Cuerpos que hablan en ‘Amor de Dios’

Desde afuera se siente como una metralleta, o varias. El encargado del lugar abre la puerta y llama a la profesora, le dice: “Esta chica quiere hacerle una nota y pregunta si puede sacar unas fotos en su clase”. Ella responde: “Pues claro, que pase” y yo abandono el pasillo del Centro de Arte Flamenco Amor de Dios para entrar a un aula de baile, el pasillo es una arteria de los muchos corazones de Madrid, aunque algunos dirían lidque entré a un aula chiquita, con piso de madera, el espejo sucio y sin equipo de música.

“El remate va aquí, tico ta tico tatá un dos pam…” sigue la profesora, mirando la imagen reflejada de sus alumnos, marcando el tiempo con sus palmas. Logro acomodarme en un lugar sin querer distraerlos. Tienen la mirada en el espejo y es como si lograran encauzar la sangre coordinadamente. Giran hasta que la precisión de un golpe les corta respiración a ellos y a mí, que los miro. Siguen sus pies descargándose en las tablas al ritmo de una música que tocan con el cuerpo: los sonidos dulces con los brazos y las manos, los sonidos negros con las plantas de los pies, los sonidos profundos con los ojos y la música envolvente con el torso.

“¡No miréis hacia abajo, Carmen!”, dice la profesora sin abandonar los compases de sus palmas. Luego se presentaría como Lidón, de 28 años, con amplia trayectoria en el Centro ‘Amor de Dios’ y escenarios de varios países. Los cinco bailarines continúan planta taco tan planta hombro cabeza, cinco seis siete ocho… y vuelven a empezar. Hay respiro pero no hay descanso. Los miro, inventando una respuesta a ‘¿qué es el flamenco?’, detrás de ellos la ventana y, enfrente, los balcones abiertos sobre la escasa calle, imagino que quienes viven allí ya no escuchan flamenco, porque sus oídos acostumbrados quizás quieran pasar el tiempo con Rihanna o Daddy Yankee.

Los distintos movimientos se van encadenando, parados en zigzag comienzan la coreografía entera luego de la señal de palmas de Lidón, que entra y marca la figura, y vuelve a salir y reacciona hacia el mínimo desliz de taconeo que se sale de tiempo. “Han pasado cosillas, aquí han pasado cosillas…”, los detiene y marca frente al espejo el contratiempo que une una figura con la otra. Continúan. Mientras bailan, la profesora vuelve a decir lo de la mirada al frente, que queda con gracia el cabezazo de uno, que le gusta la precisión del giro de otro y así va corrigiendo y alentando a sus alumnos que siguen insistiendo con sus cuerpos, enfrentando el aire con el pecho y finalizando, en un solo golpe, la música que tienen en su mente.

“El flamenco, desde muy chiquitita, me llamó muchísimo la atención. Empecé a estudiar en Castellón, luego tuve la suerte de que hicieron un concurso de becas a nivel provincial y me mandaban los veranos a Sevilla a estudiar. Y cuando tenía 17 años, me mudé a Madrid, entré al conservatorio, a los dos años me recibí y empecé a bailar profesionalmente, en varias compañías, tablaos y eso”, cuenta Lidón Patiño.

Aprovechando que mi mente en todo el tiempo que duró el ensayo no logró arribar a una respuesta completa sobre qué es el flamenco, le pregunto a ella, que inspira antes de mencionar algo: “Es mi forma de vida… es una forma de expresión, es hablar sin hablar, decirlo todo a través del baile. Para mí pues… me he desarrollado mucho a nivel personal a través del flamenco”. Estamos las dos sentadas en un banquito al sol, sobre la calle Atocha, el calor de Madrid en esta época es acelerado, los autos se acumulan ante el semáforo. Sé que tiene mucho más para decir sobre este baile que es su vida, pero no insisto.

Por Yamila Juan (Desde Madrid)

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