Charles Aznavour hasta el fin del mundo

Ha muerto Charles Aznavour y no debería importarme. Era francés (en realidad, era armenio). No era de mi época. No marcó mi niñez y nada tuvo que ver con mi adolescencia. Tan sólo recuerdo algunas palabras de mi viejo o de mi vieja diciendo que “era bueno”; en una constelación de cantantes donde también (según ellos) entraban Manolo Galván, Leonardo Favio, Sergio Denis y Denis Roussos. Y nada más.

Sin embargo, en mi breve estadía en el país de Juana de Arco y Céline en 2006, una tarde de domingo caminando por una plaza tulusina del verano con amigos (las plazas francesas son desérticas los domingos del verano si no se va con amigos, especialmente en Toulouse) escuché una canción salida de los parlantes de un bar que me enloqueció. Sólo entendí el estribillo que decía “Emmenez-moi au bout de la terre/ Emmenez-moi au pays des merveilles/ Il me semble que la misère/ Serait moins pénible au soleil…” (“Llévenme al fin del mundo/ Llévenme a ese país de maravillas/ Me parece que la miseria/ será mucho más soportable allá, bajo el sol”).

Pero no era sólamente la fabulosa música de ese estribillo. Ni siquiera la súbita frescura de la letra que, como el poema de Baudelaire, era una “invitación al viaje”. Era la voz del hombre que la cantaba. Hablo no sólo de la calidad vocal sino (y sobre todo) de “su credibilidad” y profunda humanidad. Aquel hombre que le ponía el cuerpo y la garganta a ese tema era, como decía Artaud, “una verdad en escena”.

Pregunté a mis amigos quién cantaba y se me rieron todos. “Tu ne connais pas encore Aznavour, mon vieux?” (¿Todavía no conocés Aznavour, pibe?).

Desde esa tarde, durante largas y desoladas caminatas por Toulouse, canté aquel estribillo junto con “Lejana tierra mía” y “Volver”, de Gardel. Otras “invitaciones al viaje”. La canté por el “Pont Jumeaux” haciendo dedo a un pueblito coreziano; la canté en el muelle de La Daurade o cruzando el Pont Neuf sobre la verde Garonne. Y la canté incluso frente a la casa natal de Gardel en el Canon d´Arcoles; pensando sin exageraciones que en el reino de la canción, después de “nuestro” Carlos venía este otro.

Pocos días después escuché a un músico ambulante cantando aquella canción en el Capitol. Fue apenas unos días antes de partir y la canté con él.

Cuando efectivamente volví a mi país al fin del mundo (de hecho tenemos un faro que se llama así) busqué la letra. “Hacia los muelles donde el peso y el aburrimiento/ me doblan la espalda/ llegan los barcos con el vientre/ pesados de frutas // Llegan del fin del mundo/ trayendo con ellos ideas vagabundas/ reflejos de cielos azules y de espejismos/ Arrastrando un perfume pimienta/ de países desconocidos/ y de eternos veranos/ donde se vive casi desnudos/ en las playas/ Yo ,que solo he conocido toda mi vida/el cielo del norte/ me gustaría limpiar ese gris/ cambiando de bordo/ Llévenme al fin del mundo/ Llévenme al país de las maravillas/ me parece que la miseria/ será más soportable allá bajo el sol”.

Si cambiaba los cielos del norte por los cielos del sur, esa canción hubiera hablado por mí. Enteramente. Sólo que tras mi viaje yo quería volver al sur para siempre. Ya había tenido la invitación al viaje y ahora quería el regreso. Había cambiado La Ilíada por la Odisea. La guerra por el retiro de la batalla. El viaje de ida por la vuelta. Lo exótico por lo conocido. El francés de Gainsbourg y Aznavour por el español de Charly y Spinetta. Charles por Carlitos.

Pero aquella canción siguió vibrando con un eco intenso en el melancólico caracol de mi oído espiritual. Y muchas veces me he descubierto susurrándola en las calles de mi pueblo; aquel “emmenez-moi” por la calle desierta del basural como un suburbio de Toulouse. Y hoy, cuando me enteré de la muerte de Aznavour, la canción volvió a sonar en mi corazón y le volví a agradecer por la dicha de haber viajado con ella. Siento que la voz de aquella “verdad en escena” se embarcó esta tarde, efectivamente, hacia el fin del mundo. A ese país infinitamente ansiado donde no hay penas. Sólo el olvido de las penas. Lo más parecido a volver a nacer en el paraíso.

PS: Bon voyage, mon vieux: depuis ce bout de monde oú je chants encore avec toi.

Por Iván Wielikosielek

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