Breve genealogía de la conectividad, parte II

¿Cómo lograron seducirnos los señores del software? ¿Cómo nos hicimos copartícipes de una estrategia de control global impulsada por un poder invisible? ¿Será la comunicación interpersonal nada más una excusa, porque lo que importa es estar virtualmente presentes, todo el tiempo?

Vernos. Las pantallas no son el puente de unión con otros, más bien son el charco en el que se miró Narciso. Enamorados de nosotros y no disponibles para otros. Vigilando infantilmente, y cada vez más solos, al gigante que vigila a la masa singularmente.

En el e-book ‘Eres lo que publicas’, @RobertoRuz señala:

“Un ‘Me gusta’ o un comentario en Facebook genera tanto placer como un abrazo: la gratificación instantánea libera en el cerebro cantidades de dopamina similares. Este estímulo llega a provocar que se idealice a una persona, por ejemplo, llegando a sentir que te ‘entiende’ mejor que tu pareja cuando sólo has tenido la experiencia subjetiva y limitada que permite la red social”.

Claro que este nivel de “gratificación emocional del like” tiene su contraparte cuando la ausencia de la misma provoca irritabilidad y depresión, según se advierte en dicho libro.

La obsesión por recibir elogios virtuales y la ansiedad por ser inmediatamente leídos conllevan a la mayor actividad en la virtualidad, digamos puntualmente “redes sociales”. Redes que implican también autopromoción y adicción a la mirada de otros sobre la imagen que nos construimos con los mecanismos que las herramientas nos permiten.

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“La espera de recibir nuevo contenido causa la liberación de dopamina en nuestro cerebro de modo que percibimos esta experiencia como placentera. En algunas personas esto se convierte en una obsesión por experiencias de búsqueda de placer, llevándolas a actos compulsivos como revisar las actualizaciones de sus redes sociales cada minuto”. (Roberto Ruz)

La dependencia de nuestra imagen reflejada contribuyó a la dependencia de los artefactos, tentación difícil de sortear en la época de la abundancia de identidades recreadas, del éxito digital inventado y de la información actualizada como valores supremos.

La debilidad está en los ojos

Salomón lo dejaba como máxima: “El infierno y la perdición nunca se hartan, así los ojos del hombre nunca se sacian”. (Proverbios, 27:20). Y Virilio, en El arte del motor, lo enunciaba como incapacidad humana aprovechada por los medios: “Como no hacemos más que pensar dimensiones que el ojo es verdaderamente incapaz de ver, y el espacio y el tiempo no son para nosotros más que intuiciones, las herramientas de percepción y comunicación podrán realizar esa paradoja de las apariencias que consiste en comprimir la grandeza del universo en un perpetuo efecto de empequeñecimiento”.

La incitación pasa porque si bien no nos cansamos de ver, lo que vemos no es lo real, sino una apariencia de eso, un reflejo difuso y en movimiento al que debemos completar y dar sentido, es decir, lo virtual. Por eso, posiblemente, la conectividad permanente nos enfrente a la tautología de las realidades virtuales.

Es en esa otra dimensión de la realidad, donde podemos ser quienes quisiéramos (aunque esto no sea más que una copia de modelos preestablecidos), recreando no sólo una imagen, sino carácter, historia personal y valores, jugando constantemente en esa “nueva arcilla” con otros sujetos que aparentemente hacen lo mismo. Como si la docilidad de los cuerpos pasara ahora por el regocijo de complacer la mirada de los demás.

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La literatura específica de la época elabora y a la vez confirma esta tendencia global. En un apunte titulado “Habilidades del community manager”, la vicepresidenta de la Asociación Española de Comunidades Online, afirma que el fenómeno social media “se nutre del deseo, cada vez mayor, de la gente de conectarse y su aparición ha originado un cambio profundo en el funcionamiento del mundo”. En el mismo sentido confluyen otros escritos de la segunda década del 2000, baste la síntesis: “El umbral que dividía tu vida física y virtual, ha desaparecido” (‘Eres lo que publicas’).

La naturalización con que se menciona el tema por parte, incluso, de especialistas en comunicación y la celebración de la velocidad cada vez mayor en la transmisión de datos hacen que la conectividad no sea en ningún sentido cuestionada, que no haya ninguna objeción a la inserción de los sujetos en el más vigilado de todos los mundos, en el más cerrado de todos los sistemas.

En el ámbito empresarial, las áreas de comunicación aclaman y se transforman a partir de las nociones que encierra la sigla SoLoMo (una red “social, localizada y móvil”), que podría interpretarse como “internet siguiendo a las personas en sus movimientos, en sus gustos, en sus afinidades, en todo lo que hagan mientras dure su conexión”.

El individuo, retomando las palabras de Deleuze (“…no deja de pasar de un espacio cerrado a otro”), ya no debe salir de un espacio para entrar a otro, sino que percibe, tal vez inconscientemente aún, la imposibilidad de salirse, al menos si su código (la cifra, y no ya su ser) transita en la conexión que atraviesa el aire del Planeta.

Y el castigo (tangible, físico, doloroso, que describía Foucault en su “Vigilar y castigar”) no sería ya necesario porque los sujetos actúan en total conformidad con las condiciones para convertirse en usuarios conformes, colaboradores del control generalizado.

Paradoja 1: Estoy publicando en la virtualidad.
Paradoja 2: Me valgo del diseño de un porta iPad para ilustrar esta nota.

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Autor

Yamila Juan

Soy licenciada en Comunicación Social, título que nadie tiene idea para qué sirve, lo cual me complace mucho. No tengo libros publicados. Doy clases de lengua y literatura sin ser docente y en la escuela aliento a los chicos a que escriban y se equivoquen (porque temo que salen sin saber escribir y creyendo que están en lo cierto). Ando en bicicleta.