«El instrumento ejecuta muy bien los más variados estilos musicales, y eso tiene que ver con una fuerte identidad»

El sonido del charango transporta a quien lo escucha a esa región andina tan musical como ancestral. Es el instrumento emblemático que simboliza una identidad, un icono que representa valores y representaciones alegóricas destinados a garantizar la cohesión social de comunidades múltiples. Días atrás estuvo en General Pico un fiel exponente entre los ejecutantes de este cordófono de genética mestiza. El jujeño Miguel Angel Tomás Vilca comenzó a interpretar el charango a los 12 años, y hoy está instalado en la escena como un intérprete que se ha ganado el reconocimiento de sus pares. «Comencé a estudiar tecnicatura de música a los 9 años, primero fue piano, luego guitarra, y cuando terminé la primaria me regalaron un charango. Un tío había comenzaba a tocarlo y fue quien me ayudó a dar esos primeros pasos», contó Vilca, iniciando una larga charla con El Lobo Estepario.

«A partir de ese momento que conocí el instrumento, fue un gran misterio, un misterio que en el camino fui develando y que me mantiene todos los días ocupado en seguir revelando su lógica, su forma. El charango refleja una cultura, en este caso la andina, y surge como una reconfiguración americana a partir de la presencia de los españoles. Se cree que proviene del timple canario o de la mandolina, también podría ser antecesor de la vihuela. El charango es una imitación de todos esos instrumentos», prosiguió el músico jujeño, quien coordinó en nuestra ciudad una clínica y taller, convocado por Músicos Independientes Piquenses Asociados (MIPA).

El maestro Severo Huarita Colque fue alguien decisivo en los inicios, y luego continuó sus estudios musicales en Bolivia, con referentes como Donato Espinoza, Saúl Callejas, Celestino Campos Iglesias y Agustín Alonso. Recibió, entre otras distinciones, el premio Charango de oro en el Festival Internacional del Charango, en Aiquile, Cochabamba, Bolivia, uno de los más prestigiosos del mundo. «Después de la tecnicatura estudié Profesorado de música, cuando cumplí 19 me fui a Bolivia y viví un año en La Paz para estudiar exclusivamente charango. También viajé a Potosí para estudiar con maestros calampeadores, dueños de una técnica muy particular de ejecución, tan típica de esa zona. Cuando volví a Jujuy terminé el Profesorado de música y actualmente estoy finalizando la Licenciatura en folclore en la Universidad Nacional de las Artes, en Buenos Aires».

Inquieto y decidido a recorrer el camino elegido desde pequeño con las mayores herramientas, se formó en una Tecnicatura de promoción cultural, en su provincia natal, asistiendo a talleres libres para fomento de los oficios tradicionales, realizados en la Quebrada de Humahuaca. «En ese momento conocí al maestro boliviano Severo Guarita, quien empezó a orientar mis pasos y continúa siendo un gran referente. Fue la persona que me llevó a Bolivia. En cuanto al Festival de Aiquile, un día estaba grabando en un estudio y me comentan. La primera vez fui con mi tío, tenía 16 años y no había conocido a ningún maestro aún. Me encontré con un mundo enorme, no solo participan intérpretes sino también constructores de charango. Se compite en diferentes categorías, y en esa ocasión intervine en Internacional, donde obtuve el Charango de plata», comentó.

El municipio de Aiquile, provincia de Campero, Cochabamba, recibe desde hace varios años a decenas de intérpretes del charango y artesanos, delegaciones que provienen de diferentes países, como Estados Unidos, Brasil, Perú, Argentina, Chile, Japón, etc. La Feria y Festival Nacional e Internacional del Charango es Patrimonio Oral e Intangible de Bolivia. «La segunda vez que asistí obtuve otra vez la distinción de plata y en 2013 me dieron el premio mayor. El jurado estaba integrado por maestros, quienes me aconsejaron, tuvieron una palabra de apreciación sobre lo que había interpretado. Eso es lo más rico de un certamen, cuando un jurado te da una devolución, eso permite crecer. Entiendo que un concurso donde solo se compite para ganar un premio, no tiene mayor trascendencia. Lo interesante es lo que se genera a partir de ese estímulo, tener esa aprobación de gente a la que uno considera referente. Además de encontrarse con gente interesada en lo mismo que uno y poder compartir inquietudes», señaló Vilca.

Vilca en ocasión del taller brindado en nuestra ciudad semanas atrás.

El charango ha tomado gran predicamento en todas las músicas latinoamericanas, y del mundo. Ese sonido agudo, bullicioso pero a la vez nostálgico, que logra penetrar fácilmente en la memoria de cualquier persona, rescatando sus cualidades y tonos, como el torrente de una cascada o el trinar de una pequeña arpa mágica. En ese sentido, Vilca destacó que «es llamativo cómo podemos encontrar hoy al charango en diferentes formaciones y participando en distintos géneros. Lo escuchamos en el rock, en la cumbia, en el jazz, en el reggae. Hay charanguistas que están tocando tango, como Oscar Miranda. El instrumento ejecuta muy bien los más variados estilos musicales, y eso tiene que ver con una fuerte identidad. Cuando algo tiene identidad propia, puede compartir un espacio creativo con otras músicas sin perderla, y a su vez aportar. El charango tiene en sí mismo un lenguaje, no lo llamo fusión, lo llamo mixtura. Por ejemplo cuando aparece dentro del rock, como sucedió con Jaime Torres y Divididos. Se encuentran para crear un nuevo sabor, un nuevo color. Una nueva música».

Preguntado por la escena musical actual, a partir de todo lo que modificó la pandemia a lo largo de varios meses, el charanguista jujeño manifestó que «todos los artistas, no solo los músicos, estamos movilizados a transformar un poco el espacio del encuentro con la gente, un espacio que la pandemia cambió. Nos enseñó que a través de una pantalla podemos llegar a comunicarnos, seguramente resignando un montón de elementos, pero trajo esa posibilidad para que personas de diferentes puntos reciban, por ejemplo, una clase o un concierto. En mi opinión se produjo un cambio en la forma de trabajar. La escena en sí es compleja ante el nuevo paradigma, pero a la vez abrió otros tipos de abordaje desde lo laboral. Tenemos que aprender a vincularnos a través de estas formas de comunicación. Nos está costando esa transición, fue un golpe duro, pero estamos recuperando, reconstruyendo los espacios. En ese sentido, cada vez que me presento a tocar con el instrumento, me encuentro con gente que llega con hambre de disfrutar del arte, de nutrir su espíritu. Sucede eso ahora, cuando tal vez antes era algo habitual y lo hacía casi por costumbre, más que por una necesidad espiritual o artística. La música y el arte es un alimento enorme para el ser humano ya que nos permite crecer, pensar, transformarnos».

La música andina imita los sonidos de la naturaleza, el cantar de los pájaros, el sonido del agua. Melodías transmitidas de generación en generación. Como importante expresión cultural recalca su esencia, pero también sigue creando y desarrollando expresiones diferentes. Vilca indicó que «está situada en un territorio donde hay una cultura que es fruto de diferentes culturas anteriores y eso da como consecuencia un amplio territorio, con una diversidad muy grande. Obviamente tiene fuerte vinculación con nuestros rituales, como la Pachamama o el Carnaval, diferentes ceremonias donde aparece la música y para el territorio andino tiene un sentido ritual y de sanación. No es solamente entretenimiento, te tiene que hacer bien. Creo que toda la música andina comparte determinados elementos en común, donde lo primero es su geografía, su paisaje. Un paisaje que se vuelve música, y la gente al habitar esos lugares va decodificando sonidos. Así aparecieron los instrumentos, como la quena, el sikus, el charango, o la caja coplera, que nos conecta indefectiblemente con lo esencial del canto de esa zona. Todo eso intenta recrear ese paisaje, y dibujarlo con elementos técnicos musicales. Esa es la magia de la música andina, y por eso nos atrapa cuando la escuchamos. Indirectamente presiente el paisaje que está atrás. En mi arte trato de reinvindicarlo, que eso siempre esté. Es vital».

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Autor

Raúl Bertone