El hombre del bahiut

EL HOMBRE DEL BAHIUT

Y entonces, en plena madrugada, Pablo Lubanski vio su sombra proyectándose en la puerta. El hecho en sí no tenía nada de extraordinario, porque todas las noches encendía el velador para ir al baño y la veía pasar a su lado, como un borroso caminante apresurado. Sólo que ahora, su nuevo gato le había pedido alimento a una hora inusual. Y al despertar y servirle los granos, se había quedado en medio de la pieza parado como una estatua viendo comer al animal. Y al contraluz del velador se vio estático en la hoja de color cedro; su silueta humana dibujada por una tinta oscura sobre otra tinta más clara.
No era la primera vez que miraba ese teatro chino de sí, pero nunca hasta el momento había tomado consciencia de aquel reborde humano, de aquel unipersonal inmóvil. La sombra de un ser anónimo en medio de una habitación alquilada que compartía con él la pieza.

Y entonces se preguntó si realmente era su sombra o la de otro; si realmente sería capaz de distinguirla de todas las que, en medio de la noche, se estarían moviendo en las diferentes puertas del mundo. Y también se preguntó qué haría, por ejemplo, si un tribunal implacable le diera diez siluetas para descubrir la suya so pena de ser asesinado o, peor aún, abducido por la personalidad de esa otra proyección.

¿Desarrollaría un instinto especial para reconocerse, o seguiría viendo aquel negativo como ajeno? Como si su forma rara y oscura no tuviera la especificidad suficiente para ser clara y distinta y, por eso mismo, pudiera pertenecerle a cualquiera.
Y sin embargo, esa proyección tenía una identidad propia, un presente inequívoco y un pasado exacto. Esa figura y no otra era la que había crecido desde que era un niño hasta la actualidad. Y en todo ese tiempo, ese “otro” había imitado sus formas como un espejo y había caminando a su lado como un fantasma o como la luna. ¿Cómo podría no reconocerla?
Pero al pensar en el pasado y en su infancia, Pablo Lubanski vio otras sombras proyectadas en otros muebles. Esta vez, más que un unipersonal de la inmovilidad a su cabeza vino un vertiginoso episodio de teatro.

La escena tenía lugar en la casa del pueblo, esa en la que alcanzarían a vivir menos de un año hasta que su padre los abandonara, a él y a su madre, para siempre.
Estaban todos en el “living” (así le decían a la modesta sala de recepción). Y “todos” eran, exactamente, una media docena de amigos de Nicolás Lubanski; compañeros de club donde jugaba a las bochas. La familia había comprado un “bahiut” para celebrar el bautismo del nuevo hogar (doce cuotas fijas en la mueblería del pueblo) y una lámpara en forma de platillo volador que colgaba demasiado baja, a la altura de las cabezas de los presentes. Adentro del “bahiut” había un minibar de espejos. Y de esa suerte de caja de cristal, el anfitrión sacaba las bebidas y las multiplicaba a los invitados desde el sillón imitación cuero. Lo hacía con cierto desgano y sin moverse; como si fuera cosa de pobres diablos el molestarse en ponerse de pie. Tintineantes vasos de whisky color miel chocaban contra otros, “tragos largos” de cristalina ginebra salida de botellas esmeralda.
La mujer, por su parte, se había encargado de la gastronomía. Y va y viene de la cocina al “living” trayendo bandejas de metal con sándwiches y tomates rellenos; su especialidad. Pero para el dueño de casa, el servicio es deficiente. Y entonces, cuando la mujer se retira, gritándole delante de todos que a los tomates les falta sal y que los sándwiches no tienen mayonesa suficiente, se pone de pie y le da una patada en el trasero.

Algunos invitados hacen silencio y otros sonríen cómplices. El niño, que también va y viene con la mujer tratando de ayudar en el aperitivo, se ha quedado de pie en un rincón. Y se da cuenta hasta qué punto su postura coincide con la de su progenitor que, dos metros más alto, está igualmente clavado en medio de la sala. No puede distinguir los rasgos de su padre porque lo tiene de espaldas. Pero en cambio ve aquella sombra proyectándose en el bahiut, amplificada por la cercanía de la lámpara. Una talla sin rostro que se cierne espectral sobre el mueble de los espejos donde se guardan las bebidas y el orgullo, acaso incluso la futura felicidad de la familia. Una sombra a imagen y semejanza de la suya o viceversa.

Al final y como si sólo hubiera tenido un lapsus, Nicolás Lubanski se vuelve a sentar y sigue hablando con los amigos, impasible. Y aquí se terminan los recuerdos que guarda el niño de su padre en la casa. Pero cuando nadie percibe su ridícula presencia con una bandejita, corre a la cocina. Y entonces vuelve a recordar. Su madre está rellenando tomates pasados por lágrimas bajo la depresiva luz de un tubo fluorescente. Y es la primera vez que la ve así, tan ridículamente sola. Esa sensación de soledad no tiene que ver con su llanto sino, entiende su hijo, con el diseño de su figura. Porque bajo aquel tubo de implacable luz blanca, su cuerpo casi no emite sombra. O en todo caso, apenas si chorrea una borrosa oscuridad sobre el piso; una opacidad más parecida a una mancha de aceite que a la nítida impresión de un cuerpo. Y quizás, piensa, su madre no es esa mujer que llora sino esa sombra que casi no tiene contornos; esa talla de barro que un dios abúlico dejó sin terminar tirada en el piso, descompaginada en su taller sin darle el soplo divino.
“Tomá, hijo… Lleváles vos los tomates…”

Se acuerda de esa frase materna con una tremenda precisión pero no tiene imágenes de la escena siguiente. Menos aún de cómo terminó la reunión. No sabe si su madre volvió al living y se despidió de los invitados o si cuando ellos se fueron discutió con su padre o sencillamente pelearon y él le volvió a pegar. O si fue que, efectivamente, horas después comenzaron a divorciarse. Sólo recuerda la sala vacía horas después, con ridículas migas en los platos y los vasos a la mitad; el whisky y la ginebra que ya no brindarían a la salud de nadie; mucho menos a la salud del hogar. Esa sala que esa misma noche había dejado de ser “living” y de pertenecer para siempre a una casa.

Mucho tiempo después (meses, años después) cada vez que se quedó solo viendo aquel bahiut, Pablo Lubanski volvió a ver la silueta de su padre sobre el mueble; aquel tatuaje indeleble que se había adherido al subconsciente de la madera y a la resina sensitiva de su conciencia. Esa sombra que, al partir de casa siguió estando sola y clavada en medio del vacío, sin la sombra de otra mujer o de otro hijo o de otro amigo a su lado. Ni siquiera la de un perro o un gato.
Y esta noche, de algún modo, la volvió a ver. Y se imaginó que aquel tribunal, perfeccionando el método de su crueldad, le obligaba a distinguir ya no entre su sombra y otras nueve sino sólamente entre la suya y la de aquel otro ser, el hombre del bahiut.

Pablo Lubanski se mira en la opaca madera sin moverse. Luego mira a su gato que ha terminado de comer y se pasa la lengua por los bigotes, agradecido. Entonces, alzándolo como un bebé, lo acaricia y lo nombra: “Mirko, Mirko”… dice. Y el unipersonal termina. Porque la película ha dejado de ser muda y porque ahora son dos los que se proyectan en la silueta de la puerta. El gato maúlla y completa el diálogo. Y sin que le importen las sombras chinas, le dice para sus adentros a ese tribunal implacable que puede pasar, que no hay ningún problema, que ya está listo para elegir.

Por Iván Wielikosielek

Compartir

Autor

Avatar