Blues para una calle de tierra

El pueblo ha cambiado mucho, pero no así mi calle. A la primera parte de esta frase la dicen los ballesterenses con público orgullo; a la segunda la pienso yo con secreta alegría.Tengo ante mí una foto de la Roque Sáenz Peña a principios de los años ochenta. Y de no mediar el pavimento y un par de demoliciones (entre ellas, la de mi casa) el “boulevard” sigue siendo el mismo. Si me he puesto a mirar una foto de esos años es porque a Ballesteros “me lo acuerdo así”. Y porque fue exactamente ahí, durante mis últimos años de la primaria, cuando su cartografía se fijó en mí para siempre.

Como si la instantánea del “pueblo ideal” no pudiera modificarse tras haber sido “revelada” en los laboratorios de la memoria con la emulsión del espíritu.Recorro mentalmente esa cuadra en donde abrí los ojos al universo y vuelvo a ver la estatua de Afrodita en medio del cantero a todas las horas del día. Esa muchacha semidesnuda que no envejeció jamás, me sigue con la mirada cada vez que paso. Y estoy seguro que me reconoce todavía, cincuenta años después de mi nacimiento. De chico, me llamaba la atención que sus ojos ciegos de yeso miraran la salida del sol al fondo de la calle; es decir, atrás del cortadero de mi abuelo y EL de los Van Cauteren; como si cada amanecer en Ballesteros se cociera a fuego lento en aquellos hornos de ladrillo que encendía el «Coco» Rivera. Pero de grande me quedaba frente a mi diosa al atardecer.

Y la encontraba mucho más triste con los ojos nublados por el crepúsculo, ese momento de mágica penumbra azul antes que la calle encendiera las luces y el último resplandor se hundiera atrás del Polvorín clausurando el día para siempre. Veo, también, en mi paseo imaginario por esa calle del pasado, la antigua fachada azul de la casa de “las Rossi”, esas mujeres que envejecieron frente a la estatua también y que siempre estaban paradas en la puerta, solas y solteras. A veces, al salir yo de la escuela y pasar frente a su puerta, las saludaba y ellas me respondían con una amabilidad de otro siglo. Y del interior de un zaguán muy hondo, salía una fresca oscuridad que yo desconocía hasta entonces; un perfume a flores extrañas que a veces venía acompañado por un piano distante (¿sonará todavía algún piano en Ballesteros?).

Y yo me preguntaba cómo sería el interior de esa casa. Una vez, imaginé que cuando cerraban esa puerta, las Rossi se volvían jovencitas y bellas como la estatua, merced a un pacto secreto con Afrodita. Y que sólo aquel hombre que las aceptara como “viejas”, tendría el premio de tenerlas como “jóvenes”, sólo para él, en el interior mágico de aquella casa. Me acuerdo que había escrito ese cuento, pero la profesora de literatura no me hizo leer aquel día en primer año y lo tiré. Hoy me quedó esa idea dando vuelta, distante como mi recuerdo fugaz de esas flores y esa fresca oscuridad que nunca más sentí.En la otra punta de la calle y frente a la vieja casa de los Aquiles aún está la copa griega del cantero; esa que yo hacía que la levantaba cuando ganamos el mundial ´78. Cuando me fui a estudiar Letras a Córdoba, no podía creer que el máximo héroe griego se llamara “Aquiles” y que su historia estuviera contada, además de en “La Ilíada”, en copas (es decir, en vasijas) como esas del cantero. Todo estaba ahí, en mi calle, sólo que yo no lo sabía hasta ese entonces. Y así me pasó con muchas otras cosas. Pero la casa de los Aquiles fue demolida no hace mucho, junto al boliche del “Pirincho”, que otrora fuera la casa del cura y antes, parte de un viejo hotel, cuando el pueblo apenas se había fundado y los albergues estaban junto a la iglesia. Los Aquiles supieron tener un boliche también, y yo solía jugar con el “Bocha” a las carreritas de caballos con un juguete en forma de calesita.

Y nunca me olvidaré del caballo rojo, que era mi preferido; de un color pura sangre contra el sol durante la siesta y rosadamente triste cuando anochecía.También recuerdo (y aún puedo ver) la fachada de Casa Zinna, esa en cuya galería encristalada jugábamos a las figuritas con los chicos de la cuadra, o nos guarecíamos melancólicamente de la lluvia sin saber que bajo ese tedio infantil estábamos generando recuerdos para cuando la melancolía fuera mucho peor, para cuando nos cayera encima toda la tempestad del mundo y necesitáramos guarecernos en la galería encristalada de la memoria, ese útero de vidrio a salvo de toda la crueldad.En la esquina de mi calle aún se levanta intacto y como en aquellos días, el salón parroquial.

A dos aguas en chapa roja antióxido y con vitrales en forma de medialunas de la panadería Saura, fue la primera iglesia del pueblo. Allí misionó Fray Mamerto Esquiú en 1882 y allí, en 1889, se casaron Nigelia Caballero con el español Francisco Miret; esa chica de apenas 17 años que se volvería con los siglos, símbolo de libertad y amor a su tierra cuando regresara sola al pueblo, acaso enferma de melancolía, para no irse nunca más.

Hoy, la vieja iglesia es salón de eventos y catequesis, y según el libro de Pepe Cacciavillani, tiene un mensaje guardado en un cilindro de plomo, embutido en una de sus paredes. Y hasta esa esquina caminaba mi abuelo en tiempos de esa foto, cuando a mediados de los ochenta el boulevard era de tierra y él ya empezaba a quedarse ciego. Iba de noche con una linterna en dirección a oriente, como si quisiera ir hasta su cortadero de ladrillos en busca de la luz perdida. Pero al llegar hasta la esquina se volvía con sus pasos rengos, con el cono de luz contra las veredas bajo la fría sentencia de campanas muertas. ¿Habrá estado buscando como Diógenes, un hombre bueno? Por esos tiempos, ya se habían muerto las Rossi, ya se había cerrado el boliche de los Aquiles y ya nada quedaba de su negocio otrora floreciente, ese que una tarde arrasó un temporal como a su vida entera cuando falleció mi abuela.

El viejo vivía entre ruinas y estoy seguro que la estatua lo miraba desde lo alto con su comprensiva tristeza. Mi abuelo había llegado a esa calle en el año 1911 del Líbano, y la estatua, 26 años después, de algúna compañía cementera. Digamos que en 1937, los dos tendrían la misma edad. Sin embargo, estoy seguro que ella lo saludó con su mirada joven cuando una tarde del noventa a él se lo llevaron al cementerio. Quizás, pienso, un día la diosa también me salude a mí, con sus ojos nublados ante idéntico periplo, diciéndole «adiós» para siempre a dos muchachos que se volvieron viejos y mortales.Pero ella seguirá, la copa seguirá y la fachada de las Rossi seguirá también, al menos hasta que la volteen y hagan otro local. La esquina del Salón Parroquial y los canteros, creo, será lo último que permanecerá de mi calle hasta que un día los levanten o demuelan. Y acaso el boulevard Roque Sáenz Peña cambie su nombre también. Entonces, cuando en el futuro algún chico camine melancólico y escuche un piano distante en la vereda, acaso sienta lo que yo sentí en esta tarde; que el tiempo es una ilusión, que las diosas existen tras la piedra, que los hombres somos condenados a muerte que vislumbramos la eternidad y que, desde ese momento, siempre vivimos entre ruinas.

Por Iván Wielikosielek

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