Desnudas, blancas y olvidadas

DESNUDAS, BLANCAS Y OLVIDADAS: TRES ESTATUAS DE VILLA MARÍA

1-Nacida de la espuma del mar

Aunque apenas cubra su pubis con un ramo de rosas, nadie repara en la Afrodita de yeso que se levanta en Entre Ríos y las vías. Por más que cientos de personas crucen cada minuto por esa calle, la diosa adolescente de pechos desnudos sigue ignorada por todos; mirando con extraviados ojos de mármol hacia la esquina del Banco de Galicia.
Hace años que está ahí. Como una esfinge que no envejece mientras la ciudad cambia a su alrededor. Pero ella, fiel a su naturaleza divina, permanece púber e inmutable. Y apenas si el ollín de los autos o el aliento de los trenes la ennegrece con las lluvias del verano. Pero nada de eso modifica sus facciones ni su estampa. Y cada tanto, los empleados municipales la pintan. Y es como si blanquearan el tibio sexo de la eternidad.
Siempre me llamó la atención esa estatua, idéntica a la del cantero central de mi pueblo. Y sobre todo que su joven desnudez pase desapercibida a los ojos de los villamarienses. Porque en treinta o cuarenta años, juro que jamás vi a nadie sacarse una foto en su cantero. Ni chicas que cumplen los quince, ni chicos de la escuela ni turistas ni nostálgicos.
Rodeada de un pequeño jardín de flores naranjadas, esa Afrodita de molde es una fabulosa metáfora de la primera mujer en el Paraíso. Y acaso los ojos de los paseantes no estén preparados para ver nada que no suceda en este “único mundo”. Nada que no sea pesable, medible y corruptible en este planeta pasajero y perimible.
Sin embargo ella, desde su desnudez blanca y su mudez griega, invita cada día a jugar a la inocencia. A internarse en su jardín primitivo y ser parte de la felicidad primera y última

2- Gordos Cupidos en el Cementerio

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Quizás la estatua más misteriosa e ignorada de la ciudad sean los dos Cupidos que “juegan” desnudos frente al cementerio. Al igual que la Afrodita ferroviaria, comparten el motivo mitológico y la púdica desnudez pública. Ambos sostienen una fuente que es una ostra o una ostra que es una fuente. Tal vez para reafirmar que de ese marítimo cuenco de nácar nació Afrodita de la espuma. Como el mismo amor, que también pareciera venir del mar.
Sin embargo, nada más alejado de las regiones marítimas que la desolada placita “Inmaculada Concepción” frente al cementerio La Piedad. Me pregunto cuántos niños juegan en esa plaza, cuánta gente la recorre o merienda un domingo en su gramilla quemada. Porque yo jamás he visto a nadie. Sin embargo, esos ángeles que modeló algún escultor pagano, son fundamentales en un sector casi muerto de la ciudad, en una barriada donde las vías se unen sectores pobres con la vieja ciudad de los muertos.
Si bien el cementerio guarda bajo cielo abierto la mejor colección de estatuas de la ciudad, eso sólo ocurre “intramuros”. Porque afuera todo sigue despojado; no con la desnudez de la belleza sino del vacío.
Muchas veces he visto a los chicos que habitan las precarias viviendas del fondo volver del colegio con sus mochilas destrozadas. Y así, como pequeñas apariciones de almidones esculpidos bajo el sol (comparten el mismo color y textura que el mármol de los querubines) los he visto pasar ante la única estatua que los rodea. Acaso el único homenaje a la belleza y a la imaginación conque se cruzan cada día en sus prosaicas vidas de nenes pobres.
He pensado en el valor incalculable que ha de tener esa única talla para ellos; ese único monumento al mundo ideal en la pesadísima materialidad de sus días. Y si digo esto, es porque yo mismo he tenido esa experiencia de la redención de la belleza en mi pueblo. Y aunque de chico nunca fui consciente del poder que ejercía aquella Afrodita en mi sensibilidad, con el paso del tiempo lo reconocí. Si pude imaginarme otras vidas y otros mundos, fue porque frente a mi casa había un emisario venido desde allí.

3- La soledad del “chico tirolés”

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En el Parque Pereyra y Domínguez frente a una estación de servicio abandonada (esquina de Rawson y Larrabure) se levanta una pequeña estatua; acaso la más desolada de todas. Es la de un muchacho con un sombrero en la mano; un chico de fines del siglo dieciocho o mediados del siglo diecinueve que hace pensar en un adolescente tirolés en tiempos de Mozart o acaso alguno de los campesinos que pintó Millet en el crepúsculo de Francia.
Ese chico está solo en medio de la ruta y los camiones. Y adivino que con todo gusto acambiaría su condición de inmortal sin de ese modo pudiera tener amigos. Aunque más no sea gente que pasa y le palmee las pantorrillas o se siente a merendar al borde de su base. Pero no es así. Y calcinado por los soles del verano y con su sombrero de fieltro contra la oreja (radio portátil para cubrirse del sol o enjugarse el sudor de los veranos) pareciera esperar por un compañero infinitamente ansiado.
Pienso que el muchacho tirolés cambiaría su condición inmortal por la vida de cualquiera de esos chicos pobres que viven frente al cementerio. Esos que vuelven de la escuela con la mochila rota y pasan al lado de la belleza tan llenos de vida y de sol, que producen envidia a los propios ángeles.

Iván Wielikosielek
Texto y fotos: Iván Wielikosielek
(Esta nota apareció en Puntal Villa María, el domingo 9 de septiembre de 2018)

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