“Tú, clara linfa donde se refleja la luna”

Amado Goethe, radiante sol de mi vida, que ilumina con sus rayos y calienta con su fuego los tejados cubiertos de la nieve invernal, y que penetra esplendoroso en mi propia estancia: el tejado de una casa vecina es el símbolo de tu recuerdo.
Si no fuese por él, estaría hoy triste como un ciego de nacimiento, incapaz de formarme una idea de la luminosidad del cielo; tú, clara linfa donde se refleja la luna y en la que se podrían coger las estrellas ahuecando la mano.
Todos nosotros no somos más que esclavos con la frente baja, mientras el poeta es un hombre libre frente a la Naturaleza, y en su corazón lleva grabada su imagen ofreciéndonosla para que la besemos y adoremos.
Algún día llegará, querido Goethe, en que yo pueda ofrecerte algo; quiero decir que llegará el día en que rodee tu cuello con cálidos brazos enamorados.
Al nacer este año me resulta tan grato escribirte, como si un labio hablase a otro labio y pretendiera sostenerse entre ellos un serio coloquio. Éste es el motivo de que en mis cartas no se distinga más que la conciencia de mi amor, ese íntimo deseo de unirme a ti…, y aunque estoy muy lejos de ti, puedo asegurarte que todas las noches me quedo dormida en tus brazos… No quemes mis cartas no las rompas; algún día podrá dolerte el haberlo hecho; mi amor es firmísimo y vivo en constante deseo de estar a tu lado; pero no se las enseñes a nadie, guárdalas secretamente, como escondido tesoro. Mi amor es hermoso, encantador, celestial…
Si estuviera a tu lado, a la hora en que la casa se queda silenciosa, me sentaría a tus pies y te miraría a los ojos, con íntima pasión, con esa pasión que se siente al estar al lado del ser amado, y no oirá ni me importaría nada del resto del mundo…
Segura estoy de que me besarías y me llamarías por mil nombres dulces y cariñosos, abrazándome como si fuese tu amada.
Pero esto es sólo un sueño, que vive y crece durante la noche, y que como algunas plantas orientales, se marchita cuando las primeras luces del alba aparecen por Oriente.

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Autor

Raúl Bertone