Carlita´s dream

Eso fue exactamente lo que pensé anteayer cuando le saqué esta foto a la gata de mi mujer. Estaba durmiendo en el sillón del living, con almohadones que Fabi estrenaba. Y me pareció increíble que esa escenografía fuera absolutamente casual: la gata blanca y negra sobre un almohadón blanco y negro con la jaula de un canario y la experiencia onírica de los animales que, según dicen, sueñan en blanco y negro también. Por eso es que, sacando rápido el teléfono ya sin batería, tomé aquella foto, consciente de la fugacidad del instante y su crucial importancia.

Carlita´s dream”, volví a pensar. Y me acordé de Paul Mc Cartney y su “sueño de Eleonor”. Y también de una chica del pueblo que era casi albina de rubia y que se llamaba Carla. Pero sobre todas las cosas, me acordé de la noche en que Carlita llegó a casa.

Era un atardecer glacial de invierno y el cielo se había puesto repentinamente negro, como anunciando nieve o tormenta. Y entonces, en el pilar de ladrillos de calle donde baja la luz, oímos un maullido demencial. Nos asomamos y vimos un animal muy flaco y maltratado, que no sabíamos si era comadreja o felino. Gritaba de hambre y necesidad, y acaso también de miedo. Era ella. Estaba piel y huesos y con una “bolsa” colgando en su vientre y sus tetas: un embarazo al que no tardaría en dar a luz. Pero no gritaba por egoísmo. De hecho, no pedía nada para sí. No quería un hospedaje. No quería una cama. No quería un refugio. Sólo pedía un resguardo para sus futuras crías. Pura preservación de la especie y puro instinto.

Entonces Fabi le abrió la puerta y le puso un tazón de alimento balanceado que devoró, a pesar de las miradas insidiosas de los otros cuatro gatos de la casa. Luego se comió un segundo tazón y hasta tomó un poco de leche. Entonces se desataron los relámpagos. Y debe haber sido la primera tormenta que veía a salvo, desde el interior de una ventana. Al otro día mi mujer, que ya la había hecho suya y le había armado una cama en el garage, me dijo: “hay que ponerle un nombre”. Y yo le dije “Carla” de manera instantánea; del mismo modo que anteayer me dije “Carlita´s dream” al sacar aquella foto. Pero no pensé en la nena albina de mi pueblo. Tampoco en una chica de Taiwán que una vez entrevisté y cuyo fabuloso nombre era “Shu Méi” pero que en Argentina se hacía llamar “Carla”. No pensé en nada ni en nadie. Sencillamente aquel nombre vino a mi cabeza como si otro, que no era yo, la hubiese nombrado antes. Y así fue que a los pocos días, Carlita dio a luz. Fueron siete cachorros hermosos, blancos y negros como ella y que cuidó hasta la devoción como a siete tigrecitos rescatados del vendaval. Pero pocos días después y como si el mismo vendaval los hubiera traído, unos chicos del barrio golpearon la puerta: “Señora, encontramos estos gatitos. Se estaban muriendo y se los trajimos a usted, que sabemos que les gustan”, dijeron. Y los nenes nos presentaron las nuevas mascotas. Eran cuatro lauchitas grises embarradas que apenas si boqueban de hambre; como esos peces recién sacados del río que dan los últimos coletazos antes de morir. Los chicos señalaron un charco y entonces vimos otros dos hermanitos, irremediablemente ahogados. “Estaban ahí”, dijeron.

Entonces Fabi puso los nuevos cachorros grises en la caja de Carlita. Y ella, contra lo que pensábamos, empezó a lavarlos uno por uno como si fueran suyos. Luego les dio de comer también y los cobijó en su regazo; acaso acordándose del hogar que a ella le habían dado sin pedir nada a cambio. Al poco tiempo, los cachorros empezaron a comer solos y a jugar con fabulosa independencia; un seleccionado de once fieras pequeñas andando por la casa. Fabi los subió al Facebook para regalarlos y en muy pocos días, uno a uno, aquellos “hijos de la tormenta” se fueron yendo. Sólo quedó uno con Carlita; un hermoso machito gris que nadie quería y al que ella aún sigue lavando como si lo fuera a mandar a la escuela.

“Carlita´s dream”, vuelvo a pensar. Pero luego me digo que ese sueño suyo no sería ninguna pesadilla para el pajarito aquel. Porque si Carlita pudiera actuar según su instinto más allá del sueño, estoy seguro que lo libraría de esa jaula y le daría de mamar para que volara. Y una vez vuelto parte del aire y si tuviera que pedir un deseo, acaso Carla sólo pediría que ya no vuelva a bajar. Y que sólo recuerde de la tierra la dulce leche y las caricias de su mamá adoptiva, suaves como un almohadón de plumas donde soñar con la libertad.

Iván Wielikosielek

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