“Caramelos”, un relato de Emiliano Martinez Lasca

Emiliano Manuel Martinez Lasca es un escritor que lleva ya un tiempo trabajando y enfrenándose al papel con el sagrado mandato de encontrar un alma sobre la hoja en blanco. De momento su busca no fue infructuosa, y halló un sentimiento profundo, una sensibilidad dispuesta a recuperar el tiempo que se voló y no dejarlo escapar nunca más. Que la infancia esté en nosotros para siempre, y Emiliano Manuel Martinez Lasca, escritor novel, viene a ayudarnos.

Emiliano Manuel Martinez Lasca junto a Alejandro Dolina
CARAMELOS

Cerró la puerta de entrada del almacén. No era la primera vez que entraba allí, varias veces lo hizo con su abuela: la nona –así le decía él, y ella iluminaba su cara-. Recorría la pared, llena de estantes por un lado y el mostrador del otro, deseando ver por encima más rápido de lo que el tiempo permite, mientras la abuela lo llevaba de la mano. En la otra sostenía la bolsa de tela, con manijas de alambre, que el chico conoció desde que tuvo memoria y que la sentía tan propia, como esa sensación de calidez al sentir el abrazo de la nona.

No era la primera vez que estaba allí, pero esta vez era diferente. Lo sentía. Notaba la humedad en los estantes de madera, los sobres de semillas –que a veces él llevaba para su abuelo- y le parecían distintos, ausentes de ese aire gastado. Caminaba por el piso de madera, los sonidos cortos y agudos de sus pasos tenían mayor resonancia -o al menos eso le parecía-. Sus ojos hoy no deseaban superar el mostrador, estaban alertas, fijos, expectantes. Lo sentía todo.

Aquél camino que lo conducía hacia el final del pasillo donde estaba Pepe, el dueño, hoy significaba algo más.

A su derecha comenzaba el inmenso mostrador que terminaba en ele al final del pasillo del cual solo veía por encima de él las latas, y frascos que estaban en los estantes gastados, húmedos, y que no eran discordantes con un añoranza de tiempos pasados. A su izquierda en forma discontinua pero armónica se ubicaban las estanterías de madera a las cuales sí podía ver por encima de su humanidad, y que contenían un mundo de cosas desconocidas por entonces. La luz gris del fluorescente, que siempre estaba prendida sin importar la hora del día, brillaba en lo alto del almacén y suspendía todo paso del tiempo.

Y avanzó a paso firme, dispuesto a superar todos los obstáculos –aún los imprevistos- y llegar al final, al sector del mostrador donde estaba “el frasco” de vidrio que siempre miraba de reojo. Quieto, brillante, pero del cual casi siempre su abuela extraía alguna golosina.

No era un frasco común, allí había caramelos, alfajores, turrones, gomitas envueltas en un paquete con nudos a cada lado, chupetines, pastillas. En fin, un mundo de posibilidades al que el chico sólo accedía condicionado a la voluntad de su abuela, pero no esta vez. Al lado estaba otro de igual tamaño que tenía siempre lo mismo, y que sólo tomo existencia de su contenido unos años después cuando el tiempo indicaba ya otra etapa de su vida, llena de esa inmensidad que desafiaba a la muerte misma y antes de descubrir los desengaños que depara el destino.

Esta vez ese mundo estaba a su alcance, a su elección libre de toda decisión ajena, por eso era diferente, y él sí era consciente de ello.

Llegó al final del pasillo, y Pepe lo miró por encima de sus lentes, sin saber lo que allí se jugaba. Pepe, ante el silencio del muchacho agazapado ante un temor cósmico de no poder concretar sus chances de explorar ese mundo, le espetó:

– Robertito, ¿Qué querés?

El chico intentó decir algo, pero sus palabras se cortaban antes de salir de su boca. Finalmente se repuso, extendió su mano derecha y dijo: – Vengo a comprar golosinas del jarro, me dijo la abuela que puedo elegir lo que quiera, aquí tiene-. Y le entregó a Pepe un billete de diez mil australes.

Pepe lo tomó, lo miró como quien observa un diario, abrió el frasco, extendió la boca del mismo hacia el chico, y le dijo: -Elegí lo que quieras…

Ya la puerta del almacén se cerró, el sol y una sonrisa le iluminaron la cara y en su mano derecha tenía un alfajor triple de chocolate, que comió sentado en el banco de la plaza, con una alegría que nunca jamás olvidaría.

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