Como un destello de libertad al caer la tarde

Como un destello de libertad al caer la tarde
(Sobre la cárcel de la ciudad)

Un hombre lava bandejas en el patio del presidio. Lo veo cada mañana que paso rumbo al trabajo. El hombre, con sus botas de goma y su manguera, se parece a la sombra de un bombero apagando el aluminio carbonizado mientras los perros comen las sobras. Y he pensado en aquella comida también, en la que servirán al mediodía en esas mismas bandejas y que al otro día pedirán los animales callejeros, participando en la cadena alimentaria del encierro.

Por la tarde en ese mismo patio, veo un grupo de muchachos jugando a la pelota. Sus risas se parecen tanto a las de cualquier canchita del mundo, que es difícil pensar que no están siendo libres. Pero aquel partido se juega puertas adentro y es apenas un paréntesis; la visión fugaz de un cielo estrecho en lo alto de los paredones. Pero ningún reflector se enciende durante el match y yo me pregunto con qué luz juegan los presos, cómo se las arreglan para ver esa gastada pelota como una boya hundida en un río de polvo.

De noche, cuando vuelvo a casa por el descampado, escucho gritos desde las alturas. Son desesperadas voces que se llaman entre sí o gritan un saludo a los que pasan. Y pienso en pájaros cruelmente separados que tratan de hablar entre sí desde distintas jaulas. Pájaros sin luz, pienso también. Y luego me digo que «todo pájaro tiene luz». Al menos desde que Jesús dijo “¿no venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ninguno de ellos está olvidado ante Dios”.

Pero de a poco las voces se apagan como las luces de las celdas y pronto todos duermen.

El sábado el sueño es más profundo y esperanzador porque el domingo es día de resurrección y de visitas. Las mujeres hacen una larga fila frente al patio de tierra donde se juega al fútbol. Llevan paquetes y presentes como si fueran a tomar un tren. Todas se privarán por unas horas de su propia libertad para entrar en una celda o charlar en esquizofrénicos. Madres e hijas. Esposas y hermanas. Amigas y amantes. Hermanas de la caridad que cumplen al pie de la letra con con el evangelio. Todas se dan cita el domingo puntuales como la misa. Y eso me hace pensar otra vez en Jesús:

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me diste de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”.

El domingo es el único día en que el cielo deja de ser un cielorraso entre cuatro paredes blindadas y el sol deja de ser un reflector de cuartel como el ojo de un cíclope implacable. No. El domingo en la cárcel el cielo es “el cielo” y el sol es “el sol”.

Y cuando el lunes de madrugada el hombre de las botas inaugure el día lavando bandejas, no podrá apagar aquella luz que dejaron las mujeres entre los paredones del patio. Esa que permitirá a los muchachos ver la pelota como un destello de libertad al caer la tarde.

Por Iván Wielikosielek

Iván Wielikosielek

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