Como un perpetuo verano

Mark Twain era un humorista escénico mucho antes de convertirse en una figura literaria. No puede conocerse a Huck Finn sin haber leído antes un libro cuyo título es Las aventuras de Tom Sawyer. En esa visión de un pasado reconstruído, Twain recupera la ciudad de Hannibal, en Missouri, como un perpetuo verano en el cual formas diferentes y dulcemente irreconciliables, como la niñez y la adultez, interpretan sus destinos de comedia. Las aventuras de Tom finalizan con un triunfo. El joven lector (Twain debió darse cuenta de que había escrito un libro para niños, cuando lo que había intentado era que fuera una novela adulta) se encuentra con la seguridad inconsciente de que existe un vínculo que une lo nuevo y lo viejo en un mundo moral en el cual la verdad puede ser alcanzada y donde el perdón siempre es posible.
Twain escribió por capricho, sin esquemas previos, entregándose a los placeres de la improvisación y de la música que escuchaba en la palabra. Debe haber comprendido, finalmente, que el libro había resultado demasiado sentimental, demasiado condescendiente con la fuente racista que lo había nutrido. Había ignorado la esclavitud como si nunca hubiera existido. Y después de que todo fue hecho y dicho, de Tom Sawyer había resultado un rebelde de teatro quien, al igual que el mismo Twain, había sido bienvenido en el seno de una clase dominante a la que se oponía.

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La mirada del escritor se detuvo, entonces, en el muchacho que estaba a la izquierda de Tom. En Huckleberry Finn. Allí se libera de la tiranía de la voz de una divertida tolerancia con la que había escrito hasta entonces. Se entrega la narración al irredimible compañero de Tom. Ese Huck que habla como un niño y hace cosas infantiles. La civilización aquí es comprar y vender gente y ponerla a trabajar hasta la muerte. Es un vicioso juego secreto que se lleva a cabo sobre el campo de la ignorancia provinciana. La mirada asombrada que va descubriendo el mundo, el paisaje hermoso y violento del sur norteamericano, de las orillas del río Mississippi. Una constante de las dos novelas de un autor que supo escribir otros textos memorables como “Wilson, el simple” o “El diario de Adán y Eva”.
Por esos fenónemos que construyen la infancia como el museo de las cosas a las que los adultos no saben ya cómo disfrutar, Twain, al igual que Stevenson, o que Verne, ha quedado incorporado, equívocamente, a la literatura para niños. El mismo Twain se quejaba de esto sosteniendo que sus libros era como una Biblia sin expurgar. “Siempre que me dicen que los niños lo leen, me siento molesto. Desearía poder defender el carácter de Huck, pero en realidad mi opinión no es mejor que la de Dios, Salomón, David, Satán y el resto de la Sagrada Hermandad”. Una exclusividad que pierde de vista el lugar que Twain tiene como basamento de la narrativa moderna.

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Ese adolescente que descubre Twain está en “El cazador oculto” de Salinger, en las tragedias sureñas de Faulkner, pero también en el narrador de “Hombre de la esquina rosada” de Borges o en “El juguete rabioso” de Roberto Arlt. Y sin dudas en la mirada de muchos de los personajes de Rodolfo Walsh (basta pensar en “Irlandeses detrás de un gato” o en “Fotos”), y de manera muy fuerte en Haroldo Conti, sobre todo en “Desde la jaula”. Tal vez no porque estuviera en la mente de los autores, sino porque fue Twain quien los hizo posibles.
Así las cosas, nadie habla de Twain. En las Aguafuertes de Arlt es apenas una referencia perdida a “My watch”, un cuento breve; en Borges es una cita para ejemplificar lo que pasa en el mundo de los sueños. El libro de Tom y el libro de Huck son visiones en conflicto sobre el mismo pasado. Twain mezclando el humor, la aventura, el desprejuicio como una lección a contramano. Un mundo que propone un puente entre la infancia y la vida poco feliz de los adultos. Tal vez ese olvido y ese confinamiento a la infancia sea, con todo, una suerte.

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Autor

Raúl Bertone