Así hablaba Atahualpa, el eterno andariego que creía en la belleza

«Yo no le canto a la luna porque alumbra y nada más, le canto porque ella sabe de mi largo caminar»

Y como esa célebre Luna Tucumana, Atahualpa Yupanqui nos dejó obras inmortales del folklore como la Zamba del grillo, Viene clareando, Camino del indio, Tierra querida, El arriero va, y tantas otras. Todas con un denominador común, la belleza, pero no solo la que alumbra y nada más, sino la que se confunde con la vida y su transcurrir. Casi un autodidacta, nació en la llanura cercana a Pergamino, a principios del siglo veinte. Así describe su ambiente: «Mi padre era gaucho, mis tíos y mis primos también, así que para conocer gauchos no necesité salir de mi casa.»

Y cuenta que entonces «cualquier pobre tenía espuelas de plata». En el pueblo, llamado Agustín Roca, había un frontón de paleta donde a veces se armaban guitarreadas nocturnas, y el padre que era santiagueño, telegrafista del tren y también domador lo llevaba un rato, hasta las diez, «cuando se empezaba a poner lindo» y entonces él que tenía siete u ocho años, «a casa». En su casa ya empezaba a tocar la guitarra, con dos cuerdas, y después aprendió música con el cura del pueblo y guitarra con el maestro Almirón. Y no se detuvo más.

Fue un eterno andariego, pero ya de chico conoció el noroeste argentino y ahí encontró su raíz. Decía: «La guitarra es para mí el templo donde yo entro a rezar». Y agregaba: «El profeta Isaías decía cosas muy importantes, de vez en cuando: ‘Dios es aquel al que solo el silencio nombra, nombrarlo demasiado es una forma de venderlo’; en guitarra pasa lo mismo, la vidala que más ama uno es la íntima, la que no se toca en los escenarios». Y «Yo aspiro a ser un tradicionalista, quiero hacer la zamba antigua, la chacarera y la vidala viejas, llenas de belleza y de ejemplo, porque desde antes ya eran así. Dicen que lo que yo hago es poesía, vaya a saber, lo que procuro es incorporar a mi voz las voces populares, porque me encanta esa forma de decir del argentino que fue mi abuelo, y el abuelo de tanta gente, esa levadura de pueblo».

Evidentemente Atahualpa, verdadero poeta, tenía bien en claro lo que es el sentir profundo del pueblo, que no es lo mismo que lo impuesto comercialmente como «popular». «A lo mejor la poesía es simplemente búsqueda, qué sé yo, la poesía es misión. Y si el mundo se salva, creo yo, es por ahí. Por la poesía y la belleza y la buena música». Sobre el amor opinaba que «Para tratar los asuntos del amor el paisano tiene un pudor infinito. Será por eso que yo trato con pudor la cuestión amorosa en mis canciones. Ahora – y le llaman «evolución» (esto lo decía en 1975.) – es difícil encontrar respeto por la palabra o el silencio o el amor de un hombre». Pero él tenía esa esperanza: «La música es una de las cosas que puede cambiar el mundo porque un hombre que busca, y encuentra, y se solaza horas, y días y años a través de generaciones con la belleza, ¿qué otra cosa puede querer que un mundo mejor?»

Así hablaba Atahualpa, tal vez el artista mayor del folklore argentino.

Fuente: Roque A. Sanguinetti, La Nación

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