Daniel Barenboim interrumpió su concierto y le dio un curso acelerado de modales al público

Durante su presentación del martes en el CCK, el director se fastidió con los aplausos a destiempo y con las fotos.

La repetición del primer programa Brahms (segunda y primera sinfonía, en ese orden) comenzó tardísimo, a las 20.20. La impuntualidad llegó a la sala sinfónica, no por culpa de la orquesta ni de Barenboim, que estaban listos para arrancar a horario, sino por los enredos de tránsito engrosados por alguna de marcha de las tantas que perturban cotidianamente a todo aquel que pretenda trasladarse de un punto a otro de la ciudad.

Ya comenzado el concierto, los aplausos entre movimientos fueron más que los habituales. Cerrada la segunda sinfonía, Barenboim se dirigió al público y con amabilidad pidió que no aplaudiera antes de que la orquesta extinguiera completamente su sonido: “Sé que estamos todos muy emocionados”, dijo. “Pero, por favor, escuchen hasta el final”, reclamó cuando ya era tarde para recuperar los acordes de cierre del último movimiento, pisados por un ostentoso “bravo”. Ya puesto a pedir, con calidez docente explicó por qué es necesario no aplaudir entre movimientos: “De un movimiento a otro hay un cambio de tonalidad; si ustedes aplauden, esa relación se pierde”, dijo antes de retirarse a descansar antes de dirigir la segunda parte.

Lo que vino a su regreso fue un poco más desagradable que lo anterior. Apenas había comenzado a sonar la primera sinfonía cuando paró en seco a la orquesta, se dirigió a las filas de butacas ubicadas a espaldas de la orquesta y exclamó: “¡No saquen fotos, por favor! Primero, porque la luz lastima mis ojos, que son sensibles. Segundo, porque no está permitido”, marcó, antes de terminar el sermón con una humorada: “Por último, porque con esas máquinas en la mano no podrán aplaudir a la orquesta”.

Fuente: Clarín

Nota: Diario de cultura

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