Diente de plata

Se abrió la puerta del aula y la señorita, como la llamábamos en ese tiempo, dijo: “adelante, este será su nuevo compañero. Se llama…”, y con voz tranquila pero contundente, le preguntó “¿cómo es su nombre? El sujeto extraño dijo “Carlos Senec”.

Tenía un aspecto raro, parecía Alfalfa de los chicos de la pandilla, serie que se veía en la tele en blanco y negro, que, en sus primeras versiones era tipo cine mudo, y yo no me perdía capitulo; hasta tenía el flequillo parado y esa cara de como si no estuviera ahí. Era lo más parecido a Alfalfa que había visto en toda mi vida.

Lo vi tan fácil que me dije “cómo me voy a divertir”. Desde ese día empecé a buscar la forma para hacérsela pasar mal.

En ese tiempo teníamos en el curso un pibe que era el más alto de todos y se llamaba Balvi, el nombre ni me acuerdo y no me quiero acordar; tenía un diente de plata, un blazer que le quedaba corto y una corbata azul finita y con nudo mal hecho, se la pasaba maltratando a todos y en especial a mí. En ese tiempo estaba pasando uno de mis momentos más difíciles, había fallecido mi viejo y ese año me estaba costando mucho. Recuerdo en una misa, porque nuestra escuela era de curas, se mencionó el nombre de mi papá y sentí mucho dolor, y al mismo tiempo vergüenza, cosas de chico; y sentimientos confusos en la mente de un pibe de 10 años. En ese momento de tanta confusión lo veo a Balvi riéndose y refregándose los ojos como ridiculizándome, tal vez no fue eso, ahora que lo pienso, eran cosas de chicos que suelen pasar.

Pero el tal Balvi me tenía de punto. En el recreo me perseguía y una vez que era alcanzado, cachetadas y rodillazos, estaba cansado.

Un día, afuera de la escuela en la vereda donde esperábamos el colectivo había armado unos puestos de caños, que era de la kermes que se organizó el fin de semana, así que en esa espera del cole, me empujaban este pibe y un ruso, pelado de pelos rubios y bien rapado, que parecía de la Gestapo, tanto me empujaron que me metieron en el cuadrilátero del puesto, y ya harto de tanto hostigamiento, que me calenté y dije “basta para mí!, ¿me quieren? ¡acá estoy!” Saltó el ruso al cuadrilátero con la supervisión del comandante del alto mando, con su diente brillando al sol aunque era un día nublado, pero no sé cómo hacía para resaltar. Un momento de los que más bronca me da cada vez que me acuerdo. Me empezó a empujar y les grite “¡bastaaa! Me tienen harto”, le  tiré una trompada con todas mis fuerzas y zas… Con tan mala suerte que le pegué en el pecho mal y se me torció la muñeca, ¡qué dolor!, quedé anulado fuera de juego y combate, kaputt. Encima me daba por todos lados y escuchaba la risa de Balvi. Me dejó de lastima, me rebolearon el blazer y se fueron a tomar el colectivo, me fui hecho pelota. Esperé el otro colectivo y llegué a casa, no sabía cómo disimular el dolor y la humillación de la garroteada que había recibido.

Mi vieja estaba en ese tiempo pasándola mal, eran tiempos difíciles, de comer no faltaba, pero tampoco sobraba, estaba sola, joven y viuda con dos hijos,  mi hermana era chica; así que nos sentamos a comer y cuando sirve el puchero con zapallito hervido me dice “sabes que escuché al doctor Socolinski en la tele y comentó que los chicos de tu edad tienen que tener cuidado, porque están en periodo de desarrollo y se están estirando. Así que cuidado con los golpes, porque te podes quebrar”, y cuando terminó de decir eso, no pude aguantar y empecé a llorar sin parar, mi vieja se desesperaba sin entender, y yo no podía decir el porqué, eran lágrimas y sollozos y no podía hablar.

Cuando logré calmarme, le pude contar que tenía quebrada la mano. Su mirada fue como para matarme, pero vio que era cierto y que no podía ocultar más el dolor, luego de tanto dramatismo y caricias de mi vieja, me llevó a una viejita que curaba con masajes, vendas y agua con cubitos y vinagre, ése era el proceso curativo y debe haber sido bueno porque el dolor se fue.

Después en la escuela era tiempo de callarme y miradas de burlas, ya pasado el tiempo de dolor de la muñeca y del ego herido, es cuando aparece Carlos Senec, y me propuse vengarme.

Quería saber qué se siente estar en el papel del Diente de plata.

Así que sonaba la campana de salida, la señorita nos saludaba, rezábamos el padre nuestro y nos íbamos. Un día terminamos de rezar, y la señorita dice “esperen un momento, Cuellar ¿cómo se hace la señal de la cruz?”, ¡la pucha! Éramos como quinientos y tenía que mirarme a mí, y no salía nadie hasta que yo le demostrase. Se imaginan un alumno de quinto grado y todavía no aprendió a hacer la señal de la cruz. Así que con todo el miedo del mundo, intenté recordar, hasta que lo hice y parece que estuvo bien o tuvo misericordia, porque luego de un silencio, la seño dijo “pueden salir”. Hasta mañana alumnos, pasé el mal trago.

Después de esos malos momentos, me comprometí de lleno con el plan, y comencé el seguimiento hasta el mínimo detalle. Adónde iba, con quién se iba, descubrí que se iba caminando y no tomaba el colectivo como todos, él se iba para el lado de la estación, parecía que tomaba el tren, entonces comencé a seguirlo, cuando se dio cuenta, comenzó a correr, por supuesto era excitante saber que me temía, así que yo más lo corría, hasta la estación de Don Torcuato. El subía al tren, a veces por venir corriendo lo tomábamos a la carrera como a mí me quedaba casi lo mismo que el colectivo, porque vivía  como a seis cuadras de donde me dejaba el cole y lo mismo me quedaba la estación de km 30. Iba tras él por los pasillos, parecíamos Fernando rey y el actor norteamericano en la película de la droga. Él saltaba en la misma estación en la que me bajaba yo pero para el otro lado, luego de ahí lo perdía, y retomaba a mi casa.

Al otro día, al sonar la campana de salida, lo volvía a seguir y continuaba la misma persecución. Esto se volvió hábito, en donde yo me sentía Thor el dios del rayo.

Cada vez llegaba a casa, mi vieja me preguntaba cómo me había ido, y yo contestaba “espectacular Ma!”

Así me divertí un buen tiempo, había veces que el pobre se pasaba de largo  y se iba más allá, hasta llegar a otra estación y tomaba otro colectivo el 741uno verde y blanco viejo, oxidado que viajaba por el otro lado de km 30, ahí me mataba, porque me quedaba lejos, obviamente nos perjudicábamos los dos, teniendo en cuenta además, que ninguno sacaba boleto y debíamos escapar del guarda del tren, pero nadie me quitaba las ganas de asustar a Alfalfa.

Todo iba bien, hasta que una mañana golpean la puerta del aula, la señorita sale unos segundos y conversa con una mujer, luego de un rato la maestra entra y dice “hagan silencio, esta señora es la mamá de Carlos Senec y viene porque un alumno de este aula está molestando a su hijo desde que vino a esta escuela”. La señora era una mujer grande, gorda y pelirroja, como si fuera de países bajos, parecía una vikinga.

La señorita continúa, “Senec de pie por favor, indique al alumno que lo está molestando”, y la vikinga firme, como si estuviera al borde de derribar las barricadas y murallas de algún castillo de esos temerosos anglosajones cuando eran invadidos por Kirk Douglas, que clavaban hachas para trepar por el portón del castillo.

Carlos Senec se paró, miro tímidamente a todos, me miro a mí, se detuvo unos segundos infinitos y siguió su mirada, y fijo la vista en Balvi y dice “él señorita”, Balvi saltó en un solo quejido y llanto, como nunca lo había escuchado, no entendía nada yo, estaba paralizado, no sabía si disfrutar o callarme. La maestra luego de esto, lo agarró del brazo y lo saca del aula, al capo de la Gestapo se lo llevaban como si fuera al juicio de Núremberg, desde el pasillo se escuchaban los llantos. La señora se fue satisfecha, con su rol de madre cubierto, y yo, no respiraba. Terminó la hora, salimos al recreo, y Balvi seguía en la dirección, habían llamado a sus padres.

Lo vi a Carlos Senec de lejos, me acerque tímidamente y le dije “¿qué paso?”, a lo que él me contesta “yo sé que a vos te molestaba y a mí también, así que le conté a mi mamá”. ”Me salvaste” le dije, y cuando termino el día nos fuimos juntos a la estación a tomar el tren.

Pasó mucho tiempo, nunca más supe de Carlos, pero ese tiempo que estuvimos en la escuela, nos hicimos muy amigos. Mi casa era muy humilde, y él fue el primer compañero en visitarme y compartir la tele, la leche viendo Kun Fu y Batman con Adam Wuets.

No nos vimos más, al comienzo vi un tonto, y él vio algo en mí que yo no vi en él.

La película, es Contacto en Francia, trabaja Fernando Rey, Gene Hackman y Roy Scheider.

Por Dardo Cuellar (escritor piquense del Taller de Literatura de Corpico)

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