Sobre el desprecio por los libros en Argentina

Sobre el desprecio por los libros en Argentina
(A MI AMIGA, ALICIA GIORDANINO)

Por Iván Wielikosielek

Ayer mi amiga Alicia subió un texto conmovedor a la red. Le habían robado el estéreo del auto y arrancado la sillita de bebé para su nieto. Alicia siempre deja el auto sin llave, por más que viva en la ciudad. Quizás lo haga para seguir la costumbre familiar y remedar a su padre que dejaba la llave puesta en el pueblo. O quizás (y esta es mi hipótesis más firme) porque necesita confiar en el prójimo. Y tomar “medidas de seguridad” es, por cierto, tratar a los demás de posibles ladrones. ¿Por qué no tratarlos de potenciales amigos, entonces? ¿Para qué cerrar con llave un auto de 22 años de antigüedad y que, se nota a la legua, es de un “laburante” que lleva bebés y libros? (Alicia es profe de literatura) Un auto de alguien que vive en un barrio modesto de Villa María y que no tiene (que no puede tener) más tecnología y riqueza que un viejo “pasa CD” más parecido a un pasacassettes que a un reproductor new age de pendrives… Todas estas cosas se habrá preguntado mi amiga, con o sin palabras.
Sin embargo y más allá de la angustia en que el hurto la sumió (la espera de cuatro horas en la comisaría, la charla con otras personas que venían por lo mismo, la constatación de que hubiera sido mejor pensar en los otros como ladrones potenciales y no como un “prójimo”, o sea “un igual”), hubo un hecho que la trastornó del todo: los ladrones no le habían tocado los libros. Esos que ella usa para dar clases o leer a sus nietos.
“No se llevaron ninguno, no los tocaron y los dejaron prolijamente acomodados como estaban. Sobresalía el Mono Liso, más liso que nunca”, escribe Alicia. Y agrega: “Me quedé pensando en su autora, en este mundo tan al revés donde un ladrón es vigilante y otro es juez y le exigí al personal policial que buscara al ladrón y le entregara los libros que olvidó sustraer. O al menos hojear. No pretendo recuperar el estéreo (les dijo). Sólo quiero que me roben los libros. Ellos se rieron y me dijeron “Señora, usted está loca”.
No, señores oficiales. Alicia no está loca. Por el contrario, goza de una lucidez implacable para los tiempos que corren. Pero ayer, hablando con ella, le decía yo que los ladrones no tenían la culpa de su ignorancia y, menos aún, de su sabiduría. Porque ellos saben mejor que nadie que el libro no tiene ningún valor como mercancía en Argentina. Que es, poco más o menos que una molestia para un hogar. Y a esto lo pude comprobar por otras vías.

NUEVAS CASAS SIN VIEJAS BIBLIOTECAS

Hace poco, el dueño de una compraventa que siempre charla conmigo, me dijo que es increíble la cantidad de gente que lo llama por teléfono para “regalarle” los libros familiares “con tal que los vaya a buscar”. Y de hecho, se los arrumban en el pasillo del mismo modo en que dejarían una heladera inservible en la vereda; esperando que pasen los “cirujas”. Es que “para las parejitas que se van a vivir a la casa del padre o el suegro –continúa el hombre de la compraventa- los libros son una molestia”. Y tiene toda la razón. Porque amontonados en una pila de su local, compré verdaderas joyas por 20 pesos; como las “Iluminaciones” de Rimbaud, tres cuentos de Stevenson y el tomo dos de un diccionario de Historia Antigua (una reliquia absoluta pese a estar incompleto). También he visto allí cuatro tomos ilustrados de “Las mil y una noches”, un Martín Fierro encuadernado en cuero y novelas de Henning Mankel o Paul Auster en modernas ediciones del siglo 21. Lo que viene a confirmar que lo que hoy “molesta” en las casas no es el polvillo de volúmenes viejos sino el formato “códice” en sí. Como si fuera un producto cuya fecha de vencimiento pasó hace rato y hay que dar de baja y olvidar. Justamente los libros, que son el “disco de la memoria externa” de la raza; el formato que nos permitió tener una tradición más sólida que la oral y que hizo que los hombres pudiéramos acercarnos a las letras y al conocimiento con sólo saber leer; cosa que ningún otro objeto del planeta le había permitido antes ni se lo permitirá después. Porque luego de cinco mil años de libros (al principio fueron tablillas de barro cocido en oriente, luego copias a mano en las abadías de occidente y al final, pliegos impresos y encuadernados en el planeta) el “códice” sigue siendo irreemplazable.

CONTÉINERS DE CULTURA

Nunca pensé yo, que pronto cumpliré 48 años pero viví un salto tecnológico de cuatro mil ochocientos, que en tan poco tiempo algo tan valioso se devaluaría así. Que tan vertiginosamente un objeto de conocimiento, placer y memoria (es decir, de “cultura” con lo mejor que puedan encerrar estas comillas) pasaría a ser un trasto que hay que sacarse de encima. Nunca pensé comprar por 20 pesos (o sea, 50 centavos de dólar en mi país) las “Iluminaciones de Rimbaud” o encontrar estanterías enteras tiradas en la calle. Como el día en que vi unos obreros vaciando una casa y tirando la biblioteca familiar en un contéiner como si fueran cajas de papeles húmedas y empestadas. Lo curioso es que esos libros estaban intactos (aún conservo de aquel remanente una edición en tapas naranjas de “Las amistades peligrosas” de Pierre de Laclos, una novela francesa del siglo XVIII). Ese día, al verme adentro del contáiner, uno de los obreros me dijo “che flaco, ¿querés llevarte los que hay adentro?” Le dije que sí y los cargué como pude hasta la terminal. A la mayoría se los regalé a una seño de mi pueblo que, doy fe, donó muchos a la biblioteca de la escuela.
Hace dos años aquí en Villa María, la “ciudad del aprendizaje” como dicen los políticos, vi cómo tiraban idéntico cargamento para vaciar la “vieja municipalidad”, esa que remodelaron y llenaron de luces como un parque de diversiones. Allí encontré, plastificados, varios tomos de Piaget, libros de sociología y de psicología varios; y algunos de literatura. Sólo me guardé dos de estos últimos; una fabulosa “Divina Comedia” de la editorial Tor (Argentina, años ´40) y un libro infantil de María Elena Walsh, “Tutú Marambá”, acaso en su primera edición. Los otros fueron a parar al canje de Córdoba o a las bibliotecas de la ciudad y mi pueblo.

LA NOCHE DEL ORÁCULO

Siempre me pregunté qué siente una persona al tirar un libro y abortarlo para siempre de la existencia. Ni hablar de lo que debe sentir tirando una biblioteca entera. No quiero pecar o presumir de un romanticismo que no tengo. Yo mismo he tirado y tiraré libros rotos o demasiado viejos (léase “ya inservibles”). Pero cada uno pasa un estricto “control de calidad”. No me refiero a esos libros perimibles sino a los otros, los intactos a los que se les decreta la pena de muerte. Porque a pesar de ser “inanimados”, los libros son “seres vivos”; el evanescente perfume de un alma que puede activarse con sólo frotar la maravillosa lámpara de la curiosidad y la lectura. Y entonces ahí está el autor, hablándonos a nosotros y sólo a nosotros a través de las edades, los países y los siglos. Como un amigo que nos viene a visitar al caer la tarde. (A propósito de esto, nunca olvidaré aquella fabulosa frase que Bram Stoker le hace decir al Conde Drácula en la biblioteca del castillo, cuando le confiesa a Jonathan Harker: “ah,los libros, estos amigos que me han acompañado durante tantas noches” (la cita no es textual sino producto de emoción y mi pésima memoria).
Si valoro tanto los libros, no es por razones místicas o que no puedo explicar, sino por otras mucho más contundentes y explicables. Acaso más “tangibles”. Pero también por “miedos” que acaso se cumplan pronto como una oscura profecía. Siempre pensé en la maravillosa trampa que significa la digitalización del conocimiento y las relaciones humanas. Redes como estas, en donde uno asienta su pensamiento y sentimientos; en donde uno se relaja diciendo “para qué quiero el libro físico, si total en la red está todo”.
Y bien, yo sé que además de haberse convertido en el mejor secuestrador de ideas posibles, en el mejor ladrón de pensamientos del mundo y en el mejor mecanismo de control planetario, Internet un día va a desaparecer. Y nos quedaremos sin estas “palabras en la nube” que algunos guardarán para sí, y que acaso hará imprimir en tablillas o en formato códice. Un día ya no habrá luz ni electricidad ni nada que se le parezca. Y tampoco habrán quedado los libros, tirados en los contéiners de la desidia y que tanto molestan a las nuevas generaciones.
Ese día los libros cotizarán en bolsa como en la Edad Media, cuando había sólo algunos pocos miles de ejemplares repartidos por las abadías de Occidente. Y la lectura desaparecerá, como de hecho está desapareciendo (hablo de la “lecto-comprensión absoluta” y no de la mera decodificación de palabras). Y ese día todos nos habremos lamentado de aquello que tiramos a la basura. De esos fabulosos laureles que no supimos conservar ni conseguir.

EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Hay una novela maravillosa de Paul Auster que se llama, quizás anticipatoriamente, “La noche del oráculo”. Allí, un hombre tiene un refugio antinuclear secreto bajo tierra. Y en ese lugar, que ha preparado con víveres por si estalla la guerra y tiene que sobrevivir varios meses, también guarda guías de teléfonos de todos los países y de todas las épocas. Es su manera maniática y misericordiosa de acopiar la data de personas que ya no están o que muy pronto ya no van a estar. Una suerte de registro civil privado de tantas existencias anónimas y olvidadas o las que muy pronto borrará algún cataclismo.
Y bien. Yo siento que quisiera construir un refugio así; una data para conservar todos los libros que la gente tira día a día en la ciudad y el país. Esos que no se llevan los ladrones ni los cirujas y que tanto molestan a las jóvenes amas de casa. Sería mi modo de organizar un “back-up” real para ese día que no tardará en llegar. Para que quede, aunque sea, bajo la función de “guardar como” ese pequeño testamento humano (“Guardar como” si fuera el último cargamento enviado por los dioses. “Guardar como” si fuera el último regalo tras el diluvio universal de la ignorancia).
Si tuviera el presupuesto necesario (una casa con estanterías por todos lados) es lo que haría a partir de esta misma tarde, empezando por donar todos mis libros. No sería estrictamente una biblioteca sino una casa donde viven los libros que no han muerto. Un arca de Noé para el naufragio cultural que sobrevendrá. Y compraría, aunque más no sea por 20 pesos (el precio fijado por la compraventa de Villa María) todo libro viejo que me trajeran. Entonces, quizás sí, los ladrones de Alicia se hubieran llevado el “Mono Liso” de su ato. Y habrían venido a este país de las maravillas a dejarme su mercancía por medio dólar cada tomo. Por medio dólar cada amarillo fajo de magia, memoria y conocimiento.

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