Cuando el talento encuentra su cauce

A veces no se puede distinguir un solo acontecimiento responsable de haber despertado una pasión, y generalmente tampoco es uno solo el que lleva a canalizarla. Eduardo dice que de niño le pedía a su madre que quería bailar, él tenía tres años y quería bailar. No sabemos si fue una melodía, una película, una imagen o simplemente la descarga del cuerpo moviéndose aquello que lo invitó a la danza. Lo que sí puede afirmarse es que el talento encauzado hace que una persona se distinga del resto: Eduardo Martínez Sáez es, desde hace siete años, el primer bailarín del Ballet Nacional de España.

Cuando el imperioso pedido llegó a los oídos de su madre, hubo un recodo en aquel cauce que recién comenzaba, pues Eduardo no entendía por qué, después de manifestar su deseo, estaba asistiendo a clases de Judo. Él miraba a sus compañeros, a su profesor… y eso no se parecía a lo que él había visto o escuchado, a lo que él con plena convicción quería hacer. Ocurrió que el destino desafió al desatino y cuenta que “al ladito” del salón de clases de judo había un salón donde daban danza. Al descubrirlo, él le pedía a su profesor ir al baño y se quedaba sentadito mirando la clase a la que no lo habían mandado. Hasta que fue descubierto. Entonces, a regañadientes, su mamá aceptó llevarlo a esa otra sala, aunque le advirtió a la profesora: “Sólo por dos meses, porque más de eso, mi hijo no va a durar”.

Eduardo cuenta la anécdota entre sonrisas y ahora, a los 33 años, nombra a sus padres como a quienes primero les agradece por haber llegado donde está: el Ballet Nacional que, dirigido actualmente por Antonio Najarro, no solo representa a España en diversas ciudades del mundo, sino que porta distinguidamente la esencia de la danza clásica y folclórica española, la escuela bolera y el flamenco en su país de origen.

“Mi profesora fue muy humilde (Mari Paz, somos amigos ahora), porque cuando yo tenía siete años, habló con mi mamá y le dijo que ella no me podía enseñar nada más, que me llevara a una academia. Y allí fue cuando empecé con el profesor Andrés Montemar, que era vasco y había bailado con Pilar López. Me formé con él hasta los 14 años. Luego entré en el Conservatorio y a los 18, ya en el Ballet Nacional. Allí comencé primero a integrar el cuerpo de baile, después me presenté a la audición de solista y, por último, a la de primer bailarín donde estoy ahora. Vivo de esto”.

El salario de los artistas y consideraciones sobre la cultura

No necesita desplegar un currículum para hacer algunas afirmaciones, siempre ha vivido en Madrid, toda su carrera la hizo en Madrid, aunque ha bailado en más países de los que recuerda con las giras de la compañía. Ese conocimiento lo lleva a tratar con respeto a la cultura. Habla de la diferencia entre la diversión y el goce, habla de las condiciones de trabajo de un artista, habla de las modas y la facilidad para desvirtuar el arte. “En España no se valora a la danza y, en general, a la cultura como se debería”, estima. “No se valora más que el fútbol, que es lo que mueve masas. Aquí parece que todo es divertirse y ya está”.

E.M.S.

“Yo estuve a punto de dejar el baile por los insultos, desde los tres a los doce años no paraban de insultarme. Cada día… ¿Que lo pasé mal? Claro, muy mal, pero era tan bonito lo que yo estaba haciendo para mí, el baile era tan importante para mí, que nadie pudo conmigo, con mi sueño. Si yo hubiera sido más débil, quizás lo hubiera dejado”.

Muchas veces los artistas se ven obligados a argumentar por qué deberían cobrar por aquello a lo que se dedican. Dentro de este sector, los escultores del aire, cuya obra a los ojos de la productividad pareciera esfumarse una vez que el telón se cerró, deben dar cuenta de por qué merecen un salario justo. Al respecto Eduardo esboza: “No puedo decir que trabajamos en condiciones precarias, pero sí que todo es muy inestable, porque al fin y al cabo ser bailarín es una profesión, no es que porque uno sea artista no entra en los derechos de la Constitución. (…) En España un bailarín debe pasar los 60 años para jubilarse”.

En tanto, agrega: “A la hora de ir al ballet o de ir a ver música, al museo o al teatro… la cosa está mal y es incongruente, porque hay mucha diversidad, sobre todo de teatro y música. Hay muchos teatros y salas alternativas en España como para que eso no se valore. Nosotros no tenemos un teatro propio, por ejemplo, tenemos que buscar un teatro con capacidad para 40 bailarines en escena, claro que las salas se llenan, pero nuestras temporadas duran muy poco. Y si hablo del ámbito privado, tengo compañeros que deben trabajar en cinco compañías privadas a la vez o dedicarse a otra cosa para vivir”.

Las renuncias

La dedicación completa al ballet, hizo que los tiempos se le redujeran para otras ocupaciones. “Debí compaginar danza y estudios, eso me costó mucho, porque el tiempo que puedes disfrutar, a lo mejor, debes dedicarlo a formarte. La mayoría de la gente a los 18 años comienza una carrera universitaria, yo a esa edad comencé en el Ballet, y si bien realicé la Licenciatura en Pedagogía, me hubiera gustado cursarla, como cualquier chico de mi edad: ir a clases, estar con mis compañeros, tirarme en el césped de la universidad… yo no pude hacer eso, estudié la carrera casi a distancia”.

En su proseguir hacia la meta, Eduardo no sólo debió renunciar a ciertas opciones, sino adaptarse muchas veces a quedar fuera de los planes grupales: “Cuando era pequeño bailaba los lunes, miércoles, viernes, sábados y domingos. Entonces los amigos, pues… muchos los vas perdiendo. Los verdaderos siempre están ahí, pero… no puedes hacer planes con gente porque apuestas a tu sueño”.

“Yo estuve a punto de dejar el baile por los insultos, desde los tres a los doce años no paraban de insultarme. Cada día… ¿Que lo pasé mal? Claro, muy mal, pero era tan bonito lo que yo estaba haciendo para mí, el baile era tan importante para mí, que nadie pudo conmigo, con mi sueño. Si yo hubiera sido más débil, quizás lo hubiera dejado”, afirma recordando su experiencia.

Los sueños son diferentes cuando uno va cumpliendo años. Primero era moverse y disfrutar, y luego actuar delante de un público o formar parte de una compañía importante. Ahora implica seguir aprendiendo siendo yo mismo y mantenerme arriba intentando superarme, ser lo más importante dentro de lo que yo pueda ser”.

Muchas veces aparece un programa o una canción de moda y de repente todo el mundo sabe bailar o enseñar a hacerlo. ¿Qué responde el bailarín que lleva 30 años en este arte? “Yo a eso le llamo prostitución, porque al final es lo que el público te demanda y tú le enseñas lo que quiere (sepas o no). Hay mucho intrusismo dentro de la danza. A bailar no se aprende en tres meses o en seis. No hay respeto. Por ejemplo para mí la Ópera de París es un referente, dentro del ballet clásico… pero a nadie se le ocurre en París ir tres meses a ballet y luego poner una academia”.

E.M.S. Festival Flamenco Pamplona
Con el BNE, interpretando la coreografía ‘Zaguán’ en el Festival de Flamenco en Pamplona

En cuanto a otros gustos además de la danza, Eduardo cuenta que le fascina el mundo del perfume.“Quizá ya no podría dedicarme profesionalmente a ello, pero me encanta hacer perfumes de autor. Es un mundo artístico de coreografiar con esencias, y como también me gusta mucho la coreografía, pues lo traslado, del movimiento a la mezcla de materias primas”.

Y en referencia a la música… reconoce que prefiere no escuchar la novedad: “No hay nada peor o mejor, cada persona tiene una prioridad, un mapa de coordenadas diferente y hay gente que le encantará el reggaeton, yo lo tolero y lo veo bien, pero prefiero música con una calidad distinta, que a mí me llega más. Yo creo que la música clásica o la compuesta por músicos nacionalistas españoles como Falla o Albeniz, por poner un ejemplo, han dejado una estela para generaciones de músicos de la que se sigue nutriendo la danza, con años de conocimiento y estudio previos, donde no todo vale”, sostiene Eduardo y enfatiza lo dicho con su mirada profunda y transparente.

Por Yamila Juan

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