De colores

«De colores» es un breve relato del escritor piquense Héctor Massara, autor de un par de libros que renovaron la novelística pampeana y partícipe del Taller Literario que imparte Eduardo Senac.

DE COLORES

                Puedo sentir el olor de los colores, pero no identificarlos. Mirta, la insensible, no cree que esto sea un don o una habilidad desprendida de mi condición de ciego. Más bien, dice, es un alarde de imaginación. Un alarde de imaginación, le digo, es suponer que va a conservar su empleo. Siempre nos entregamos a ese juego de amenazas totalmente estéril.

                La mañana es hoy espléndidamente azul, del olor del tiempo fresco. Perdón, está expresado mal, la mañana tiene un olor fresco de un espléndido color azul. Mirta me miró con esos ojos orientales y rasgados (no los vi, los sentí en mi piel) y con una mezcla de pedantería y maldad me dijo que en realidad el color era celeste y que ella podía verlo. Estoy casi seguro que acompañó su afirmación con un: “maldito ciego”. Los sonidos también tienen color, la frase viajó casi inaudible en un gris borrascoso.

                Creo que cometí el error de hablarle de la sabiduría de muchos orientales. Craso error. Mirta interpretó que la capacidad era propia de esa etnia y se ha hecho afecta a las frases copiadas de malas frases hechas y supuestos y esclarecedores mensajes. Una versión propia y ordinaria del porqué de la vida. Sobre todo de la mía. No tengo que decirles que, a veces, una charla —en realidad monólogo— en una tarde lluviosa de domingo me ha puesto al borde del suicidio. A veces le gano de mano y me escucha con una atención que no puedo comprobar durante horas. Del remate de mi último cuento, del fallido poema de un amigo aún más desmejorado en su voz cascada, del olor barcino del gato macho de los Counsil, de qué sucedería si ambos nos denunciáramos por discriminación cruzada. Eso me asusta. Mirta sólo se ríe.

                Ella suele tomarme del brazo, a veces rudamente y siempre del mismo lugar. Así me guía por la casa y por los escasos paseos por el barrio. Hay un área depilada en mi brazo como testigo. Yo la toco suavemente, delicias de la ceguera, y hoy su brazo tibio me dice que no está enojada. Con algo de timidez le digo que el amor es cobrizo y tiene su olor, ella no negó lo segundo, pero me dijo que el amor sólo es cobrizo en verano, que en abril es del color del té con leche. ¡Ah!, conozco ese olor, es dulzón y tibio. Sabe que si me permite seguir con mis lisonjas acabará enojándose. Algún ancestro, sabio y acaso chino le dicta: El amor es un ciego que cree saberlo todo.

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