Casimiro Altamira: Historia de una tumba con un cuento de Borges y dos ciudades

En la “entrada vieja” del cementerio y apenas atravesado el inmenso arco de punto, se abre la primera diagonal a la derecha; una de las tantas de su trazado “masón”. Y allí, a sólo “una cuadra” del portal y colindando con una capilla de torre aguja derruida, se levanta en todo su esplendor la tumba de Casimiro Altamira, fallecido a los 54 años en 1885. Se trata de una fabulosa pirámide revestida en mármol blanco de cinco metros de alto. De no ser por el rostro de Cristo modelado en bronce en la base y por el ángel con la cruz rematando las alturas, uno pensaría en una tumba más deudora de Egipto o de Asiria que del cristianismo. Sin embargo, aquel memorial no honra a faraón alguno o descendientes de Sargón; sino a un ciudadano de Villa Nueva.

Curiosamente, la historia refiere que en 1871 fue el propio Altamira quien fundó el cementerio “San José” de la vecina ciudad, de la cual era caudillo político por ese entonces. Descendiente, además, de una tradicional familia al otro lado del Ctalamuchita, uno se pregunta qué hace Altamira enterrado en Villa María, la ciudad “rival”. Y, encima, con toda la pompa. A la respuesta me la dio hace tiempo, la historiadora Roxana Carranza, docente de Las Rosarinas.

“Cuando Joaquín Pereyra y Domínguez compra las tierras de Manuel Anselmo Ocampo de este lado del río, Villa María no tenía ningún peso político. Y dependía casi absolutamente de su “hermana mayor”. Pero será Altamira, hombre fuerte en la política de Villa Nueva, quien aliándose con Pereyra y Domínguez consiga traer buena parte del poder político de este lado, aprovechando como excusa, precisamente, las inundaciones villanovenses. Además de Pereyra y Domínguez, que es el verdadero “inventor” de Villa María tal como hoy la conocemos, mucho tuvo que ver Altamira en el fortalecimiento institucional de la ciudad. Aunque para muchos villanovenses haya quedado como un traidor”.

PALABRA DE BORGES

Aquellas palabras de Roxana me hicieron pensar fuertemente en un cuento de Borges, “Historia del guerrero y la cautiva”. Allí, Borges refiere el destino de Droctulft; un guerrero lombardo (un “bárbaro” de las tribus germánicas de aquel entonces) que, en el asedio de Rávena durante la Edad Media, murió defendiendo la ciudad que antes había atacado. Por eso, los raveneses le dieron sepultura en un templo y le compusieron un epitafio en el que testimoniaron su gratitud. Y Borges escribe (la cita eludirá algunas frases) lo siguiente:

“Imaginemos a Droctulft, no al individuo sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvidó y de la memoria. Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que tódas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido”.

DE RÁVENA A LA PAMPA

Unos mil trescientos años después del sitio de Rávena, algo de esa historia ha vuelto a repetirse en estas pampas, que por aquel entonces todavía no eran “gringas”.
Sólo que “Altamira-Droctulft” no ha tenido que cruzar ningún Danubio ni aterradoras ciénagas germanas; tan sólo un río de aguas marrones que, en los meses de sequía, incluso podía vadearse a pie. Tampoco “Altamira-Droctulft” se ha deslumbrado con ningún mármol y ninguna inscripción. Por el contrario. En aquellos años de mil ochocientos ochenta, es muy posible que Villa María fuese más parecida a una toldería que a una ciudad; con varias casitas de adobe y ranchos en la periferia. Un pueblo-toldería sin la Casa de la Cultura de calle Deán Funes, sin la mansión Villasuso en la calle Comercio y sin el aristocrático club “El Progreso” del que alguna vez participó Sarmiento. Y, por cierto, sin las casonas patricias haciendo esquina y cuyos cimientos minaría la inundación hasta convertirlas en lo que hoy son: ruina y belleza, historia y patrimonio.

Pero acaso a Altamira-Droctfult lo deslumbró la novedosa estación de trenes, ese templo inglés que traería el progreso y que pasaba “por aquí y no por allá”. Y acaso fue gracias a esa promesa que el hombre se pudo imaginar la ciudad futura. La ciudad de los bulevares y los edificios, de plazas Centenario y parques Pereyra y Domínguez, de Palace Hotel y de Chalet Scopinaro, de monumentos en bronce a Rivadavia y de cemento a Cristo Rey, de escuelas Rivadavia y universidades estatales y privadas que vendrían un siglo y medio después. Y por eso es que tomó partido por su nuevo amigo y un imaginado “axis mundi”.

UN MAUSOLEO PARA EL PRIMER HOMBRE QUE “VIO” VILLA MARÍA

Cuenta la leyenda que a su muerte y ante la negativa de los políticos villanovenses para que Altamira descansara en su ciudad natal, Pereyra y Domínguez mandó construir ese santuario en mármol blanco inaugurando el flamante cementerio. Una pirámide de Mayo cuyo remate, extrañamente, anticipa el “Cristo” de Deiver y convierte al homenajeado en visionario. Lo que no sabía Pereyra y Domínguez es que a él sólo le quedaban cinco años de vida, que moriría asesinado de un balazo a los 42 años y que tampoco vería “la gloria” de su “ciudad futura”.
Tallado en el mármol de tres de sus caras, aquel epitafio reza: “Aquí yacen los restos del que en vida fue Casimiro Altamira, fallecido a los 54 años de edad el 16 de junio de 1885, dejando sumidos en el más acerbo dolor a su esposa, cariñosas hijas y numerosos amigos”.

Y en otra de las caras, y acaso para morigerar la rivalidad creciente entre las dos ciudades, se lee tallado en piedra: “Sus amigos de Villa María y Villa Nueva y el excelentísimo gobierno de Córdoba dedican este monumento a su memoria”.
Al final de la historia de Droctulft, anota Borges esta frase antológica: “No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso”.
Y acaso lo mismo podría decirse de Altamira. Sólo que él no se encandiló con el mármol romano sino con la Villa María del porvenir; esa que sólo vio como en sueños.

La frase de Borges podría usarse tranquilamente de epitafio en la tumba de Casimiro Altamira. Incluso hasta podría inscribirse en la cara en blanco de la pirámide. Sólo habría que agregarle que, además de “iluminado y converso” fue un visionario. El primer hombre que vio en todo su esplendor la ciudad que vendría y en la que, más que morir, hubiera querido vivir.

Iván Wielikosielek
Texto y foto: Iván Wielikosielek
(Esta crónica apareció en Puntal Villa María, el martes 8 de enero de 2019)

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