Dar una vuelta, salir a tomar aire

“El paseo” da una impresión de extraordinaria altura poética. En él, Robert Walser nos guía, con su ironía desesperada, por el laberinto de la mente, habitado por figuras desesperadas o ridículas. Nos invita a pasear con su tono irresistible: “¿Considera usted del todo imposible que en un suave y paciente paseo encuentre gigantes, tenga el honor de ver a profesores, trate al pasar con libreros y empleados de banca, hable con futuras jóvenes cantantes y antiguas actrices, coma con ingeniosas damas, pasee por los bosques, envíe peligrosas cartas y me bata violentamente con insidiosos e irónicos sastres?”, le pregunta al banquero. Y agrega después: “Todo esto puede suceder, y creo que de hecho ha sucedido”.
Hacia el final de su vida repetía una y otra vez una frase a la que todo el mundo terminó por no darle importancia: “Siempre hubo conspiraciones para ahuyentar a bichos como yo”. Walser era altanero y distinguido. Nunca, ni aunque reinase el sol más espléndido, salía sin su paraguas. Su obra completa fue editada en Alemania en trece tomos. Su obra en español sigue siendo más escueta: “Los hermanos Tanner”, “El ayudante”, dos libros de relatos breves (Historias y Vida de poeta), algunos poemas y esa perla inolvidable llamada “El paseo”.
Todo en Walser está circunscrito dentro de los límites de lo ideal. Paseo, caminata, viaje, excursión, travesía, escapada. En suma, dar una vuelta, salir a tomar aire. Walser fue un especialista en fracasos. El más hermético de todos. En ninguno de sus escritos habló nunca de sus motivaciones. Siempre estaba encantado con todo y con todos. Lo más íntimo, el miedo por ejemplo, lo negó durante toda su vida. En sus obras siempre hay algo que intenta callar. En cuanto algún personaje está a punto de sentir miedo, escapa: para salvarse, se dedica a ayudar a los demás. Walser se asfixiaba con el poder, sentía aversión por todo lo que de una u otra manera tenía para él “rango” o “importancia”. Le gustaba observar el brillo de lo majestuoso, pero de lejos, y por nada del mundo quería iluminar a los demás.
Nacido en Biel, cantón de Berna, en 1878, a los catorce años escribió su primera obra, “El estanque”, donde dejaba deslizar una frase que bien hubiera podido ser la última: “Me gusta estar solo”. Intentó ser actor, pero alguien lo disuadió a tiempo, y entonces decidió convertirse en escritor. Trabajó de oficinista, y puede decirse que ese oficio fue el detonante de su literatura. En 1929, a los 51 años, fue internado en una clínica psiquiátrica, donde permaneció hasta su muerte, en 1956, sucedida durante un largo y solitario paseo invernal.
Walser fue admirado por Franz Kafka, Hesse, Musil, Canetti y Walter Benjamin. En 1914 Musil le reprochaba a Kafka haberse aproximado demasiado al tono de Walser. En 1909 Hermann Hesse le daba la bienvenida, lo olvidaba un año después y volvía a recordarlo en el ’17, para volver a olvidarlo y recriminarse a sí mismo el olvido en 1936, cundo ya no pudo olvidarlo nunca más: “Hubo un tiempo en que la literatura alemana recibió de Suiza una nota nueva y muy sugestiva. Era una alegría muy especial leer las obras de Robert Walser. No se presentó nunca como un robusto artista nacional. A pesar de lo suizo que era, se destacó precisamente por lo contrario. Fue maestro de la prosa alemana más elegante y delicada que se escribía entonces, y hasta hoy no ha sido superado, ni ha envejecido en lo más mínimo”.
Fue Benjamin quien se ocupó en realidad de construir la leyenda cuando escribió: “Este escritor, aparentemente tan juguetón, fue el autor predilecto del implacable Kafka”. Kafka, por su parte, lo compara con Dickens, lo que no es poco, teniendo en cuenta que el modelo de Kafka para escribir “América” fue David Copperfield. El eco del “Jakob von Gunten” de Walser resuena con demasiada fuerza en “El Castillo”. Alguien lo comparó con un Dylan Thomas tardío. El argentino J.R. Wilcock, que odiaba a Thomas, lo consideraba uno de sus maestros: “Mi autor preferido es Robert Walser y todos los autores preferidos por Walser y todo los autores que a su vez éstos preferían”. Elías Canetti, a su modo, hizo justicia: “De todos sus contemporáneos (exceptuando a Kafka, que no existiría sin él), Robert Walser se ha convertido a mis ojos en el más importante. No es posible leer a Walser sin avergonzarse de todo aquello que fue importante para uno en la vida. Su experiencia con la lucha por la existencia lo llevó a la única esfera en la que esta lucha ya no existe, el manicomio, el monasterio de la época moderna”. Citando a Coleridge, podría decirse quizá que, si Kafka vio más lejos, fue porque dispuso de los hombros de un gigante adonde subirse.

El paseo (fragmento)

“¿No es encantador cómo corrijo los errores y allano las faltas? Al hacer concesiones, demuestro ser pacífico, y al redondear los bordes y ablandar las durezas soy un fino y sutil moderador, muestro sentido del buen tono y soy diplomático. De todos modos he quedado mal; pero espero que se me reconozca la buena voluntad. Si alguien dice aún que soy un hombre desconsiderado, autoritario y prepotente, que se lanza ciegamente contra las cosas, afirmo, es decir, me atrevo a esperar que tengo razón en afirmar, que la persona que tal dice yerra gravemente. Quizá nunca un autor haya pensado en el lector, de manera constante, tan tierna y gentilmente como yo. Bien, ahora puedo enamorarme obsequioso de palacios o nobles mansiones, de la siguiente forma: arrojando un triunfo en toda regla; porque con una tan semi decadente casa solariega y patricia, con una noble sede y casa señorial, envejecida por el tiempo, rodeada de un parque, orgullosa, como esta que aparece ahora, se puede hacer ostentación, suscitar atención expectante, despertar envidia, provocar admiración y cosechar honores. Algún pobre pero fino literato vivía con gran gozo y máximo placer en semejante palacio o castillo, con patio y entrada para principescos coches con escudos de armas. Algún pintor pobre pero hedonista sueña con una estancia temporal en una preciosa y antigua propiedad rural. Alguna muchachita de ciudad, instruida pero quizá pobre de pedir, piensa con melancólico arrobo e ideal celo en estanques, grutas, altos aposentos y ella misma servida por solícitos criados y nobles caballeros. En la casa señorial que yo veía, es decir, más bien sobre ella que en ella, se podía ver y leer la fecha 1709, lo que por supuesto aumentó vivamente mi interés.”

Los hermanos Tanner (fragmento)

“A la mañana siguiente el pintor sacó sus paisajes de la carpeta y lo primero que salió fue un otoño entero, luego un invierno; todos los temples anímicos de la naturaleza revivieron uno a uno. “¡Qué poco es esto comparado con todo lo que he visto! Así como es veloz el ojo de un pintor, así de lenta y perezosa es su mano. ¡Cuánto me queda todavía por hacer! A veces creo volverme loco.” Los tres, Klara, Simon y el pintor, rodeaban los dibujos. Hablaban poco, y todo eran exclamaciones de entusiasmo. De pronto, Simon se abalanzó hacia su sombrero, que estaba en el suelo de la habitación, se lo caló con furia en la cabeza, corrió a la puerta y salió gritando:
– Me he retrasado.
– ¡Una hora de retraso! ¡Algo que no debiera ocurrirle a un hombre joven!-le dijeron en el banco.
– ¿Y qué pasa si ocurre?-preguntó, insolente, el reprendido.
– ¿Cómo? ¿Y encima protesta? Pues… por mi parte, haga usted lo que quiera.
La conducta de Simon le fue comunicada al director, quien decidió despedir al muchacho. Lo mandó llamar y se lo dijo en voz muy baja, incluso bonachona. Simon replicó:
– Me alegro mucho de que esto se acabe. ¿Cree usted acaso que me ha dado un duro golpe, que ha quebrantado mi ánimo, que me ha aniquilado o algo por el estilo? Todo lo contrario: me siento encumbrado, lisonjeado, siento que, después de mucho tiempo, me han vuelto a inyectar una gotita de esperanza. No he nacido para ser una máquina de escribir ni una calculadora. Me gusta mucho escribir y hacer cuentas, y suelo portarme como es debido con mi prójimo; también me agrada ser hacendoso y obedezco con pasión cuando no me hieren el corazón. Podría incluso someterme a ciertas leyes si fuera preciso, pero aquí la verdad es que no me importa nada hace ya tiempo.”

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Autor

Raúl Bertone