El impermeable de Hamsun

Eran tiempos en que me la pasaba dando vueltas por la ciudad como un zombie, o peor aún, como un sonámbulo que sabe que no va a despertar jamás. Y así, dejándome arrastrar por ese automatismo de quienes han perdido la esperanza, me lanzaba a la calle sin pensarlo. No tenía temor ni angustia. Tan sólo una rara ansiedad que era más física que espiritual, una pulsión que me hacía escapar hacia ese afuera de la ciudad y al mismo tiempo dar vueltas en círculos.Recuerdo mediodías lluviosos donde la gente se guarecía en los bares, siestas impías en las que mi individualidad se disolvía (mal que me pesara) en esa troupe de almas a la deriva y, sobre todo, atardeceres nublados donde el tiempo parecía no pasar jamás; como si el futuro se hubiera disuelto en un mismo y amargo día. Fue durante una de esas tardes en que la lluvia me empujaba contra los umbrales que di con aquella librería.

No estaba lejos de mi cuchitril pero no había entrado jamás, sencillamente porque no había visualizado la puerta; tan sólo sus vidrieras azules y un silencio submarino. Y aquel local de libros usados era eso, un acuario donde se movían como buzos sin escafandras algunos clientes pobres. Pero esa tarde me di cuenta que una de las vidrieras era, precisamente, la puerta en la cual me apoyaba y que mágicamente se abría. Y me tomé aquella casualidad como una invitación.Aunque entré completamente empapado, el dueño del local apenas si me registró. En sus ojos no había preguntas ni reproches, tan solo la tranquila aceptación de un nuevo cliente; un ejemplar más de aquella extraña cofradía que revolvía tomos como si nada más existiera en el mundo.Hacía mucho que mi billetera era, amén de un anacronismo, una contradicción ontológica. Y es que sus gastadas hojas de cuero ya no guardaban papel moneda. Mucho menos tarjetas o bonos. Mis únicos papeles, de hecho, consistían en una hojita de cuaderno con teléfonos anotados a mano y el “vale” de algún envase que yo atesoraba como un plazo fijo.

En mis bolsillos y a modo de “capital metálico”, sólo llevaba monedas. Y apenas si alcanzaban para el pan y algún trozo de queso barato; nunca para un libro. Pero a mí no me hubiera importado resignar el queso y el pan (que hubiera levantado de la calle de todos modos) si algún título a mi alcance hubiese valido la pena. Y hete aquí que esa tarde en unas pilas arrumbadas en el piso, descubrí un lote fantástico. Y le pregunté al dueño si el precio marcado era real. Me hizo una seña afirmativa desde la caja, un cabeceo más parecido al sobresalto de un hombre dormido que a una confirmación comercial. Aquellos ejemplares habían sido “dados de baja”, me explicó sin ganas. Y por eso tenían un círculo marcado con fibra roja en sus tapas; porque muy pronto “se venderían como papel”. Tras examinarlos me di cuenta que el “fuera de circulación” se debía al estado lamentable de la mayoría. Eran ejemplares amarillentos o de tapas quebradizas, sin contratapa o fuera de todo interés que se precie.

Y cumpliendo con todos estos requisitos estaba el libro que me esperaba a mí; era “Misterios”, de Knut Hamsun. Yo había leído la primera novela suya, “Hambre”; y recordaba casi de memoria uno de los párrafos iniciales: “Vivo desde hace tiempo encerrado en esta habitación desnuda. Y el único objeto con el que me puedo entretener es una butaca roja donde me gusta sentarme a soñar con muchas cosas”. Sí, con aquella frase podría haber empezado la biografía de cualquiera de nosotros; es decir, de cualquiera de los hombres que revolvíamos libros usados. En todo caso, entendí que mi vida se parecía bastante a la del narrador de aquella novela como para seguir profundizando en mis propia trilogía de hambre-encierro-sonambulismo. O peor aún, en esos sueños que parecen hechos reales y en esos hechos reales que parecen pesadillas.

Y junto a la incertidumbre permanente de no saber si a fin de mes llegaría a pagar el alquiler, estaba esa otra certeza absoluta; la de llevar la vida equivocada y saberme desperdiciado en cuerpo y alma, sin poder hacer nada por mí ni por los demás.Pero contra todos los pronósticos, aquel libro parecía proponer algo muy distinta que “Hambre”, incluso desde su dibujo de tapa. En aquella precaria ilustración a dos colores, aparecía un hombre de impermeable verde contra un cielo naranja. Y detrás de aquella silueta cruzaban las cuerdas de un barco; algo que tanta falta me hacía por esos días, amén del impermeable. En cuanto al título, un “misterio” era exactamente lo que yo estaba pidiendo para existir, un hecho espiritual inexplicable por la razón y los sentidos y que justificara, precisamente, la sinrazón y el sinsentido de mi vida toda.

Y mucho mejor si en vez de singular era plural.Pagué aquel ejemplar con irrisorias monedas pequeñas como botones, soles opacos que apenas hubieran comprado media tira de pan en el mercado. Al verme salir a la lluvia, el librero me dijo: “Qué tiempo de mierda… Tomá una bolsa”. Y esa fue la última vez que escuché su voz en mucho tiempo. Era una voz cavernosa y opaca, como si la caja de resonancia no fuera su paladar sino las paredes del negocio; esa otra boca de ballena que encerraba a todos los “Jonás” que nunca verían una playa.Caminé bajo la lluvia pero sin sentir las gotas contra el náilon que envolvía el libroy la ropa que me envolvía a mí Era como si, más que una bolsa, el librero me hubiera prestado el impermeable de Hamsun. Llegué a casa tarde, a esa hora en que oscurece pero las calles aún no encendieron sus luces. Yo, en cambio, sí encendí la mía; un viejo velador de lámpara amarilla.

Y tras poner la pava para hacerme un té (mis saquitos esperaban en fila india como una preciosa garantía de futuros desayunos) me tumbé a leer aquellas páginas. Y entonces asistí al milagro. Era la misma voz de “Hambre” pero la vida del narrador había mejorado. En la continuidad de su autobiografía, Knut Hamsun ahora tenía algo de plata. Y lejos de querer comprarse cosas para él, sólo quería ayudar a los más necesitados. Y como le molestaba dar limosnas tanto como pedirla en su libro anterior, iba por las casas humildes y se hacía pasar por el dueño de un anticuario, ofreciéndole a sus propietarios sumas inconcebiblemente altas por una silla rota, diciéndole que sentía pagarle menos del precio real, ya que luego de restaurada esa silla valdría una fortuna. Leí algunos capítulos más de aquel fabuloso libro y luego miré a mi alrededor y censé mi mobiliario casi inexistente; dos sillas (una era mi “mesita de luz”), una mesa de campo, la cama y un colchón.

Luego palpé mi billetera vacía y en el otro bolsillo revolví el opaco tintineo de las monedas. En la mesa reparé en mis saquitos de té alineados, en una de mis dos tazas blancas, el evangelio y el libro de Hamsun. Pero no sentí que era pobre ni que estaba desesperado. Por el contrario. Mi sentimiento fue el de una felicidad inexplicable. Yo no iba a vender mi única silla blanca donde “me gustaba soñar con muchas cosas”. Tampoco mi cama o mi colchón. Al menos, no de momento. Ningún escritor noruego iba a golpearme la puerta para ofrecerme cien coronas por mi velador y, mucho menos por mis escritos.

¿A qué se debía, entonces, esa súbita alegría? ¿Era por la promesa de un destino? ¿Era porque el hambre del presente podía transmutarse en fuerza espiritual del mañana para ayudar a los demás? ¿O era la simple felicidad de haber recibido, en medio de esos días nublados, un fajo de luz prensado en doscientas páginas de parte de un hombre gris? A qué se debía esa súbita felicidad, me lo volví a preguntar y no me lo supe responder ni entonces ni ahora. Y acaso ese sigue siendo el gran misterio. Mi vida no mejoró sustancialmente en aquellos días como tampoco lo hizo el clima de la ciudad. Pero algo se modificó dentro de mí para siempre. Algo que se había puesto en marcha tras la lectura de aquel libro, aunque no sabía exactamente qué. Acaso me tranquilicé y entendí que, para llegar a ese punto luminoso que me imaginaba en el futuro, no tenía más que seguir caminando como lo estaba haciendo hasta ahora; por más que me pareciera que yo daba vueltas en círculos. Acaso la aceptación del hambre era mejor que su negación; y la aceptación del presente era el único pasaporte posible hacia el mañana.Pocos días después ya no me sentía más como un sonámbulo. Algo se había despertado en mí o yo me había despertado a un “algo” que de momento desconocía, y en cuya substancia siempre quise vivir. Una tarde en que me desembaracé de varios libros, llevé aquellos “misterios” al canje. Pero el dueño de cabeza blanca ya no estaba.

En su lugar había otro hombre que directamente no hablaba sino por gruñidos, tan maltratado por el tedio como por la desolación de su clientela.Recuerdo que durante varias semanas vi aquellos “Misterios” en una mesa de ofertas pero no sentí tristeza de ya no tenerlos conmigo sino todo lo contrario. En mí se renovaba la esperanza de que el libro cayera en otras manos huecas y las llenara de luz, porque yo no estaba más “ahí”. Por más que seguía viviendo en Córdoba, aquella ciudad sin mar que no era la Kristianía (la vieja Oslo) de Hamsun, yo sentí que me estaba embarcando hacia otro lado. Y en la plataforma mojada de una vereda a medianoche vi, fumando contra los cables de luz tan parecidos a las sogas de un transatlántico, al librero aquel.

Estaba esperando el colectivo y como por reflejo automático me puse en la fila. “Qué tiempo de mierda” me dijo al rato, con aquella voz que yo casi había olvidado. “Sí, un desastre” le contesté.

Y los dos miramos hacia el fondo de la avenida, como si más que la luz del colectivo intentáramos percibir el borde de una playa lejana.

Por Iván Wielikosielek


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