Constelaciones en la piel (sobre «Tres versiones de Judas», de Borges)

CONSTELACIONES EN LA PIEL
(SOBRE “TRES VERSIONES DE JUDAS” DE JLB)

Sin ser un gran lector de Borges hoy a la tarde volví a un viejo libro suyo; “Ficciones”. Supongo que mi elección, a contrapelo de cualquier futura felicidad, se debió a una mezcla de tedio dominical y viejo cansancio, esa combinación a la que tan asiduamente suele invitar el invierno. Y entonces, tras leer “La lotería en Babilonia” (que ni las influencias de Kafka salvaron de su pesadez) releí las “Tres versiones de Judas”. Y algo inesperado se produjo en mí. Porque tras cerrar el libro y apagar la luz (es lo que suelo hacer para pensar mejor) abrí repentinamente los ojos en la oscuridad. Como cuando me salvo de una pesadilla o me despierta una iluminación. En este caso, hubo algo de ambas conmociones.

El terror, supongo, derivó de la tesis gnóstica revisitada en el cuento y que dice que los seres humanos vivimos en un mundo manipulado por la mentira donde el demiurgo se hace pasar Dios mientras la divinidad es denostada y (lo peor) disfrazada de serpiente. En un mundo donde todo está dado vueltas ¿por qué razón Judas no habría de ser el discípulo elegido, o incluso el hombre en el que se espejaba Jesús para ejercer su humanidad más honda?

Hasta acá no hay novedades en el cuento (su formato es el de “Un viejo manuscrito” o del “Informe para una academia” de Kafka) ni en la tesis propuesta por el personaje principal, el escritor Nils Runenberg (una vuelta de tuerca al pensamiento cátaro). Sin embargo, hubo dos detalles que me sacudieron profundamente.

SEÑALES EN LOS CIELOS

El primero, constatar el año de su publicación: 1944. Teniendo en cuenta que al año siguiente se descubrieron los manuscritos de Naj Hammadi en Egipto (la mayor biblioteca gnóstica de la antigüedad) y entre ellos el “Evangelio de Judas”, el cuento de Borges suena profético. Porque en ese texto, Judas confiesa que de todos los discípulos de Jesús era el único que conocía el plan divino, y por ende sobre sus hombros recayó la misión más difícil de todas, “entregar” (en apariencia) a su maestro. Este “santo” que tuvo que hacer de “traidor” sería, en ese caso, el héroe más trágico de la historia, sólo “comprendido” en la literatura por aquel cuento de Borges.

El otro detalle que me estremeció fue una sencilla metáfora puesta en la prosa de Runenberg: “…las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo, las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones, Judas refleja de algún modo a Jesús”.

Hace mucho, me había fascinado una metáfora de una canción. Era de Leonard Cohen y decía: “I´m guided by a signal in the heavens/ I´m guided by this birthmark on my skin” (Me guío por las señales de los cielos/ me guío por las manchas de nacimiento de mi piel”). Que las estrellas pudieran ser comparadas con lunares, era algo “concebible”. Pero que esas “manchas de la piel” fuesen (al igual que las estrellas) posibles arcanos, me pareció un maravilloso hallazgo. Y más que una antropología fundaba una cosmología. Porque reforzaba la idea de que somos seres con el destino escrito y que ese porvenir es, además, parte indisoluble del universo. Por cierto, la canción de Cohen (“First we take Manhattan”) pertenecía al disco “The future”.

¿Habrá leído alguna vez Cohen ese cuento de Borges? Me parece difícil. No creo que un judío convertido al budismo se hubiese interesado en un tema cristiano. Tampoco que un cantante del primer mundo husmeara en las páginas de un cuentista argentino.

Lo cierto es que en esas “Tres versiones de Judas” ya estaba “Naj Hammadi” y el Evangelio de Judas; ya estaba Leonard Cohen y “The Future” y acaso muchos más futuros y muchos más evangelios tan olvidados como apócrifos; tan verdaderos como proféticos.

Y me dije que, en el sentido más literal y fabuloso del término, ese cuento de Borges era un verdadero “aleph”; un punto en donde convergen el tiempo y el espacio.

ESTANQUE DE SILOÉ

Siempre pensé que escribir un texto de la extensión del universo era una empresa que no dependía de la voluntad ni del talento humano sino de un elemento ajeno a su condición. La Odisea y los Evangelios, “El cuervo” o “Tabaquería”, “Una cruza” o “La dama del perrito”, eran textos de una circularidad tal que sólo admitían la relectura infinita. Como si la circunferencia se volviera espiral desenroscándose al vacío. Y eso no pudo haber dependido solamente de la lírica de Poe o de Pessoa, de la calidad narrativa de Kafka o de Chejov. No. Había “algo más” ahí. Porque esos textos no tienen tiempo ni espacio o son de todos los tiempos y de todos los espacios. Trascienden países y culturas, idiomas y dialectos, religiones y visiones de mundo. Pueden ser leídos en cualquier momento de la historia sin manual de instrucciones, incluso en deficientes traducciones sin que nada pierdan. Y las “Tres versiones de Judas” era un ejemplo perfecto.

Ese cuento, escrito por un argentino que en esos días era un erudito más que un cuentista (un fanático de las conjeturas religiosas más que un profesor de literatura inglesa) había logrado entrar en el selecto grupo. Y su texto merecía, sin dudas, integrarse a la biblioteca de Naj Hammadi y a todas las ediciones de los evangelios gnósticos.

Me pregunté qué otra profecía podía haber implícita en esas líneas; y entonces recordé los pasajes de las visiones cegadoras: desde Elías y Moisés (que no toleraron el fulgor de la divinidad) a la luz que dejó sin vista a Saulo camino de Damasco. Y pienso que esa ceguera que pocos años después apagaría la vista de Borges, fue producto de una iluminación también. La consecuencia de haber creado una enorme parábola como la del Estanque de Siloé, “para que los que no ven, no viendo, vean”. Y (al igual que me pasó a mí en este domingo de invierno por efecto dominó) un hombre abra los ojos a lo oscuro y empiece a divisar la divinidad. Mientras afuera brilla esa vana iluminación del mundo llamada día.

Por Iván Wielikosielek

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