Catorce mujeres en guardapolvo

Catorce mujeres en guardapolvo

Todas tienen algo de monjas, madres o enfermeras. Y acaso esos hayan sido sus modelos al estudiar magisterio en esos tiempos. Por eso es que posan asépticas como en una clínica y radiantes como en un convento. Con sus delantales planchados como túnicas y sus peinetas tirantes como cofias. Pero a la vez con sus risas cálidas y familiares como el aroma a chocolate de un 25 de mayo en la Sociedad Italiana; ese útero al que nos invitaban a entrar para no salir jamás. Igual que las aulas oliendo a cuadernos y el dulce perfume a vainilla de sus ropas.


Las miro a todas posando allí en alguna tarde de los setenta. Son las seños del turno mañana y tarde de la escuela General San Martín. Algunas me dieron clases y a otras apenas si las conocí. Muchas seguramente ya estarán muertas y otras seguirán viviendo en la escenografía de aquellos días.

Mi recuerdo de las “seños de antaño” no es ni bueno ni malo. Tenían una increíble ternura para con los chicos (ternura que acaso fuera “oficial” pero que yo agradecía) y que no se condecía con una pedagogía más tendiente a la automatización que al autoconocimiento.


Sin embargo hoy, a cuarenta años de mi paso por la escuela, no puedo dejar de pensar que aquellas catorce maestras eran, ante todo, catorce mujeres. Y que cuando se sacaban el guardapolvo como el traje de Mujer Maravilla, se convertían en mujeres comunes de la Tierra. Y ahí radicaba, precisamente, su enseñanza y su belleza.


Muchas veces las he cruzado “de civil” y no las he reconocido. Pero ellas me saludaban con una fabulosa normalidad, sin la ternura obligatoria del guardapolvo. Y ese trato “común” fue la lección que más les agradecí en la vida. Que me hayan permitido verlas como “simples mujeres” detrás de sus delantales. Como si una diosa se bajara de la estatua y dijera “Hola! Soy María, la chica que trabaja de modelo para el escultor”.

Miro otra vez la foto y compruebo que aquellos catorce guardapolvos se tragan el negro y la oscuridad del fondo. Como la vocación de ser maestras se tragó a la esposa y la madre, a la hermana y a la hija. Y pienso que no es un error de mi percepción sino el destino. Porque en el fondo, esas catorce mujeres eligieron vivir resplandecientemente asépticas; sabiendo que sólo así podían invitar a todos los chicos a ese paraíso que creaban en el aula. A ese útero oliendo a chocolate y dulce perfume de vainilla en las lentas siestas de Ballesteros.

Por Iván Wielikosielek

Compartir

Autor

Avatar