Buscando al “Señor X”, de Héctor Massara

El Taller Literario que funciona cada miércoles en Corpico vuelve a entregar un nuevo texto. En este caso se trata de un cuento del piquense Héctor Massara, donde se percibe las circunvoluciones de una psicología.

Buscando al “Señor X”

Siete muertes en catorce días. El obvio cálculo hablará de uno cada dos días, en realidad cuatro sucedieron en la primera semana y tres en la siguiente. La policía mal preparada de una población mediana como en la que nos toca vivir acabó sus recursos rápidamente y nos ofreció informes escritos en el disfrazado tecnicismo que se esperaba: heridas de arma blanca, víctimas de ambos sexos —cuatro masculinos y tres femeninos—, horario nocturno, las víctimas no estaban relacionadas… El diario recogió con avidez la escuálida información y despreciando a los esforzados periodistas, entre los cuáles me cuento, ofreció la investigación al recién estrenado hijo del Director.

Las primeras planas fueron inundadas de prolijas estupideces. El “niño docto”, sarcasmo ofrecido gratuitamente al acomodado periodista, sin duda era amante de los cómics y de la novela negra. Armado solamente con la pobre información policial dibujó complejos gráficos, triangulaciones geográficas y asociaciones rebuscadas basadas en llamadas telefónicas a los familiares de las víctimas. Su sagacidad descubrió así paralelas aficiones a las pastas, gustos por el futbol y la cocina natural y, la menos absurda y tal vez útil: Cuatro de ellos tenían trabajos nocturnos y los otros tres eran solteros y de noches disipadas, adjetivo éste que le costaría al diario un juicio por difamación.

Toda la comunidad respiró aliviada cuando los asesinatos se detuvieron en la tercera semana de haber comenzado, la policía y el diario coincidieron que el autor sería un forastero llegado en los días del carnaval y que ya habría abandonado la ciudad. El periodista llamó al perpetrador “señor X” y sus comentarios perdieron volumen y ubicación hasta convertirse en minúsculas crónicas perdidas en los rincones de tinta rancia que nadie leía. Pronto las muertes dejaron de ser noticias, solo un grupo de sufrientes deudos insistían por respuestas invadiendo pacíficamente la vereda de la comisaría. El “señor X” terminaría acaso convirtiéndose en lo que su nombre indicaba. Una incógnita. El joven periodista abandonó su investigación por otra más agradable y menos comprometida que no mencionaré por vergüenza.

Dos meses más tarde, un grupo de tres personas, parientes de una de las víctimas me frenaron en la entrada del diario, una niña arrasada por el llanto de semanas me tomó del brazo y ante mi intento de despegarme me rasguñó profundamente con una mezcla de rabia y desesperación, me soltó luego como si esa violencia hubiese terminado con sus fuerzas y sus compañeros la retiraron casi a la rastra murmurando palabras compasivas. El “niño docto” que observaba por las ventanas espejadas me hizo al pasar un comentario ridículo que fue festejado por dos alcahuetes de turno. Pasé directamente a la oficina del Director y le dije que deseaba continuar con el caso de los asesinatos, se lo pedí con los dientes apretados y vaya a saber que otro gesto agresivo. El hombre aceptó, al salir se animó a solicitarme “discreción”.

Solo me llevó el resto de la mañana ver los antecedentes, los informes del forense eran lo único novedoso y tal vez utilizable, pero habían sido descartados. La triangulación geográfica ideada por el “niño docto” estaba contaminada por sus propias tontas teorías y algunas opiniones de sus entrevistados que solo querían ver su nombre escrito en el diario. Quitando esas líneas inexactas y caprichosas los lugares trágicos formaban un semicírculo que empezaba en el bar de la calle Lugano, a escasas dos cuadras del Diario, y terminaban a orillas de la Villa San Juan. Me llegué hasta la Seccional del barrio donde un joven oficial a cargo me dio alguna información extra no sin antes susurrar teatralmente: “yo jamás le conté esto”. Por lo menos las fechas y los horarios eran más precisos, se sabía quiénes habían encontrado los cadáveres pero estaba expresamente prohibido contactarlos y no mucho más.

Dormí por la tarde y trabajé por la noche, la zona del Bar estaba desierta a las cuatro de la mañana. Ya todos sus clientes estaban adentro, aislados por la música y los tragos. Afuera, un solitario barrendero parecía dormitar parado, en realidad encorvado sobre el contenedor con ruedas. Me acerqué haciendo ruido con mis zapatos para no asustarlo.

—Buenas noches, amigo. Supongo que estará cansado de este trabajo.
—En realidad, hace poco tiempo que llegué a la zona. El anterior la cambió hace poco.
— ¿Por el asesinato?, ¿del señor X? — tenté suavemente.
—No sé nada de algún asesinato. Si no le importa…

Le di paso a su malhumor, no es bueno hablar de muertes bajo la amenaza de la oscuridad, ni siquiera pensarla. Cada tanto se presenta en mi cuarto, invitándome a que haga su trabajo, y más de una vez estuve tentado de darle el gusto.
Unos metros más adelante un kiosquero abría su local, el horario podría coincidir con el del crimen. Un grueso palo en su mano me mantuvo lejos mientras le mostraba mi credencial, esperé que se relajara para preguntarle.

— ¿Vio algo la noche del asesinato?
—No, nunca estoy a esa hora. Hoy es una excepción, por esos malditos paros de transporte.
— ¿Qué sabe del señor X?
—Lo que ustedes escribieron en el diario, o sea nada.

No tuve ánimo de seguir preguntando, era temprano y la segunda escena de crimen estaba solo a cuatro cuadras. Caminé por la calle oscurecida por los altos olmos, acompañado por una resonancia lejana de pasos que acaso fueran ecos de los míos, pero que igual me asustaban. La muerte se había refugiado debajo de una parada de colectivos. Los restos de pintura roja dibujaban al fantasma de una mujer recostada en un rincón y las juntas de los mosaicos todavía guardaban la sangre oscura. No había nadie para hacer preguntas y los macizos muros de una fábrica decían claramente que no había vecinos que atestiguaran algo. Mi investigación estaba en punto muerto, la segunda locación estaba a ocho cuadras y había que atravesar el barrio bravo de los inmigrantes. Lo dejé para mañana.

Pude dormir unas cinco horas y para eso de las diez pasé por la oficina. Nadie me preguntó nada haciendo evidente el desinterés por el caso, le di una rápida ojeada al diario por salir y confirmé el lugar que visitaría a la noche. Un colectivo de la pesquera que llevaba a los obreros del turno de las cinco podría evitarme el riesgo de pasar por el barrio bravo. Dos hombres habían muerto en el estacionamiento de la calle Vivas que alguna vez estuvo repleto de los autos de los empleados del saladero y hoy era refugio de alimañas, gente en situación de calle y malandras oportunistas. Faltaba toda una tarde aún, pasé por “el nido”, papelero en que se alojaban notas inconclusas y otras que nadie quería escribir. Elegí la menos miserable y me senté detrás de la máquina que esperaba algún nostalgioso que la prefiriera a la computadora.

El colectivo partió en horario de la terminal céntrica, iba directo al puerto, pero el chofer no se quejó cuando le pedí bajar cerca del estacionamiento. “Tírese”, me ordenó sin detenerse del todo.

Esperaba encontrar más gente en el lugar, un reflector sobrevivía con su luz amarilla cruzando al sesgo el enorme espacio y apenas dos resplandores, uno en cada vértice del fondo le hacían fuerza a la oscuridad. Opté por el más cercano, una vela dejaba ver a un anciano con una botella de alcohol mitad bebida y mitad amenazando prenderlo fuego. No hubo manera de despertarlo, quizá no lo haría más. En el otro vértice, un hombre de barba patriarcal escribía en un cuaderno, sus pupilas brillaban dilatadas como las de esos drogadictos del mercado de pulgas.

—Hola —le saludé.
—Hola, ¿viene a matarme?, ¿es el señor X?

No voy a negar que me sorprendiera la respuesta. Alguien había prestado atención al creativo “niño docto” y creía que el asesino andaba suelto por allí. Le hablé para tranquilizarlo.

—No, no. Soy un periodista del Mensajero. ¿Usted escribe?
—Cartas. Una de ellas va a su pasquín, las otras a la Policía y al Intendente. ¿Acaso creen que se va a detener? No se moleste si le pregunto si es usted el autor de esas tontas notas.
—No lo soy. Yo pienso igual que usted.

El hombre olisqueó el ambiente y cerró de golpe el cuaderno, asustándome. Sus pupilas regresaron a la normalidad y me tomó fuerte de la mano. Susurró, como si alguien lo estuviera escuchando:

— ¿No lo siente?, ¿no siente el frío que se desliza por la pared?, ¿no ve la sombra que viaja por los muros sin necesidad de luz?

Me desprendí de un tirón de las manos sarmentosas y corrí por la penumbra hacia el haz de luz del reflector. El amarillo cálido me cubrió, protector, y no lo abandoné hasta salir a la calle.

Al mal paso, darle prisa. El otro lugar se hallaba a diez cuadras y decidí recorrerlos con pasos largos y rápidos, pude agregar otras sensaciones horribles a las que me había susurrado el hombre de las cartas. El farol central de la esquina me reveló dos benditos barrenderos e instintivamente busqué su compañía. Noté al acercarme que se intranquilizaban, uno tomó un caño de adentro del carrito.

— ¡Buenas noches, amigos!, ¿puedo hacerles unas preguntas? —les dije mostrando mi credencial.

No se veían muy convencidos, retrocedieron unos pasos hasta la luz plena del alumbrado, yo saqué mi bloc de notas y la lapicera que nunca usaba en un intento de confirmar mi identidad.

— ¿Saben algo de los asesinatos?, ¿del señor X?
— ¿Qué si sabemos?, ¿por qué cree que trabajamos de a dos? Casi morimos del susto cuándo lo vimos…

Me pregunté por qué a medida que avanzaba mi investigación, que aún no había conocido éxito, la gente se mostraba descreída de las teorías de un loco forastero. Tal vez tenían alguna información… Caminé en dirección a la escena del crimen de las dos mujeres y los barrenderos me siguieron, en cada esquina nos deteníamos un momento y yo aprovechaba para hacerles preguntas.

— ¿Ustedes conocían a las mujeres asesinadas?
—Las veíamos casi todos los días, menos los lunes. Trabajaban en la esquina del hotel. Putas. Hay un baldío al lado que sirve para los que no tienen mucha plata. Ahí las mató.

No estaba muy errado el niño cuando habló de noches disipadas y quizá el diario se libraría del juicio. Las notas policiales no hablaban de la profesión de las mujeres, acaso por un tonto puritanismo. Llegamos hasta la esquina del hotel donde un custodio uniformado dormitaba sobre su motocicleta, los barrenderos no quisieron acompañarme al baldío que todavía conservaba la cinta de seguridad, les pedí que mantuviesen ocupado al policía mientras me escurría al interior.

Dos tanques de cemento y unas vigas cruzadas le sirvieron al asesino para su tarea. La sangre los manchaba y corría al suelo juntándose en una depresión oscura de la que salía un fuerte olor a podrido. Dos cajones habían sido cubiertos de estampitas y velas por algún piadoso vecino o pariente y posteriormente destruidos por algún loco que nunca falta o niños traviesos del barrio. Tropecé en la huella de la ambulancia que debió recoger los cadáveres y metí la mano en el barro sanguinolento, un trozo de elástico rosa quedó pegado a mi palma, el cierre metálico del corpiño estaba cortado. Mi hallazgo mostraba la violencia del cuchillo y la incapacidad de la policía en la recolección de pruebas.

Las primeras claridades de la mañana le ganaban de a poco a las sombras. Ya el custodio se había marchado y los barrenderos tomaban un humeante líquido de sus termos. Les agradecí la ayuda y el convite de mate cocido y les pregunté si la próxima noche estarían cerca del último lugar de horror.

—Ni locos. Dijeron casi a coro. Allí lo mataron a Murúa.

Recordé el apellido y acaso un dato que hablaba de un empleado del Municipio, como si me estuviera leyendo el pensamiento el más sombrío de los trabajadores me dijo:

—Murúa era barrendero, como nosotros…

Me alejé despacito, saludándolos con una mano en la sien como les gusta a los muchachos de la Villa. Al llegar a la esquina los vi, el vaso que adiviné frío en sus manos y el gesto de adiós fotografiado en la cara.

La vuelta fue agradable, con el sol tibiecito que perdona la vida hasta las ocho, los pasos que pierden el sonido metálico y hacen coro con el rumor de los autos, el olor a café de los bares del centro.

En la oficina estaba el Director, acompañado del sonido de la impresora que se colaba del taller. Su esposa, administrativa y correctora, contaminaba el ambiente con el quita esmalte. Saludé y le tiré el trozo de corpiño al escritorio, el jefe se apuró a taparlo con una hoja.

—Usted está loco, llévese eso de acá — me dijo sin animarse a tocarlo.
— ¿No le dije que tendría su nota? Estoy a punto de terminarla, esta noche tendré el final.
—Tiene hasta mañana. Me debe lo del Casino.
—Y sin errores — agregó la mujer que escribía casino con ce.

Me fui a dormir sin saludar, en la entrada me crucé con el “niño docto”, impregnado de mentol y perfume barato.

—Le dejé un regalo en el escritorio de su padre —le dije sin emoción, seguro de arruinarle la mañana.

El departamento estaba pesado, oloroso a basura no retirada y ropa sin lavar. La cursiva del gallego, deslizada por el buzón me recordaba el mes adeudado y los del gas, más fríos y técnicos, habían buscado la complicidad de un estudio jurídico para hacer su propio reclamo. Casi no había café, calenté el del día anterior y lo saturé de azúcar para disfrazarlo, ahora sí el bloc de hojas se empezó a llenar de anotaciones y datos. La letra se comenzó a hacer más difusa e ilegible hasta que me dormí.

Desperté como a las nueve, con los últimos resplandores de la tarde. La triangulación de los crímenes mostraba un remarcado en la entrada de la Villa San Juan, estratégicamente alejada del puesto de policía barrial. Estaba el nombre de Murúa, su edad y profesión, también los metros que separaban el cuerpo del teléfono público y del semáforo. Siete y tres, como se vendía el vino rebajado en mi Uruguay.

Jamás volvería a Colonia, nunca más zapatos rotos, nunca más velas ni estufas de carbón, menos aún amigos que piden préstamos y “un prócer para la birra”, que acá sería el de diez con la cara de Belgrano.

Cené temprano, salame y queso y un vaso de tinto buenvivir, como le llamaba mi viejo al común de mesa. Eran otros tiempos, y otros vinos, el de hoy era áspero, como la voz del Polaco que terminaba el tango “Afiche” con un resuello asmático. Lo ayudé con el último verso: “dan ganas de balearse en un rincón”, con un final abrupto de garganta cerrada por el sentimiento. Unas noticias de fútbol y espectáculos fueron soportadas para hacer tiempo y luego me puse en marcha.

Caminé lerdo por la avenida Gorriti, que me alargaba el camino y me achicaba el riesgo. Las construcciones se iban agachando mientras se alejaban del centro, perdían color y sonido. Llegando a la Villa, ya eran bulines postrados y oscuros donde la miseria había cortado la electricidad y se meneaba al compás de las lámparas de kerosén. La Villa apenas vivía por el ladrido de los perros y algún escombro de gatos en las chapas, uno de los últimos rastros de tecnología era el semáforo guiñando girasoles y el teléfono público silenciado hacía tiempo.
Siete tres. Medí los pasos desde uno y otro y me topé con la mancha de sangre. Ojala un perro hubiese lanzado un aullido o unos gatos adornaran su sexo violento con ásperos gruñidos, muy por el contrario, el silencio me tapó los oídos y la humedad me bajó por el cuello y la entrepierna. El olor a muerte se hizo evidente, era una mezcla de sangre, dolor y gemidos. Era el olor del acero y de la ropa desgarrada. De los esfínteres abandonados a su suerte.

Un hombre estaba sentado en la casilla del gas, tenía un uniforme, acaso gris como el de los barrenderos y se levantó para que pudiera verlo. No era ni gordo ni flaco, casi alto como yo e igual de canoso. Descansaba sus manos en los profundos bolsillos, bajando los hombros en actitud sumisa. Parecía un amigo no visto en años, temeroso quizá de no ser reconocido. Nuestros cansancios se juntaron bajo la luz del semáforo regalándonos una intermitencia que hizo juego con sus palabras.

— ¿Uuu…sted es el que pre,preguntaba por el señor eeequis?

FIN

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