Edgar Allan Poe, biografía de una demolición

Que la vida de Poe estuvo marcada por la desgracia, es algo que consta en todas sus biografías. Sin embargo, la muerte que encontró a los 40 años en un muelle de Baltimore sigue siendo un misterio y acaso fuera algo más que eso; un cobarde asesinato (¿político? ¿metafísico?) disfrazado de alcohólico suicidio. Seguramente el detective Auguste Dupin lo descubrió; pero la pluma de su creador ya se había callado para siempre. Y aún cae en tirabuzón sobre su tumba, tras el póstumo vuelo de un cuervo.

Aquel indigente que hallaron medio muerto el 7 de octubre de 1849 en un muelle de Baltimore, había perdido para siempre la lucidez y el habla. Tal vez no fuera solo el delirum tremens lo que balbuceaba tras su lengua sino acaso otras visiones que no admiten palabras de este mundo. Tuvieron que pasar varias horas para que reconocieran en ese agonizante a Edgar Allan Poe, y varias décadas para que el mundo reconociera en él a uno de sus mayores poetas.

Pero dejemos por un momento esta última escena en la vida de Poe, que durará varias horas sin sufrir modificaciones (justamente él, que se había especializado en describir catalepsias y agonías) y remontémonos a sus comienzos, para lo cual hay que volver 40 años atrás hasta Nueva Inglaterra.

Huérfano en la existencia

Hijo de la actriz ambulante Elisabeth Arnold y del joven notario David Poe, Edgar vino al mundo el 19 de enero de 1809 en Boston. Sin embargo, en menos de dos años aquella trinidad se disolvería para siempre. Tras la muerte prematura de su padre, el fantasma de la tisis golpeó la puerta de aquellos polvorientos camarines de provincia. Y la joven Elisabeth, con su pañuelo estrellado de sangre, aún tuvo tiempo de rogar a un rico comerciante de Richmond que se hiciera cargo del niño. Y John Allan aceptó, quizás más por admiración a la belleza de la actriz que por sentido cristiano. De esta manera, Poe vivirá una infancia al abrigo de dos estructuras que le había negado la Providencia: una familia y una buena clase social. Durante ese período, el niño será educado en los mejores colegios de Estados Unidos y Escocia, demostrando una inteligencia casi milagrosa con marcada inclinación por la poesía, la matemática y los idiomas. En lo afectivo, en cambio, sigue sintiéndose un desposeído; un planeta desorbitado que busca el sol inexistente de una mujer, “mitad madre y mitad ángel”, que lo transporte a su ansiado reino perdido. Y esa “mujer ideal”, muy pronto, hará su aparición estelar en toda su literatura. Porque aunque tenga diversos nombres (Ligeia o Berenice; Eleonora o Annabel Lee) siempre será la misma.

Curiosamente, la primera revelación de esa “mujer ideal” en el mundo real tampoco tardará en llegar. Y es que a los 14 años Poe se enamora perdidamente de Helena Stannard, la mamá de un compañerito de escuela. Se cuenta que una tarde, la mujer lo recibió en su casa con un cariño inusual y tomandolo de la mano lo invitó a tomar el té con su hijo. Bastó ese sólo gesto para que Poe le consagrara el alma entera. Cuando al poco tiempo Helena murió presa de la demencia, el joven poeta no tuvo consuelo. Y visitaría su tumba de noche arrojándose sobre la piedra y llorándola hasta el amanecer. La “Pérdida”, por segunda vez, le acariciaba el rostro.

Blues de un poeta desertor

Por esas épocas, la señora Allan empieza a experimentar verdadera devoción por el “pequeño Edgar”. Será ella, sin dudas, lo más parecido a una figura materna que tenga en su vida. Pero ese idilio afectivo tampoco durará demasiado. Poe se va a estudiar “idiomas y literatura” a la Universidad de Charlotesville y al poco tiempo abandona por deudas en el juego que, por cierto, Allan se niega a pagar. Tan avergonzado como orgulloso y con sólo 18 años en su haber, Poe hace una colecta entre sus compañeros, viaja a Nueva York y publica su primer libro: “Tamerlan y otros poemas”. Demás está decir que el “hit” es “A Helena”:

“Te vi una vez, sólo una vez, hace años/…/ era una medianoche de julio…/ Estabas vestida de blanco, medio reclinada entre las lilas y las rosas mientras la luna se derramaba/…/. Pero el resplandor de la luna desapareció/ y se extinguió el perfume de las flores/ Todo, todo murió, salvo tú/ salvo la divina luz de tus ojos/ Ellos fueron lo único que vi/ Ellos fueron el mundo entero para mí”.

Tras su “ópera prima”, desesperado y hambriento el joven autor visita a su padrastro para reconciliarse. Este lo recibe pero tiene una muy mala noticia: ha muerto su madrastra. Es un golpe durísimo a la sensibilidad de Poe pero Allan parece haber superado el trauma con creces pues le presenta a su nueva prometida; una joven que no quiere competencia alguna en el testamento. De todos modos, Allan le dará una última oportunidad a su hijastro. Y mediante sus influencias lo hace ingresar en West Point. Pero Poe será expulsado de la escuela militar por indisciplina. A partir de entonces, ya no volverá a recurrir a míster Allan y empezará su rosario de mudanzas y trabajos hasta el fin de sus días. Saltará de periódico en periódico y de ciudad en ciudad, colaborando con sus fabulosos relatos de terror y misterio pero también de humor “grotesco y arabesco”, inventando de paso el género policial y haciendo del cuento un género tan importante como la novela o la crónica. Pero ganará siempre un sueldo mediocre; incluso cuando sea nombrado jefe de redacción del Southern Literary de Richmond y eleve la tirada del semanario de 700 a 5.000 ejemplares.

Una visita a la señora Clemm

Por lo dicho anteriormente, no es de extrañar que al fallecer en 1834 mister Allan, no se acuerde de Edgar en el testamento. Con el ánimo apaleado y el instinto de refugiarse en la casa del último pariente que le queda, Poe se traslada a lo de su tía en Baltimore, quien lo recibirá con los brazos abiertos. La señora Clemm, además, tiene una hija; Virginia. Y al poco tiempo, Edgar la ve bajo la luna y entre las flores de su sensibilidad. Y se enamora de ella tan perdidamente como una década atrás de Helena Stannard. El punto es que Virginia no tiene 35 años como Helena sino apenas 13, y según algunos biógrafos padecía de un cierto retraso. Esto no le impide a Poe pedir la mano de su prima, que la señora Clemm le cede encantada a su “maravilloso Eddie”. A partir de entonces, Poe sentirá una devoción cercana a la locura por su “esposa-niña” con quien (y según muchos dicen) jamás consumará el matrimonio. Y así, tras esta “boda blanca”, comenzará la mejor etapa de su vida.

El año de Poe

Y llegamos así al extraño, al paradójico, al enrarecido 1839; “el año de Poe”. Con Virginia se han instalado en Filadelfia donde Edgar ha sido nombrado secretario de redacción del Gentleman´s Magazine. Su sueldo, aunque bajo, alcanza para sostener una casa sencilla pero adornada con el gusto exquisito de un poeta y una ninfa. Por otro lado, las colaboraciones de Edgar siguen haciendo saltar la banca del periodismo local: el magazine pasa de imprimir 5.000 a 52.000 ejemplares en menos de dos años. Parece que esta vez ni la “Desgracia” ni la “Pérdida” volverán a besar la cabeza de Edgar, esa amplia frente en la que según Baudelaire “podía leerse la leyenda “hombre sin suerte”. ¿Por qué entonces, en ese breve remanso de seguridades económicas y afectivas, Poe escribe “La caída de la Casa Usher”? ¿Por qué desde ese pequeño oasis crea un tétrico y maravilloso cuento cuasi hipnótico de anticipación de su vida toda? La respuesta, creo, debe hallarse en una frase que le escribiera a un amigo: “yo podía oír perfectamente el sonido de las tinieblas deslizándose por el horizonte”. Y esas tinieblas que asomaban en su vida como negras nubes, le marcaban el pulso de su porvenir y de su literatura; como las botas de un asesino sobre un piso de madera o el latido de un corazón delator.

La caída de la Casa Usher

Sin parangón alguno en la historia de la literatura, este cuento no sólo es una obra maestra de todos los tiempos sino, también, el retrato alegórico de todo el futuro de Poe. La trama es muy sencilla. Un hombre (el narrador) viaja a una comarca lejana a visitar a un viejo amigo de la adolescencia; Roderick Usher (su alter ego). Fotofóbico e hipersensible, misántropo y poéticamente decadente, Roderick es el último sobreviviente de una familia aristocrática venida a menos. Y por eso vive aislado y en una mansión en ruinas. Pareciera que todo lo que espera es que una enorme grieta (esa que se ensancha día tras día en los muros centenarios) tire abajo la casa hundiéndolo a Usher en los escombros junto a “su noble parentela”. Por otro lado, su hermana Medelaine (su único pariente vivo en el universo) padece una rarísima enfermedad cataléptica y más de una vez los médicos la dieron por muerta. Pero resultó que a las pocas horas estaba viva. A esta casa a punto de hundirse y con un espectro femenino paseándose de blanco por los pasillos, pronto entrará Poe en su propia vida. La casa en ruinas se volverá metáfora de su alma y la “muertaviva” devendrá en su “amada mortal”, en su adorada esposa.

Y si no ¿cómo se explica que tres años después, mientras Virginia cantaba al piano, una desconocida tos le manchara su pañuelo de sangre como a Elizabeth Arnold? Inútil será llamar a los mejores médicos. A Virginia se le ha roto un baso y le diagnostican una muerte inminente. Y Poe, el desdichado Poe, conocerá una angustia sin par.

Sin embargo y contra todos los pronósticos, Virginia logrará pasar la primera noche, luego la segunda y la tercera. Hasta que, aparentemente recuperada, vuelva a recaer. Este péndulo entre la vida y la muerte oscilará durante ocho años insoportables en el cuerpo de la chica y en el alma del poeta, hasta la muerte definitiva en 1847. Mientras dure, Poe acudirá a un compañero inseparable: el alcohol. Sufrirá períodos depresivos y será presa de una melancolía sin precedentes. No podrá escribir y lo echarán de todos los diarios. Pedirá dinero prestado y no devolverá. Y en las heladas noches de Nueva Inglaterra, tapará a su mujer con su vieja capa de West Point y una gata negra; única fuente de calor para el tuberculoso pecho. Así, tanto Poe como sus fantasmas extenderán por un tiempo más la agonía. Dará charlas para ganarse la vida, leerá sus poemas para auditorios de diez personas y tendrá proyectos difíciles de realizar (fundar un diario propio) o cuasi demenciales (publicar 50 mil ejemplares de su cosmogonía “Eureka”).

Con la muerte de Virginia, Poe se irá hundiendo más y más en aquella “Casa Usher” que supo levantar en su literatura y que, de la página pasó a la “realidad”; porque para Poe, la ficción siempre tuvo más entidad que la vida.

Sin embargo, antes de entrar en aquella casa bajo los escombros, le dedicará a su amada un epitafio de espedida, el fabuloso poema “Annabel Lee”, el último que escribió y que el grupo de rock español “Radio Futura” cantara en los años ´80. Hete aquí la letra de aquella versión magnífica:

“Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar/ habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee/ Y crecía aquella flor sin pensar en nada más/ que en amar y ser amada, ser amada por mí/ /Éramos sólo dos niños más tan grande nuestro amor/ que los ángeles del cielo nos cogieron envidia/ pues no eran tan felices, ni siquiera la mitad/ como todo el mundo sabe, en aquel reino junto al mar/ /Por eso un viento partió de una oscura nube aquella noche/ para helar el corazón de la hermosa Annabel Lee/ Luego vino a llevársela su noble parentela/ para enterrarla en un sepulcro, en aquel reino junto al mar/ /No luce la luna sin traérmela en sueños/ ni brilla una estrella sin que vea sus ojos/ Y así paso la noche acostado con ella/ Mi querida hermosa, mi vida, mi esposa”.

A partir del cruel 1847 sólo le quedan a Poe dos años de vida. Pero él aún no lo sabe.

La Caída de la Casa Poe

Tras el entierro de su amada, su soledad será tan angustiosa que buscará recuperar (aunque sin lograrlo jamás) el amor en otras mujeres. En una joven hermosa y casada (la señora Schew), en una escritora de poemas (la señora Whitman) y finalmente en la primera novia de su juventud (la señora Royster). Pero a ninguna le terminará de cerrar ese hombre sin futuro o ese poeta en desgracia (o viceversa), víctima de un apasionamiento tan exagerado como enfermo por el alma y las botellas. Y aunque algunas damas se conduelan y lo ayuden, su suerte ya está echada. La grieta de la “Casa Poe” ya empezó a resquebrajar las paredes de su corazón y de su cordura. Hará un último viaje a Richmond donde disertará sobre “El principio de la creación poética” y allí se encontrará con viejos amigos y amados paisajes de su niñez. Y tendrá algunos días tan luminosos que llegará a manifestar su deseo de volver a vivir allí. Pero tiene que viajar a Baltimore con urgencia y de allí tomar un barco a Filadelfia para arreglar antes unos asuntos. Pues bien, Poe nunca tomará ese barco.

Poeta saludando desde las estrellas

Poe llegará a la estación de Baltimore el 3 de octubre de 1849 y ya no se sabe nada de él hasta cuatro días después; es decir hasta la mañana del día 7, cuando un vagabundo es hallado semimuerto de ebriedad en un banco del muelle. Es Edgar Allan Poe, vestido con ropas miserables que no son suyas y sin un centavo en el bolsillo ¿Adónde habían quedado su traje de viaje, su capa de West Point y su maleta con poemas? Hay muchas teorías. La más firme indicaría que los “punteros políticos” de aquellos lares (había elecciones por esos días en Baltimore) lo habían emborrachado para hacerlo votar varias veces). Lo cierto es que aquellos “cuatro días fantasmas” de la vida de Poe, son uno de los misterios más fascinantes de toda la historia de la literatura. Se creía perseguido por enemigos muy poderosos y es muy posible que esa paranoia (o esa iluminación) le haya atacado de manera violenta en sus últimas horas de vida. Poe recupera el conocimiento en su cama de moribundo durante algunos pocos minutos. Será poco después de llamar a los gritos a uno de sus personajes, el capitán Reynolds de “Las aventuras de Arthur Gordon Pynn” que lo guiaba a la Antártida. Acaso percibía la cercanía de un continente helado e ignoto, apenas iluminado por nuevas estrellas. Un continente de un fascinante y aterrador color blanco donde cada uno era “todos” y donde todos era “cada uno”. Y acaso por eso sus últimas palabras fueron “que Dios se apiade de mi pobre alma”. Como Jesús en sus últimos momentos le pidió a su padre apiadarse de todos aquellos que, durante toda su vida lo habían ido asesinando hasta la crucifixión final, sólo porque “no sabían lo que hacían”.

Poe morirá pocas horas después como los condenados a resucitar al tercer día. Solo y sin posesiones. Con el corazón limpio y sereno. Con la palabra “Dios” en los labios apenas pasada la medianoche.

Iván Wielikosielek

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