Crónicas bizarras

Por Emiliano Manuel Martinez Lasca

– ¡Satanás, Belcebú, quémenlo! – Gritaba una voz entre la multitud.

Otra voz dijo: – ¡Que arda en la hoguera, que se queme hasta los huesos, es el diablo!

De una tercera persona se escuchó: – Cómo puede ser que éste nos guiaba como pastor de nuestro rebaño, que arda lentamente, agreguen maderos verdes para que tarde más en quemarse.

Estas frases, que parecen propias de una mala novela que transcurrió en la alta edad media o peor en la época de la inquisición de la Iglesia Católica, fueron dichas hace unos meses atrás mientras un buen hombre, una buena persona, no sólo fue producto de un mal entendido, en el cual sólo apareció involucrado gracias al poco tacto de un compañero de trabajo, sino que a partir de ese malentendido se desencadenó una serie de eventos que culminaron con su ulterior ejecución al mejor estilo medieval o juicio de ordalía, en plena era de la tecnología globalizada.

Según pudo averiguar este diario, una semanas atrás más precisamente al  día 2 de diciembre del año pasado, en el muro de una red social de una persona que realiza tareas administrativas en un empleo de carácter privado, se leyó, una frase -con pretensiones de humor-, etiquetando en ella a varios de sus compañeros de trabajo, uno de los cuales terminó con el final trágico ya descripto párrafo atrás.

Dicha frase decía: “Auspician este espacio, ‘La esquina del exorcista´, ¿se le rompió el crucifijo?, ¿se le terminó el agua bendita?, venga a San Juan y San José, ‘La esquina del exorcista’ y llévese todo para derrotar al maligno”, etiquetando en ella como ya se dijo a varios de sus compañeros de trabajo, con quienes había bromeado inocentemente, momentos atrás sobre el tema, y entre ellos se ubicaba una persona llamada Nicolás Le Verrier, que resultó ser también un pastor líder de una importante congregación religiosa de la humilde localidad donde tenía lugar la empresa privada.

Lo inexplicable e irrisorio es lo que ocurrió luego de la publicación mencionada, y que, según pudo constatar un cronista de un diario local que dialogó con este medio, uno de los integrantes de la congregación, que compartía la red social junto a Nicolás, leyó este mensaje, y según cuenta el cronista, tomó al pie de la letra esta frase como pronunciada por su pastor, y pocos días después, en el habitual domingo de reunión de la congregación –a la postre 7 de diciembre de año pasado-, acusó a Nicolás de haber proferido esa frase, de ser un secuaz del diablo y de llevar a la congregación hacia el  camino de la perdición.

Nicolás trató, vanamente en ese momento de aclarar el asunto, pero sólo consiguió empeorar su situación, como consecuencia de un grupito de fanáticos que dieron por verdad  la falsa acusación proferida, y lo intimaron a que abandonara la congregación de manera efectiva e inmediata al grito pelado de: “tomátelas de acá, o te rajamos nosotros”.

Una semana después de este hecho, Nicolás no solo había cerrado su cuenta de la red social, sino que había desaparecido súbitamente del pueblo, dejando a su familia allí, ante los supuestos rumores de que este grupito de fanáticos, lo buscaba para practicarle un exorcismo, ya que no contento con haberlo echado de su grupo de pertenencia, no tuvieron mejor idea que buscar el nombre y apellido de Nicolás en un buscador de internet, encontrando como máscercana y única referencia la de Urbain Jean Joseph Le Verrier (11 de marzo de 1811 – 23 de septiembre de 1877, que fue un matemático francés que se especializó en mecánica celeste), lo cual los convenció más  aún de su infundado y anterior error, y encontraron en dicha búsqueda la afirmación de que su antiguo pastor efectivamente había sido poseído por el diablo, o en el mejor de los casos por uno de sus secuaces, y que era, necesario y urgente, practicarle un exorcismo para “curar” a Nicolás.

Este exorcismo tuvo lugar una semana después, cuando el grupito de fanáticos irrumpió en la madrugada del día 21 de diciembre del año pasado, en la casa de Nicolás, quien había entrado al pueblo a escondidas para ver a su familia e irse raudamente en forma posterior. En el momento de la irrupción Nicolás trató escabullirse de su casa, pero fue apresado por estos fanáticos, locos, que mientras lo sostenían -entre seis o siete-, otro le tiraba lo que en apariencia era agua bendita –no dando a conocerse la fuente que la bendijo- y pronunciaba toda clases de palabras sin sentido en latín, ante la mirada atónita, llena de estupor, asombro y perplejidad de Nicolás, dada la escena de la que era involuntario y forzado protagonista. Mirada que fue tomada por sus exorcizantes como fracaso del acto llevado a cabo, ante lo cual tomaron la determinación de quemarlo en la hoguera, para curar a Nicolás y a toda la congregación -y casi al pueblo afirmó el cronista- del mal que se avecinaría sobre ellos de no remediar esta situación.

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