Así es Ballesteros en noches de viento sur

Por Iván Wielikosielek

Iván Wielikosielek

Salgo a la noche de invierno y las calles del pueblo están vacías. El viento del sur ha barrido las veredas de papeles y también el cielo de nubes, y silba como un soplo en una botella vacía o en un corazón enfermo. No se escucha ningún ruido de no ser un coro de chicos en el salón parroquial. Cantan una canción religiosa con tanta fuerza que parecieran felices o acaso cínicos. Pero no veo a ninguno. De hecho, el salón está cerrado con su puerta en arco apuntado como la entrada de un nicho. Esa puerta, me digo, tiene casi un siglo y medio. Es de hierro forjado y tiene dos ángeles de acero en lo alto. Ese salón fue alguna vez la primera iglesia. Una suerte de galpón gótico y unos vitrales en forma de medialuna. Un granero donde peregrinó Fray Mamerto Esquiú cuando el pueblo aún se llamaba “Esquina de Ballesteros” y lo asolaba el malón.

Pienso todo esto como si me tomara una estúpida lección de historia a mí mismo mientras camino solo. Y entonces me pregunto si lo que escucho es realmente el canto de chicos vivos o un himno de chicos muertos. He leído tantas historias de terror en mi vida, que decidí que todo puede pasar en noches como esta. Y no me extrañaría que por algún efecto en la acústica del espacio-tiempo, lo que oigo sean las voces de los nenes del siglo diecinueve. O acaso el ensayo de todos los chicos enterrados que en noches de viento sur son arrastrados como zombis desde el cementerio hasta el centro. Y entonces preparan canciones para recibir a los nuevos difuntos. Para esperarlos como Pepe esperaba a los chicos de la primera comunión o bendecía los casamientos. Y entonces, sin quererlo, me acuerdo de Pepe y de los chicos de mi generación en noches como esta. Todos iban a ensayar a su casa y sus voces salían de la ventana como el aroma de una cálida sopa casera.

Yo sabía que Pepe era, como decían, “el hombre más sano del pueblo”. Pero por alguna razón yo nunca fui al coro. Yo no sabía cantar pero me gustaba el rock y Los Beatles. Yo no iba a la iglesia pero lloraba leyendo la vida de Jesús. Yo lo adoraba a Pepe pero nunca entré a su casa. Yo sentía que todos los chicos que lo seguían eran benditos. Mientras que yo, caminando solo y sucio con las manos pegajosas de mandarinas en mi pulóver de plush, estaba siendo un maldito. Un alma a la intemperie y las buenas de Dios o a las malas del diablo. Un diario abollado que todos pueden patear sin darse cuenta que patean un hombre.

Y sin embargo en esta noche me pasa al revés. Me siento repentinamente bendecido no sé por quién. Y siento que los que cantan quizás sean los verdaderos malditos. Un coro de nenes muertos hace un siglo y que están podridos en el altar como carroña de animales.

A veces me parece que toda máscara va a caer; que todos (la gente, los diarios, los televisores) nos van a decir con una claridad pasmosa que el mundo no es como pensábamos que era ni como ellos nos querían mostrar que era. Que la muerte no existe y que los cementerios son hoteles. ¿O acaso alguno de ustedes se murió alguna vez?

Y entonces, regresarán de las tumbas todos los muertos. Los queridos y los no queridos. Todos vendrán a nosotros cantando a coro la canción de los gusanos. Pero quizás estemos tan aturdidos y ciegos y sordos que ni siquiera nos demos cuenta. Y menos en tiempos del mundial…

Tiempos del mundial… Claro… Para mí no hubo más que un mundial, el de mil novecientos setenta y ocho. Los otros fueron otra cosa. También lloré de alegría o tristeza pero ninguno fue decisivo para mi espíritu como aquel de hace cuarenta años cuando Pepe dirigía el coro y bendecía a los chicos que lo rodeaban. Esos chicos que se perdían los partidos por cantarle a Dios o a la idea que ellos tenían de Dios. Yo no me perdía los partidos pero caminaba en el invierno como un paria pensativo. Eso era yo. Un pensamiento triste que no baila. Un instinto agriado por la soledad como un vino mal tapado. Una casa con una grieta por donde entraba todo el viento.

Pienso todo esto cuando avanzo por Bulevar Yrigoyen rumbo al cementerio.

Detrás de los galpones de la Cotimbal, Yrigoyen se ensancha. Es una faja suburbana de tierra blanquecina por la salitre del regador y los lamparones de arsénico. Igual que las paredes pintadas a la cal que se descascaran humedecidas por la lluvia.

El viento es más intenso cuando uno se aleja del pueblo. Las palmeras salvajes se despeinan como penachos de guerreros muertos. Los eucaliptus entonan un canto de monstruosa sirena entre las ramas de muerte serena. Casi una endecha. Algo parecido a lo que entonaron los chicos del salón parroquial hace un rato.

Cuando llego al final de la calle y me topo contra el campo, escucho el mugido de las vacas que también le temen a la noche. Y no sé si es un redil de toros o un mar que muge cada vez más cerca. Eso también podría ocurrir en noches así. Además, todas las leyendas dicen que el mar viene de vez en cuando al pueblo. Que el Pozanjón es un hijo olvidado del océano y que cuando su padre lo besa, deja en su fondo barroso una ofrenda blanquecina de sal y espuma.

Hora de volver a casa o a lo que sea que signifique la palabra casa me digo.

Y remonto las palmeras salvajes, los eucaliptus ezquizofrénicos, la locomotora de un tren que muge como un mamut salvaje.

Cuando paso por el salón parroquial escucho el inconfundible silencio de lo reciente. Como la acústica del cementerio tras la última palada de tierra.

Así es Ballesteros en noches de viento sur. Esquinas desnudas de ladrillo en el vacío de sus calles y el viento que sopla entre las rendijas; entre los árboles; entre los pasillos de servidumbre; entre las estufas; entre las estatuas del bulevar desnudas; entre los nichos que cantan desde el sur atrás de la vía. Quizás para recordarnos que allá hay una cruz ineludible como la del salón parroquial. Cuatro estrellas clavadas en la inmensidad como en la tumba olvidada de un niño.

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