Breve genealogía de la conectividad, parte I

“El individuo no deja de pasar de un espacio cerrado a otro” (Gilles Deleuze)

Corrían los primeros tres años del nuevo milenio y poner un ciber era un negoción, al menos en la mayoría de las ciudades de Argentina. Se necesitaba una gran inversión en máquinas, pero el dinero se recuperaba rápidamente gracias a la venta de turnos de una hora en cada habitáculo de PC. Se llenaba. Algunos trabajaban hasta la madrugada y abrían a primera hora para no perderse la clientela de estudiantes que “por h o por b” debían imprimir algo de sus disketes o comprar alguno, o revisar en 15 minutos su recientemente creado correo electrónico. Microsoft pisaba fuerte. Las palabras usuario, contraseña, chat, Windows, banda ancha, Messenger danzaban en las pronunciaciones de adolescentes y jóvenes como una vertiginosa moda a la que los adultos miraban de lejos y donde luego fueron zambullidos.

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    En esos primeros años, también, en cuanto a los artefactos, cabe mencionar que no todo el mundo tenía una computadora de escritorio en su casa, tener una laptop era un gusto de pocos, y los modelos de celulares sorprendían por su tamaño cada vez más reducido y no por la amplitud de su pantalla. Los privilegiados que tenían internet en su casa no podían usar el teléfono fijo en los momentos de conexión.

    Era un contexto de red incipiente, pero que sin duda venía tejiéndose mucho antes del 2000, en el que los “ciudadanos comunes” no teníamos real dimensión de lo enredados que llegaríamos a estar diez años después. Hace nada más que una década, una hora de conexión valía, dinero y tiempo. Y el tiempo (cada fragmento de esa hora conectados a la red de redes) era valorado de una forma muy distinta a la actual.

    El discurso de la productividad instalado en las mentes de los “ciudadanos comunes” todavía no había perdido eficacia y estar en conexión durante más de dos horas conllevaba algo de culpa porque se suponía que el tiempo invertido en los descubrimientos de la nueva tecnología (o tiempo de navegación) era quitado para otras responsabilidades laborales o domésticas. El poder estaba operando desde ambas maquinarias. Transición de lo analógico a lo digital, superada a la brevedad por las mayorías en pos del consumo permanente de lo nuevo y la experiencia digital cotidiana. La nueva forma de concebir el tiempo supone que la experiencia de vida sin conexión es algo insoportable.

    Llegar al estado de conectividad permanente supuso una genealogía fugaz, como resultado de la eclosión acelerada de artefactos, unida a la velocidad de los procesos en esta parte de la historia: en menos de diez años, la conectividad a Internet fue cambiando la percepción espacio-temporal de las personas, además de haber cambiado para siempre la forma de entender la comunicación humana y su propia identidad.

    Virtualidad introyectada

    El año pasado en Argentina salió a la luz la noticia de que el Gobierno llamaría a licitación de frecuencias para redes LTE, o 4G. Este “estándar de telefonía móvil”, según publicó el diario La Nación el 13 de mayo de 2014, ofrece dos ventajas:

    “La primera, una conexión a Internet desde un celular o tableta mucho más rápida que la actual (3G). La segunda -más importante en el contexto local- es que hace un uso más eficiente del espectro disponible. Es decir que, idealmente, una misma antena puede dar servicio a más usuarios; además, descomprime la red 3G existente”.

    El 21 de julio de 2014, el sitio Redes Users (comunidad de tecnología) replicó la noticia de que el Gobierno argentino había formalizado el cronograma para la licitación de la red, y que serán las cuatro grandes empresas de telefonía móvil las principales destinatarias. Dicho medio publicó:

    “El Estado espera recaudar US$2 mil millones para montar la infraestructura que requiere este servicio, en un despliegue que podría extenderse hasta el año 2020 en todo el territorio nacional. Al respecto, el secretario de Comunicaciones, Norberto Berner, señaló: “Estamos dando un gran paso en el camino del desarrollo de las telecomunicaciones en la Argentina. Sin duda, el 4G va a revolucionar el mercado, la industria y las formas de comunicarse de todos los habitantes del país”.

    Sería algo inocente considerar que inversiones de tal magnitud, tiempo antes y también desde el Estado llevadas a cabo con los tendidos de fibra óptica, sirvan para que la gente se comunique mejor y/o para agilizar sus tareas.

    A esta altura de 2015 no es una novedad, por lo tanto, andar con internet en el bolsillo, ya que se estima que más del 80 por ciento de los celulares vendidos en Argentina son smartphones, que permiten la conectividad permanente, de no saturarse la red. Ya en abril el sitio de noticias Infobae publicaba la polémica en torno a esto y transcribió la respuesta de una de las compañías de celulares:

    «Vimos la necesidad de brindar una mejor experiencia de navegación, apuntando a que el cliente que requiere seguir navegando lo haga sin reducción de velocidad durante todo el mes»

    Claro que “la gente” lo pide. Es que de repente grandes porcentajes de población pasamos a ser usuarios de la red, y como tales, exigimos cada vez mayor aceleración, eficacia punto a punto, ubicuidad y accesibilidad. ¿Qué mejor sustento para el sistema, que los usuarios lo pidan y no sea el poder quien parezca imponerlo?

    Aquella hora de conexión a Internet en la que podíamos hacer algunas tareas fascinantes abriendo y cerrando pantallas, concretando algún proyecto o respondiendo algún que otro mensaje con gente de la otra punta del planeta, y que, una vez cumplida, nuestra mente se dedicaba a cruzar la calle para salir a la vida real, con las personas y presencias reales, fue aletargándose dentro de nosotros.

    La conexión, en la actualidad, ya no es un tiempo con principio y fin: no hay noche en nuestros módems, no hay lapsus en nuestros cibers ambulantes de bolsillo. Las pantallas se han ensanchado, aplanado y multiplicado. Nos hemos desdoblado en usuarios, nodos de la red que no deja de complejizarse y afinar sus filamentos.

    En la mente del ciudadano actual no cabe desconexión posible, su trabajo y su ocio, su vida familiar y su vida social, la constitución de sí mismo y su interrelación con el mundo depende de eso, vida traducida a la virtualidad.

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    Las PC, que eran la piedra angular de los ciberkioscos, pasaron rápidamente al depósito de cacharros, cumpliendo casi con el escenario descripto por Asimov 60 años antes, en relación a otro tipo de máquinas, pero con semejanzas obvias:

    “Los seis robots estaban en el último subnivel, rodeados de cajas de embalaje de contenido incierto. Eran enormes, muy grandes, y a pesar de que estaban sentados en el suelo con las piernas estiradas, sus cabezas se elevaban sus buenos dos metros en el aire.
    -Fíjate en el tamaño! –silbó Donovan-. El torso debe tener tres metros de circunferencia.
    -Es porque están dotados del viejo mecanismo McGuffy. He mirado su interior; es la cosa más complicada que has visto jamás”.
    «Yo, robot». Isaac Asimov, 1950.

    Como ellas, quedó en el subsuelo de las mentes la valoración del tiempo acotado de conexión. En la plataforma del ahora, la conexión es un continuum, donde cualquier interrupción es considerada una falla imperdonable del sistema. Y vale acotar que el servicio de wi-fi se hizo prácticamente generalizado en lugares públicos.

    Pasamos a estar imbuidos en la red. Conectados permanentemente y aún sin dispositivos físicos al alcance, seguimos siendo nodos encendidos, además de que nuestra memoria biológica no se desliga de los símbolos que vinculan nuestro cuerpo a la virtualidad, ni de los ámbitos digitales en los que hemos dejado rastros de nuestra identidad real.

    (Paradoja decir todo esto a través de un sitio virtual, ¿no?)

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Autor

Yamila Juan

Soy licenciada en Comunicación Social, título que nadie tiene idea para qué sirve, lo cual me complace mucho. No tengo libros publicados. Doy clases de lengua y literatura sin ser docente y en la escuela aliento a los chicos a que escriban y se equivoquen (porque temo que salen sin saber escribir y creyendo que están en lo cierto). Ando en bicicleta.