Como el silencio de un hotel en ruinas

COMO EL SILENCIO DE UN HOTEL EN RUINAS

1-
Una paloma se posó en unos caños de fierro y yo me volví para observarla. Estaba en la vereda del frente, sobre el aro oxidado del Hotel Castelani donde ya no había un cartel. Como si fuera parte de aquel círculo igual que un pájaro en la base de un escudo. Y entonces entendí aquella escena. Primero había sido el sonido; es decir un aleteo fugaz seguido de un filo de uñas contra el hierro al que le puso imagen mi especulación y luego, la corroboración de mi mirada. ¿Por qué no había vivido jamás una escena semejante, si todas las veces tomaba el colectivo a Villa Nueva a esa hora y en esa parada? ¿Por qué registraba una paloma en esa precisa tarde si siempre había palomas sobrevolando el viejo hotel en ruinas? La respuesta era muy simple: porque era la primera vez que yo esperaba el bus desde que se había declarado la cuarentena. Y desde entonces se habían callado todos los ruidos de la ciudad. De otro modo, jamás el aleteo de una paloma posándose al otro lado de la avenida me hubiera llegado tan nítido, como si fuera el último sonido del mundo.

2-
Hacía varios días que yo quería escribir sobre la peste pero no sabía por dónde empezar. De hecho, una semana atrás se había oficializado la reclusión y yo pasaba demasiado tiempo en casa. Y ese “toque de queda sanitario” me estaba enfermando. No sólo de un estatismo asesino al que no estaba acostumbrado mi cuerpo sino y sobre todo de una manía persecutoria desconocida para mi psiqus toda. Sin embargo, de todos modos, al caer la noche yo salía con mi perro por el campo o como en aquella tarde, solo por la ciudad para tomar el bus a casa de Fabiana. Y siempre lo hacía con la sensación de una detención inminente; como si cualquier vecino me pudiera denunciar por sospechoso. Y cada auto que se acercaba era para mí un patrullero hasta que se demostrase lo contrario.
Pero yo no quería escribir sobre la peste desde mi “paranoia” o desde mi encierro. Estaba seguro que esas circunstancias no eran buenas consejeras. Tampoco lo era ese toque de queda subliminal cuya sirena era un desconocido silencio; ese mudo aullido cuyo eco rebotaba en la caja acústica de los miedos y que fabulosamente había roto el aleteo de aquella paloma en la tarde.
¿A dónde había vivido antes aquella escena? La respuesta vino antes que pudiera formular la pregunta con palabras.

3-
Había sido en el pueblo, durante una tarde de mi niñez. Una tarde muy atípica, por cierto. Porque mi madre se había ido de vacaciones con un novio y me había dejado a cargo de mi abuelo. Era otoño como ahora y aquella primera noche en soledad íbamos a pedir por primera vez la vianda con el viejo. Y subidos a su auto del sesenta y cinco, habíamos ido al Hotel Tití.
Debió haber sido un lunes o un martes porque las calles ya estaban vacías como en un pueblo fantasma. Mi abuelo apagó el motor, se bajó y me dijo “esperáme que ahí vuelvo”. Todavía recuerdo la pálida luz de un tubo fluorescente iluminando las mesas vacías; el hotel aquel era una pecera azul hecha de depresión y silencio. Y pensé que no estaría bueno vivir en aquella campana de vidrio. Pero adentro lo veía al viejo, recibiendo algo parecido a un farol y pagando con algo parecido a un atado de acelga. Toda aquella escena tenía lugar en el cine de mi percepción. Como si presenciara una película muda donde, además de la vista, el único sentido fuese el olfato captando un potentísimo vaho a nafta. Y entonces, como si hubiera salido de la nada o de un backstage de la existencia, se activó en aquel film la modalidad «cine sonoro». Y oí el aleteo de una paloma posándose en una estructura de hierro. Cuando levanté la vista, el ave estaba sobre el cartel del Hotel Tití, al que por ese entonces no le faltaba ninguna letra.
Acto seguido, una amarilla luminosidad brilló en la pantalla de cinemascope. Porque vi a mi abuelo portando aquel farol de lata estridente; una viandera de cuatro cacerolas en vez de una lámpara. Pero su llama interior tenía el mismo corazón de fuego. Porque cuando el viejo subió, el frío interior del auto devino en súbito calor de hogar por obra y gracia de una sopa humeante. Entonces pensé en mi padre, que se había ido a trabajar a otra estación y, según me dijo, hacía operativos con los vagones bamboleando un farol en la niebla. ¿A dónde comería esta noche? ¿Cuál sería su hogar entre los desconocidos andenes?

4-
El arranque del Di Tella coincidió con la bajada brutal de la persiana metálica del hotel y esa escena fue la de un acople de sonidos; la roldana sin aceitar que clausuraba un día más en el mundo. Y cuando nos íbamos por la desierta calle de tierra y acaso por simple propensión a la melancolía, me volví para mirar hacia atrás. La paloma ya no estaba en el Hotel Tití ni en aquel cartel del pasado. Pero se voló hasta el presente como una paloma mensajera. Acaso para decirme que si yo iba a escribir sobre la peste, debía empezar inexorablemente por mi pueblo. Y, por cierto, por aquel silencio de hotel derruido que ya preanunciaba otra peste; la de la soledad. Esa cuarentena de un hogar por siempre vacío pero, en contrapartida también, anunciaba la invención de hogares pasajeros, como ese que llevábamos en el auto con mi abuelo.
Por eso cuando llegó el colectivo a Villa Nueva y me volví para mirar por la ventanilla, la paloma ya se había volado del Hotel Castelani. Y sólo pensé en esa otra casa que me esperaba más allá de los barrios pobres, del río y de la noche.
Entonces vi el farol de Fabiana bamboleándose en la niebla como la viandera de mi abuelo. Humeando la sopa de los que no tienen casa pero que son guiados por las aves para escapar de la soledad y de la peste.

Por Iván Wielikosielek

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