El balido de los inocentes (para Aldana, donde quiera que esté)

Se llamaba Aldana pero nunca me dijo su nombre; yo se lo leí bordado en el guardapolvo la primera vez que la vi en el colectivo. En realidad no era un guardapolvo sino un pintor, el uniforme (lo supe un tiempo después) de la escuela especial a la que asistía en la ciudad; lo que la hacía aparecer como una niña de jardín a pesar de que ya debía tener nueve o diez años. “Aldana” volví a leer en la gramática muda de un hilo rojo sobre la tela azul.
Fue a los pocos días y al tomar el bus en ese mismo horario cuando la volví a ver. Esta vez descubrí el audífono blanco en su oreja y la oí por primera vez. “¿Cómo andás, Aldana?” le había dicho una maestra. Y ella respondió con una “e” larga y sin ecualizar; una especie de balar abierto que quería decir “bien”, con un timbre tembloroso y emocionado. Yo tenía trece años pero nunca había escuchado hablar a una persona sorda. Y esa persona sorda era una niña; una hermosa niña de ojos azules que viajaba en un polvoriento Córdoba-Coata de su casa a la ciudad, como yo.

Con los días la empecé a ver más seguido; y noté que, a pesar de su natural introspección y su poca interacción con lo externo (el mundo no la llamaba con su sonido ambiente) ella empezó a registrarme. Y entonces, copiando la sociabilidad de aquella maestra, empecé a decirle “Hola, Aldana”; como lo hacían los otros chicos. Y para mi sorpresa, ella me respondió. Fue una tarde y con un balido abierto en forma de “o”, tan profundo y emocionado, que yo lo grabé en mi cabeza como el audio más preciado en esos días. Y me lo reproducía una y otra vez de camino al colegio como una canción que uno no puede sacar del “walkman”.

Una tarde (todavía lo recuerdo) en que me volvía al pueblo, me encontré en el colectivo con aquella maestra que siempre la saludaba. Y venciendo mi timidez de niño que recién se asoma a la adolescencia, le pregunté por Aldana. Y fue esa maestra quien por primera vez pronunció palabras que yo desconocía por completo: “escuela especial”, “adaptación curricular”, “dificultades cognitivas”. Y al finalizar aquella charla, me dijo algo que se me clavó como un cuchillo: “es muy probable que Aldana no hable nunca. Ella nació sorda pero sus papás hicieron un gran esfuerzo para escolarizarla. Pensá que el español no es su lengua, porque ella nació hablando lengua de señas. Y tuvo que aprender un idioma que no era el suyo y que nunca pudo escuchar, excepto ahora que tiene esos audífonos. Pensá que hasta le cuesta decir su nombre y… Vos te bajabas acá, ¿no?”
El cartel de “Ballesteros” me dijo, una vez más que ahí estaba mi país y mi casa, pero ¿de qué país era Aldana? La seño me había dicho que vivía en Bell Ville, pero si su lengua materna no era el español, entonces era extranjera. Había venido de un lugar muy lejano por más que viviera a media hora de mi pueblo. Era, en el fondo, como mi abuelo de Rusia; alguien que había cruzado una distancia incalculable desde su patria hasta el presente para verse conmigo.
Y una vez más, a mi cabeza me llegó su voz, el audio con el que me había dicho “hola” al cruzármela en el colectivo la última vez; fue una “o” abierta seguida de una “a” todavía más abierta y potente. Y pensé que el “hola” estaba más completo esta vez, que poco a poco esa niña hablaba mejor el lenguaje del mundo. Y, sin embargo, no podía dejar de imaginarme cómo pronunciaría su nombre: ¿con tres letras “a” seguida y la última más nasalizada? ¿Cómo? Intenté decirlo, pronunciar su nombre en su lenguaje y no como lo escribía la caligrafía de su guardapolvo. Pero mi voz sonó como una oveja apaleada; absolutamente inútil para las lenguas extranjeras, como lo era yo por ese entonces.

Pasó el tiempo y yo empecé a viajar a la mañana. Un buen día terminé el secundario y a Aldana no la volví a ver.
Pocos años después, en Córdoba, me encontré con un compañero de viaje de aquellos días y le pregunté por ella. Me dijo que tampoco la había vuelto a ver.
“¿Se habrá casado, tendrá hijos, será maestra?” conjeturé en forma de tres preguntas consecutivas que no esperaban respuesta. Pero él me contesto con otras tres preguntas en una sola “¿Vos sabés lo difícil que debe ser para una chica sorda casarse, tener hijos, conseguir trabajo?” Y acaso Aldana hubiera desaparecido para siempre de mi vida si no fuera porque antenoche mi mujer me despertó con fuertes sacudidas. “Estabas gritando y no se te entendía nada” me dijo.
Recordé, entonces, mi pesadilla: un ser alienígena que había “poseído” el cuerpo de un hombre de traje (¿un compañero de trabajo, un bancario?) me asfixiaba con dos manos de acero. Y yo le gritaba “¡Dejáme respirar! ¡Dejáme respirar!”, con una claridad asombrosa pese a mi situación. Así que le volví a preguntar a mi mujer si era cierto que no se me entendía nada. “Nada de nada… Decías una “jota” y una “a” larga como un aullido… Parecías un cordero que lo están degollando”.
Y automáticamente pensé en Aldana otra vez; en que quizás toda su vida fue como aquel sueño: la claridad de su lenguaje interior versus la palabra que su boca emitía al mundo; su sordo pedido de auxilio traducido por su torpe lengua en una especie de balido.
Y en ese preciso momento y como si hubiese recibido una súbita iluminación, pude traducir a Aldana por primera vez en la vida. Es decir que pude entender lo que me había dicho la última vez que me la crucé en el colectivo. Aquella “o” y aquella “a” abierta con que me había saludado querían decir, exactamente, “Hola, Iván”. Lo entendí más de treinta años después; cuando su cara de niña se volvió a reír con sus ojos azules en mi recuerdo. Ese fue su fabuloso modo de darme la bienvenida a su país; la carta de ciudadanía de una niña para que este hombre pudiera habitar una nueva tierra; esa donde el cariño es más elocuente que la gramática y que los nombres grabados en el delantal de los días.

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