Argentina en 1911 (Sobre una guía de caminos que me encontré en la calle)

ARGENTINA EN 1911
(SOBRE UNA GUÍA DE CAMINOS QUE ME ENCONTRÉ EN LA CALLE)

Estaba en una bolsa de plástico junto a un montón de papeles inservibles (revistas empresariales, folletos de supermercados y boletas vencidas) por lo que su presencia en aquella “fosa común” no podía ser más desconcertante.
Le faltaba la tapa y su lomo estaba carcomido por el tiempo y las polillas. Pero fuera de ese deterioro natural a todo “ser vivo” de más de un siglo, sus páginas (unas 460 en total) gozaban de perfecta salud.
La levanté con el cuidado que merece un enfermo terminal o, mejor dicho, la exhumé como se exhuma un cuerpo que erróneamente estaban enterrando.
Pero recién al llegar a casa entendí que había rescatado una joya; que le había arrebatado un buen pedazo de memoria del país a la papelera de reciclaje del olvido.

Se trataba de un calendario 1911-1912 del “Touring Club Argentino”; una empresa de caminos y turismos tan importante en esos tiempos como el Automóvil Club de hoy.
El librito era una suerte de “nomenclador de la Argentina de 1911, con todos los datos referidos a mapas y carreteras; transporte automotor, fluvial y ferroviario. Pero también había datos referidos a la población y su demografía.

MÁS DE SIETE MILLONES

Por ese entonces teníamos 7.151.225 habitantes, los inmigrantes de los diversos países eran 289.640 y a esa carrera la ganaban los españoles (131.466) seguidos de los italianos (102.019). También salía el número de habitantes de todas las provincias. Córdoba tenía 610.475 y estaba cuarta, por detrás de Santa Fe; mientras que Capital y Buenos Aires concentraban la mitad del país.
Pero también se hablaba de agricultura y ganadera, de importaciones y exportaciones, de flora y fauna, clima y economía.
Uno de los capítulos más largos era un almanaque con los nombres de santos y santas de acuerdo a cada día. Y entre esos nombres no figuraba el mío sino su traducción española; Juan.
Pensé, además, que mi pueblo no se mencionaría en absoluto pero al final lo encontré en la guía de ferrocarriles. Y supe que el pasaje de Retiro a Ballesteros costaba $22.40 en primera y $13.50 en segunda; todo por atravesar 525 kilómetros de llanura salvaje en 1911.

Como no podía ser de otra manera, había un apéndice consagrado al deporte donde el “Foot-Ball” (así se escribía) se llevaba todas las miradas. Lo seguía el turf, el automovilismo, el rugby, el polo y… el cricket… Me entristeció sobremanera no ver, entre los equipos afiliados a la AFA (“Argentine Football Association” era la sigla) a mi San Lorenzo. Y que a falta de papel a color las camisetas se tuvieran que describir. Así, River, decía “blanco, negro y colorado a rayas verticales”. Y “camiseta azul con banda amarilla” para Boca. Había, además, muchos equipos con nombre inglés que ya no existen; como el Southern Rangers o el Pacific Railway. Y en la liga cordobesa sólo reconocí a Belgrano, Universitario, Córdoba Athlétic y Luz y Fuerza.
El libro, por cierto, estaba plagado de publicidades, la inmensa mayoría provenientes de la capital. Agencias de automóviles Peugeot o Cadillac, bicicletas “Milano”, motos “Humber”, máquinas de coser “New Home” o chocolate “Águila”. Sin embargo, lo que más llamó mi atención de aquel libro fueron las fotos.

POSTALES DE UN PAÍS QUE YA NO EXISTE

Nunca esperé que esas páginas amarillentas fueran para mí un viaje al pasado; uno que hacía por las rutas del espacio-tiempo auspiciado por el Touring Club Argentino del año once.
En aquellos paisajes en blanco y negro impresos en un papel más cercano al diario que a la enciclopedia, vi paisajes de las Sierras y de la Patagonia; hombres haciendo la vendimia en Mendoza o esquilando ovejas en Neuquén; el puerto de Rosario y el de Buenos Aires; una plaza de carretas en Córdoba y una vía atravesando Misiones. También vi campos sembrados de trigo y la piedra movediza de Tandil; lujosos hoteles de Buenos Aires y modernas hosterías de las Sierras; postales del Uritorco y un grupo de “bañistas” con sombrero en Mar del Plata. Y una fabulosa postal de “indígenas del Chaco” (así decía) que trabajaban en el ingenio azucarero; muchachos de rasgos duros y tostados por el clima de la zafra.
Por cierto que no había imágenes de mi pueblo. Pero pasando de nuevo las páginas me encontré con una verdadera maravilla. Sobre una enorme montaña de heno, dos siluetas se recortaban contra el cielo inmenso de la pampa gringa: “Emparvando alfalfa en una chacra de Bell Ville”, decía la foto. Eso era “a solo 30 kilómetros de casa”, donde la vida no debió ser muy distinta. Y es que Ballesteros fue uno de los primeros sitios donde se sembró esa pastura. Sucedió en el campo de Oyola y en 1877 ya se la mandaba a Rosario y de allí a Brasil y a Inglaterra según el libro de “Pepe” Cacciavillani.

EL DOLOR DE «AÚN NO SER»

Cerré la guía con cierta tristeza y pensé en ese país que “ya era” y que a la vez “aún no estaba siendo” el mismo en el que vivo; que en aquel libro, a excepción de la mínima referencia a mi pueblo entre miles de las estaciones, aún no había nada mío. Ni mi nombre, ni mi club, ni mi abuelo ruso que vendría en el ´28.
¿Por qué, entonces, tenía ese sentido de pertenencia y esa melancolía? ¿Por qué esa “vergüenza de haber sido» y ese inexplicable «dolor de aún no ser”? No me lo pude responder. Sólo podía decir, con una suerte de orgullo infundado, que aquellas fotos rústicamente impresas “me correspondían”. Y que, extrañamente, su tecnología no significaba algo obsoleto para mí. Por el contrario. Al fin y al cabo, yo había crecido en un pueblo de los años setenta con un televisor en blanco y negro mostrándome el mundo, con apenas un poco de mejor definición que aquellas hojas.
Entonces, como si tuviera que retribuir un favor impensado que me hacían, di gracias a los fotógrafos de 1911, a esos hombres que tuvieron que recorrer un país casi virgen para retratarlo; como si hoy hubiera que salir con un grabador a registrar los sonidos de cada lugar, las voces de su gente, sus ríos y sus pájaros. Esos hombres que, acaso sin saberlo, estaban haciendo un trabajo de sociología y antropología por encima del tremendo «mettier» de reporteros gráficos, inventando nuestra propia “National Geographic” sin conocer la de Estados Unidos.

Pero también le di gracias al Touring Club Argentino por ese viaje sin costo. Por esa excursión a esos días donde no había nada mío excepto el nombre de mi pueblo en la guía de ferrocarriles. Pero también un dato precioso que encontré al final de la noche en el registro de los inmigrantes, poco antes de irme a dormir.
Porque allí, tras los y españoles e italianos venían, en el tercer puesto, los “siriolibaneses» con 15.478 inmigrantes. Y me dije que, de no haber sido por mi otro abuelo y sus padres, ese número hubiera terminado en 75. El viejo tenía un año por ese entonces y, según me dijo, aprendió a caminar en el barco. Y pensé que en los pasos de ese nene árabe tambaleándose en cubierta como «el albatros” de Baudelaire, ya empezaba a latir aquí mi vida toda.

Por Iván Wielikosielek

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