Bielsk

Bielsk

A la luz de la luna, Pedro Makulewicz notó que el maizal parecía espolvoreado de azúcar impalpable; como si una suave película lo hiciera resplandecer sobre la cresta de las hojas. Si hubiese conocido el país de su abuelo, tal vez habría pensado en una fina capa de nieve. Pero en Polonia no debe haber maizales y menos a comienzos del otoño, se dijo. En cambio en la pampa había pueblos de gringos. Y en las afueras, esos gringos sembraban maíz durante la semana y en las casas, los días domingos celebraban, el cumpleaños a los chicos. Y las tortas siempre estaban espolvoreadas de azúcar impalpable. Por eso es que aquella metáfora estaba hecha de azúcar y no de nieve.
Después de mucho tiempo había tomado aquel camino rural para pasear a su perro; un poco por cambiarle el recorrido al animal y, otro poco, para ocultarse entre la siembra. Sabía que su salida al mundo le estaba prohibida, que había que respetar la cuarentena por la peste y que la policía había redoblado la vigilancia. Por si esto fuera poco, habían empezado a cobrar multas y labrar actas. Y si bien era improbable, por no decir imposible, que alguien lo viera a esas horas de la noche por allí, también lo era que estaba en falta. Y esa certeza lo hacía andar con culpa por aquel tortuoso camino.

A lo lejos, el horizonte parpadeaba en temblorosas luces como velitas de una torta a punto de apagarse. Y la imagen del vejo cumpleaños volvió a su memora. Y pensó en su madre portando un bizcochuelo como si transportara algún explosivo peligroso ante el aplauso de los chicos. Pero era inútil recuperar el sonido de aquella tarde. Simplemente los aplausos del pasado no sonaban en el presente. Era como si la luna y la peste hubieran callado hasta los recuerdos.

Makulewicz volvió a mirar el maizal blanqueado y luego la luna, esa piedra inmensa y perfectamente circular como el ojo de un pez muerto. Y aquel ojo parecía mirar las casitas del barrio con brutal ironía. Como si estuviera decidiendo entre aplastarlas de un golpe o alumbrarlas con una visión apocalíptica en la oscuridad del sueño. Pensó, entonces, en los pescados que su padre solía traer con su abuelo de la laguna del pueblo, esa a la que presuntuosamente llamaban “Ojo de mar”, y también se acordó del ojo de aquellas sardinas heladas. De igual forma lo miraba esa luna. Y la mirada de un muerto es siempre la mirada de la muerte, se dijo.

De pronto escuchó ruidos entre las cañas. Se volvió con una velocidad que no creía posible a su edad: era un cuis que se ocultaba fugaz del hocico de “Gorki”. Fuera de ese movimiento animal, algo lo inquietaba en el audio de la noche. Y se preguntó si ese silencio era igual a todos los demás silencios o si esa luna era igual a todas las demás lunas anteriores a la peste. Se dijo que no, pero no hubiera sabido explicar si esa certeza se debía a su mecanismo de percepción alterado o a una información sutil pero decisiva que latía en el aire; un elemento intangible que hacía que aquella luz brillara como una catedral sin fieles y aquel silencio fuera como el susurro de aquella luz.

Las cañas crujían bajo sus pasos y los de “Gorki” pero creyó oír algo más; algo así como unos ruidos lejanos. Se detuvo en medio del campo y miró alrededor. Una capa de vapor evanescente empezaba a levantarse en el horizonte. Era poco más de medianoche y seguro amanecería con niebla. La luna ya había remontado el vapor de los campos como un globo emergiendo luminoso del mar; y ahora iniciaba su ascenso hacia la cúpula. Y entonces los ruidos volvieron. Eran los inconfundibles pasos de alguien que se acercaba.

-¿Quién anda ahí? –dijo una voz que no apuntaba hacia él pero que, de todas formas, se esparcía por el sembrado.
Unos teros gritaron y una pareja de chimangos se voló con un aullido disonante. Makulewicz sujetó a “Gorki” del collar y, agachándose, se ocultó con el animal en un pequeño islote de cañas. Aquel maizal salvaje no había sido trillado a tiempo y ahora se clavaba en el campo como resecas banderas muertas. Y los palos de esas banderas le servían de refugio, como una precaria toldería.

-¿Quién anda ahí? –volvió a gritar la voz, pero más lejos.
Agradeció que el dueño del campo o el policía no anduvieran con perros. Y agradeció, sobre todo, aquel abrigo providencial. Nunca había estado en una guerra como su abuelo Basilio ni había escapado de los nazis como su tío Piotr. Pero lo que estaba viviendo aquella noche en las afueras de una ciudad perdida de la pampa, a quince mil kilómetros y ochenta años, era lo más parecido a esa vivencia. Aquella ciudad no era la Bielsk de sus familiares ni la Lublin de los judíos ni la Pruyana de fronteras; pero eso no importaba.

Trató de quedarse oculto y en silencio todo el tiempo que pudiera. ¿Qué hubiera hecho su abuelo o su tío en esa situación? Seguramente lo mismo, se respondió con una certeza que no se pudo explicar. Y acariciando el lomo de “Gorki” se sentó en el almohadón de hojas secas dispuesto a pasar la noche si fuera necesario. Se dio cuenta que en ese escondite no tenía nada que temer. Ni un tiro del dueño ni la detención policial. ¿Es que mi abuelo o mi tío hubieran sentido esta súbita tranquilidad en un momento así? Sin dudas, volvió a responderse. Y se dijo, como si se lo enseñara a sí mismo, que uno sale de las situaciones difíciles cuando de algún modo las acepta; cuando se hace uno con la adversidad y no tiene apuros de abandonarla. “Sólo haciendo que lo extraño se vuelva familiar es que uno escapa”. Y anotó aquel aforismo en su cabeza como si alguien se lo dictara.

No sabía de dónde sacaba esos pensamientos en la noche ni le importaba. Pero no dejó de sorprenderle que, unos minutos atrás, estuviera pensando en la capa de azúcar impalpable sobre la panoja o en los cumpleaños lejanos de su infancia. En pocos segundos, la memoria le había dejado paso a la acción, ese presente absoluto sin palabras.
Entonces volvió a mirar la luna entre el maizal. Parecía un plato de metal fundido inscripto con el ideograma de los juncos. El medallón candente se secaría y aquella sentencia quedaría fijada para siempre en la plata fría del disco. Así se grababan las leyes en la antigüedad y, acaso también, la herencia de los hombres.

A lo lejos oyó voces que se iban apagando; la de un hombre y una mujer. Un murmullo que parecía decir “un gato montés” o “no te lo conté” o “yo bató el café”. Y entonces se hizo un silencio nuevo.

Makulewicz se puso de pie entre las cañas y acarició a su perro. Era el silencio de la liberación, se dijo. La sensación de haber escapado una noche más a la guerra y a la muerte, se dijo. Luego miró el maizal y le pareció distinto. Como bañado por una fina capa de nieve bajo la luna helada de Bielsk.

Por Iván Wielikosielek

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