Cuervo negro, loro blanco

CUERVO NEGRO / LORO BLANCO

Por alguna razón o sin ninguna razón y tal como suele ocurrir en estos casos, anoche vino a mí una vieja canción del pasado. Y fue como si hubiera llegado desde un caracol de olvido al audio vacío de mi memoria. Era un hit de la infancia que jamás escuché por radio alguna, sólo en el patio del colegio y cantado por mis compañeritas de cuarto grado.

“El verdugo Sancho Panza/ ha matado a su mujer/ porque no tenía dinero/ para irse/ para irse al café// El café era una casa/ y la casa una pared/ Por la pared pasa la vía/ por la vía/ por la vía/ pasa el tren// En el tren iba una vieja/ que llevaba un loro blanco/ y el lorito repetía/ viva Sancho/ viva Sancho/ y su mujer”.

Por primera vez en la vida pude racionalizar aquella letra que mezclaba el juego con el rito y el jingle con la letanía. Y me pareció un poema tétrico, pero sobre todo precioso como una joya perdida para siempre
¿Cómo había llegado esa canción a esas nenas de inocentes guardapolvos? ¿Por qué fabuloso prodigio de la tradición oral, una tarde del ochenta aquellos versos se habían posado en la lengua de esas nenas de cuarto grado como pájaros en una rama? ¿Y por qué se habían vuelto coreografía de aplausos; rueda de la batata ominosa en un patio de Ballesteros? No me lo supe explicar. Tampoco entendí por qué llegaron anoche a la cabecera de mi cama.

“y el lorito repetía/ viva Sancho/ viva Sancho/ y su mujer”.

¿No sería aquel lorito quien, como el ruiseñor de Keats o el cuervo de Poe “repetía” el estribillo a través de las edades? ¿No sería aquella canción parte del único bis que solo oyen los tísicos y los solitarios?

Volví a pensar en la letra aquella y entendí hasta qué punto hablaba de mis días de infancia y de este umbral de mi vejez
Por aquellas noches, mirábamos con mi madre películas por televisión inaugurando un nuevo tipo de soledad. Mi padre se había ido de casa no hacía mucho tiempo, pero su vacío era tal que pareció no haber estado jamás.
Y nunca olvidaré, entre aquellas cintas, “La caída de la Casa Usher” y “Ligeia”, “El pozo y el péndulo” y “El cuervo”, «El caso del señor Valdemar» y “El gato negro”, todas protagonizados por Vincent Price en “hammerianas” adaptaciones de Poe a quien por entonces ni conocía.
Pero vuelvo a ver “El gato negro” y a su personaje principal, Montresor (es decir, Peter Lorre); un borracho perdido que le pega a su mujer hasta sacarle todo el dinero. Y con esas monedas se va a la taberna y vuelve de madrugada, sin saber ni quién es. Hasta que la esposa lo empieza a engañar con Fortunato, un experto en vinos al que Montresor trae un día a casa (aquí el “Gato negro” se mezcla con “El barril de amontillado”). Y entonces, cuando descubre la traición, Montresor los duerme a los dos con un narcótico en el vino y luego los empareda en la bodega. Pero olvidó (pequeño detalle) dentro de su cripta maldita al «gato negro». Y cuando la policía llega para averiguar sobre dos desapariciones en “una visita de rigor” el gato grita, primero, en la conciencia de Montresor (esto es «El corazón delator») y luego en el silencio demencial de la casa. Aquel grito espeluznante lo delata y lo entrega a la guillotina.

Y fue por esos días, precisamente, que las nenas de mi grado cantaban “El verdugo Sancho Panza/ ha matado a su mujer”. Y yo, mirando esas amapolas de blancos guardapolvos en el recreo de quince minutos con los pájaros de aquella canción posadas en sus lenguas y en sus hombros, pensaba en Montresor con su capa negra.
Sabía, además, que Sancho Panza era un personaje “de las películas”, el gordito bueno que acompañaba al flaco de armadura que había enloquecido; del mismo modo que “Coquito” acompañaba al Capitán Piluso
¿Por qué razón, entonces, aquella canción decía que Sancho Panza era un verdugo? ¿Fue a lo que se dedicó tras la muerte de don Quijote? ¿Y quién era su mujer? ¿Dulcinea, acaso? ¿Y quién era la siniestra vieja del tren? ¿Era un fantasma, era la suegra de Sancho, era una bruja que había hecho un conjuro? ¿Por qué mis compañeritas cantaban algo tan perverso como si en algún poema infantil, el Topo Yiyo trozara con una motosierra a la esposa del Ratón Mickey?

Sin embargo, el detalle verdaderamente siniestro de la canción era, sin dudas, el loro blanco. No sólo porque repetía “viva Sancho y su mujer”, o sea “viva el asesino y la asesinada” sino porque aquel pajarraco “lo sabía todo”. Pero en la blancura de su plumaje y en la mecánica repetición de sus palabras estaba su inocencia y su coartada.
La superposición del “loro blanco” con el “cuervo negro”, era la misma que la voz mecánica que sólo sabe decir “nunca más” con esa otra que sólo sabe repetir “viva Sancho y su mujer”; lo que en cierto modo es una manera de decir “nevermore”. Y en esa contraposición radicaba el verdadero hallazgo del poema. Del mismo modo que después de Poe, Arthur Machen ambientaría sus pesadillas en soleadas campiñas inglesas.

Pero lo cierto es que anoche y sin venir a cuento, aquella canción volvió a mi memoria. Sin mi madre ni el audio demencial del televisor en blanco y negro del ochenta pero con los libros de Poe en mi mesa de luz y aquellas voces superpuestas a la ensordecedora motosierra de mi silencio.
Y entonces, durante unos segundos y gracias al cíclico conjuro de las melodías, por un instante me fue dado volver al patio del colegio cuarenta años atrás. Y mientras las nenas cantaban ese estribillo, tomé dos pájaros de los hombros de una de ellas (uno era negro y el otro era blanco) y los solté al cielo. Lo hice para que me trajeran esa canción un día, cuando yo estuviera en el umbral de la vejez y sin recuerdos.
“Ese día y nunca más” me dijeron los dos a coro, en tono de advertencia y de clausura. «Ese día y nunca más» les repetí yo, a modo de respuesta, con aceptación agradecida. Y se perdieron en aquel cielo del pasado mientras yo abría los ojos al techo, tan lejos de aquel patio.

Por Iván Wielikosielek

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