (que también era un ilustre desconocido en la academia y tenía problemas de sociabilidad con las mujeres y vivía para la literatura como un monje vive para Dios) acaso Pessoa podría haberle escrito a Ofelia un poema titulado “El color que cayó del cielo”, pidiéndole prestado el título a su colega de Providence. Pero en cambio, por esos días, Pessoa le escribiría una carta, dos cartas, diez, veinte, hasta contabilizar cuarenta y ocho; casi la edad de su muerte o “el muerto que habla” (y que también “escribe”) en las quinielas del mundo; algo que le hubiese encantado a Pessoa, aficionado a la numerología y al ocultismo. Las 48 Cartas a la única mujer de la que se enamoró en su vida y con la cual jamás osó noviar ni casarse, como un sacerdote que hizo votos de castidad.

Por esos días, Ofelia tenía 19 años y Pessoa 31. Ella era poco más que una niña que buscaba trabajo de traductora en una oficina (sabía francés) y Pessoa un poeta solitario, escriba y traductor de cartas comerciales (sabía inglés y francés como un nativo) sin sueldo fijo (nunca lo tuvo ni lo tendría). Y sobre todo, Pessoa era un ser que desde no hacía mucho se sabía habitado por una multitud, esos poetas que le dictaban versos usándolo de traductor y también de escriba. Ofelia era (lo puedo ver en su foto) una belleza pura y virginal como una fresca flor de la mañana (“gota de orvalho numa pétala de flor” cantaría Vinicius de Moraes años después, acaso pensando en ella). Pessoa, por su lado y en el plano social, era un adicto al aguardiente y que se sabía con una misión santa en la Tierra: entregar su alma por la literatura de Portugal y (sobre todas las cosas) de su lengua. (“E tropeçou no céu como se fosse um bêbado” cantaría Chico Buarque en 1971 acaso pensando en él, en aquel “santo bebedor” que también había “tropezado en el cielo”).

La relación tuvo altibajos y, según los biógrafos, nunca fue consumada. Pero quedó aquella mirada de Ofelia en los ojos de Pessoa durante las lentas tardes de su vida y acompañándolo hasta su muerte, el resplandor de aquel color que cayó del cielo y sólo una vez al pozo de su alma. Como el talento del propio Pessoa cayó una sola vez en Lisboa y en el mundo.

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Una tarde de 1928, Ofelia de 28 años ya, escuchó que golpeaban la puerta. Pero al abrir, en lugar de una presencia había una ausencia y también un libro: “Mensagem”, el único que publicaría Pessoa en vida. Ella entendió que había sido el propio autor quien se lo había traído, tocado el timbre y escapado. Y con el corazón en la boca corrió hasta la esquina pero no lo vio. Pessoa se había perdido entre la gente, anónimo y solitario como sus heterónimos, como los hombres grises de las tabaquerías con los que charlaba, como Bernardo Soarez el gran inquilino de su espíritu que le dictó entero el “Libro del desasosiego”. Ya no se verían nunca más.

Y acaso esa misma tarde, buscando en el cajón de sus reliquias, ella leyera ávidamente la última carta que le dirigiera Pessoa en 1920 tras la primera ruptura: “mi destino pertenece a otra Ley, de cuya existencia Ofelita nada sabe, y está subordinado cada vez más a Maestros que no conceden ni perdonan”, decía al final. Y aquella frase enigmática acaso le había sido transmitida como un “mensaje” para ese día puntual, ya que si por algo se caracterizó Pessoa fue por su capacidad de escribir para el futuro.

Fernando Pessoa moriría de cirrosis siete años después en 1935, no dejando bienes ni testamento, sólo un baúl de madera con unas 50 resmas repleta de originales literarios; el mayor tesoro con el que hoy cuenta Portugal. Ofelia, en cambio, dejaría este mundo en 1991 a los 91 años. Se había casado en 1938 (un año después de la muerte de Fernando) con alguien de apellido Soárez, por si había dudas de que las paradojas son ironías del destino cuando sus planes se ven truncados por la fatalidad. Y llevó en su interior, durante más de seis décadas, el recuerdo de su “Fernandinho”, como le decía en aquellas cartas tempranas.

Ofelia fue enterrada con la foto de sus diecinueve años como la vio Pessoa en aquella tarde gris de 1919. Acaso para que todo el mundo la recuerde como el propio Pessoa la recordaba: como “gota de orvalho numa pétala de flor” y como aquel color que cayó del cielo; como Anabell Lee en la tumba del corazón de Poe o un borracho de belleza tropezando en el cielo terrenal de las ilusiones. Y sobre todo, “como si cada beso/ fuera de despedida/…/ ata lo que fuimos mutuamente/ y la ajena suma universal de la vida”. Y estos versos de Pessoa bien que podrían haber sido escritor por Pessoa para la lápida de Ofelia, sabiendo que jamás se los enterraría juntos, y que nunca le terminaría de decir lo que siempre hubiera querido; que ella era su único amor, su novia mortal y su amada inmortal.

Y por eso aquella fotografía de sus 19 años de su vitalidad por sobre los 91 de su muerte. El revés de la trama que tantas veces es su verdadero “derecho”. Un viejo retrato oval para que todos la recuerden como la recordaron los ojos de Pessoa antes de irse de este mundo; lo que no deja de ser un modo de eternidad.

Iván Wielikosielek
Iván Wielikosielek

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