Durmientes

Durmientes

Me enseñó la palabra mi abuelo siendo yo muy chico, una tarde en que empezaba a llover sobre el techo de su negocio. Yo estoy sentado arriba del mostrador dibujando jugadores de fútbol y al oír las inequívocas primeras gotas contra el zinc, miro para arriba; hacia la techumbre altísima de ladrillos y maderas del viejo almacén.

“Qué… ¿llueve, o es el crujido de los durmientes?”, dice el viejo, utilizando la fórmula con la que siempre hace preguntas sobre las cosas más simples y cotidianas. Esa partícula “qué” antecediendo a la cuestión, quería decir exactamente: “¿es así como están pasando las cosas o yo estoy loco?”. Lo cierto es que si el viejo no miró para arriba al oír aquel crujido, era debido a un par de accidentes que habían dejado secuelas indelebles en su columna; un choque de automóvil sufrido hacía veinte años y una caída del techo hacía más de treinta. Esto, unido a la permanente renguera de una pierna rota y unas cataratas que lo estaban dejando ciego, daban como resultado un cóctel desgraciado que lo hacía caminar por la vereda como un pingüino jorobado y perdido; un pingüino condenado a no encontrar jamás el polo sur entre el simple cuadriculado de las calles del pueblo.

Pero su imposibilidad de mirar para arriba no se debía solamente a esos accidentes. También incidía (y quizás más que las caídas y los choques) su situación económica. La vieja tienda estaba casi en ruinas, con sus biblioratos llenos de polvo y facturas de gente honorable que no le había pagado jamás. Por si esto fuera poco, su esposa (es decir, mi abuela) había muerto cuando yo era muy chico. Y tras las actas de defunción de su amada incondicional y de su trabajo de toda la vida, el viejo debió haber sentido también la inminencia de su propia muerte.

“Qué… ¿llueve o es el crujido de los durmientes?”, vuelve a decir con una voz venida como del más allá. Y yo, con seis o siete años, que le pregunto de inmediato: “Pero abuelo, ¿qué son los durmientes?”. “Y… son los durmientes…”, me responde con su instinto tautológico por encima de la ambición semántica por definir; tras lo cual despega sus labios en la oscuridad como una boca de hilo sisal que acaba de descoserse para tragar saliva. Yo nunca podía saber de dónde sacaba saliva mi abuelo. Estaba seguro que tanto su boca como su garganta eran de cartón y que estaban pegadas adentro de su cara con plasticola; como la estampa del jugador que acababa de recortar de una caja y pegaba en el libro de trenes inservibles que me había regalado mi padre.

-Los durmientes son esas maderas que sostienen el techo, son los tirantes… -dice el padre de mi madre.

Y entonces, por primera vez en mi vida pude ponerle nombre a esos palos como cruces de iglesia que cruzaban las alturas, a esas vigas como los arcos del paladar de una fabulosa ballena que había cerrado la boca atrapando en su interior a mi abuelo con toda su vejez, con toda su muerte y con todos sus pantalones de grafa inservibles para siempre.

Pocos meses o quizás pocos días después, mi padre resignificó esa palabra. Era una helada tarde de invierno y yo había ido a visitarlo al ferrocarril donde él trabajaba como auxiliar. Dos parroquianos y el jefe se calentaban al fuego de una estufa a leña sobre la cual ardía una pava negra de hollín. El viento azotaba las ramas de los paraísos contra los techos, la iglesia tocaba alguna campanada fúnebre a la distancia y la llegada de la noche caía inminente, como una visita lúgubre anunciada por todos esos ruidos.

-Va a haber que prender las señales -dijo el jefe sin dirigirse a nadie en especial pero dando una orden. Entonces mi padre me dijo:

-¿Vamos, Negro?

Y poniéndome la campera, me subió el cierre hasta la garganta y me sacó afuera. Una vez en la vía sacó la zorra a bomba, me sentó frente a su silla y los dos empezamos a remar con la palanca que él tiraba hacia mí y yo hacia él, rumbo a las señales. Subimos la primera escalera con una caja de fósforos y un bidón de kerosén. Me acuerdo que yo miraba el pueblo desde lo alto a través del vidrio rojo de “alerta” y me parecía estar viendo un caserío incendiándose en sangre. Pero cuando lo miraba a través del cristal azul de la “vía libre”, el pueblo se volvía tan melancólico y muerto que yo no podía resistir la tentación de compararlo con esas películas de terror donde, al final, la lente deformante de la pantalla hacía derretir las fachadas en una tristeza de metileno.

Repetimos la operación en tres señales más. Y cuando nos volvíamos, poco antes de llegar a la estación, mi padre se detuvo ante unos galponcitos.

-Ya nos vamos, Negro, esperáme que tengo que hachar unos durmientes para la estufa -dijo. Y salió con dos tablas como esas que usaba para tirar bochazos en el patio, dos tablas oliendo a lluvia que puso en cruz contra el piso. Luego, sacando el hacha del costado de la zorra, empezó a partirlas con golpes secos. Y yo, por alguna razón, me imaginé que esas tablas, que esos “nuevos durmientes” eran los miembros descuartizados de mi madre. Quizás porque ella no paraba de decirme todo el tiempo: “¿Querés saber por qué lo eché a ese hijo de puta de esta casa? ¡Lo eché porque me quiere matar! Tu padre la quiere matar a tu madre… Tu padre es un hijo de puta y un criminal que un día va a matar a tu madre ¿Me entendés? ¿Me entendés, basura? ¡Entendeme y no seas un hijo de puta como él!”.

Varios años después, en alguna hora del secundario perfumada con la fragancia a vainilla y limón de una profesora de castellano, nos hacen leer un cuento que se llama “El cielo entre los durmientes”. No me acuerdo el nombre del autor, pero sí que era una maravillosa historia en que dos chicos se iban a la hora de la siesta hasta un puente ferroviario, se colgaban de los durmientes y se quedaban así hasta que les pasaba el tren por encima, tras lo cual veían el cielo azul y las nubes entre las tablas como una redención. Esta imagen me retrotrajo automáticamente a aquella tarde de invierno con mi padre hachando al costado de las vías, pero nunca me imaginé que prefiguraría otra, una espantosa tarde en el pueblo que tendría lugar pocos días después de aquella lectura.

Estamos en esa misma aula de castellano cuando una tormenta terrible empieza a expandirse por el cielo. De pronto, las fachadas de la ciudad dejan de recortarse contra el claro plomo de las nubes que se ha empapado súbitamente de tinta china. A pesar de ser la hora de la siesta, todo se ha puesto oscuro como a las ocho de la noche. Hay que prender las luces de las aulas pero la electricidad se corta a los pocos minutos. Entonces escuchamos el lejano zumbido de un tornado hasta que el ulular del aire se vuelve ensordecedor. Vuelan carteles, chapas, ramas, bicicletas. Luego cae una pedrada en seco que rompe contra los techos de los autos como una granizada de municiones. Y tras la piedra, la calma. Y tras la calma, la lluvia. Una lluvia que duró una semana entera.

Por alguna razón, mi madre había venido del pueblo a la escuela ese mismo día, seguramente para hablar con alguna psicopedagoga sobre mi mal comportamiento. Entonces alguien, ya no recuerdo quién, nos lleva en auto hasta la terminal de ómnibus y desde allí, un destartalado bus nos conduce al pueblo. El panorama de la ruta es desolador. Árboles arrancados, carteles doblados, animales muertos, charcos que parecen interminables lagunas de plomo derretido entre el sembrado. Pero apenas bajamos de la ruta, una mujer aborda a mi madre con desesperación.

-Ha ocurrido una desgracia en tu casa -le dice. Y la mujer nos hace subir a su auto y nos lleva. Habla de chapas que volaron de la tienda de mi abuelo, de ladrillos que caían del techo y del pobre viejo que no pudo salir del paladar del leviatán maldito. Mi instinto, como el del viejo, es más rápido que mi capacidad de significación. Y por eso siento un terror instantáneo y tautológico antes que mi imaginación estrene la película de una tragedia.

Cuando llegamos a la casa, veo el camión de los bomberos con su sirena parpadeando roja como el vidrio de las señales. Tres hombres de casco amarillo lo sacan de los brazos a mi abuelo, que tiene los anteojos rotos y un corte en la cabeza. Mi madre grita como si, en efecto, alguien la hubiera hachado a la mitad del cuerpo y, partida de dolor, corre a abrazarse con él.

-¡Papá! ¡Papá! -le dice.

-No tiene nada, señora, es nada más que un pequeño corte -le dice un bombero. Pero mi abuelo está más boleado que nunca; como un pingüino perdido al que le cuentan que acaba de desaparecer el Polo Sur para siempre.

Como no quiero interrumpir la escena familiar, entro al negocio en ruinas y veo hombres trabajando sobre los mostradores donde yo me sentaba a dibujar cuando era chico. Los tablones huelen a podrido y a lluvia, como los durmientes del ferrocarril de mi niñez. Esta asociación me hace levantar la cabeza de forma inmediata y entonces lo veo, por primera vez ahí está; es “el cielo entre los durmientes” pero esta vez en el interior de la tienda, entre esos palos que se parecen al esqueleto de una ballena sin piel, al maderámen de un podrido barco fantasma cruzando por encima de nuestras vidas como un pájaro de mal agüero. El cielo es de color zinc ennegrecido y las nubes de agua sucia corren a toda velocidad entre el hueco de los ladrillos. Entonces me viene una súbita tristeza. Al igual que mi madre, también yo hubiera querido abrazarme con mi padre para sentirme contenido. Pero hacía mucho que él se había ido del pueblo. Lo habían trasladado a otra estación donde al caer la tarde, el jefe también lo mandaba a hachar durmientes para encender la estufa.

Iván Wielikosielek

(Este cuento pertenece al “Libro del Pozanjón y la ciudad de los muertos”. Ediciones Llanto de Mudo, Córdoba, 2013)

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