El libro de un amigo es siempre un hecho espiritual para uno mismo (a propósito de “El viento que pasa”, de Eduardo Senac)

Por Iván Wielikosielek

Con Eduardo hemos caminado en la noche alumbrados por los libros. Y esto no es solamente una metáfora sino una fabulosa constatación.
Me acuerdo, por ejemplo, de una vez puntual en Los Reartes. Íbamos por un camino de tierra hacia al lago en una oscuridad demencial y absoluta. Hablábamos de la razón de ser del mundo y de nosotros mismos ahí adentro. Y, sobre todas las cosas, si esa noche precisa estaba contemplada en el plan divino o si, por el contrario, era “puro azar indeterminista”. Y entonces, a modo de respuestas, cada uno sacó a relucir sus ideas como espadas. Eduardo me habló del Buda y del Tao, ese gran software del universo que, como un río de luz azul atraviesa la espina dorsal de la materia y nos pide circunnavegarlo para llegar al mejor puerto posible. Por mi parte yo le hablé de mi única certeza en el universo: Jesús. Ni de la Biblia mosaica ni del Yahvé de los ejércitos ni de la Iglesia Católica. Sólo de Jesús. “El Jesús de los cuatro evangelios”, me acuerdo que le dije. Y le cité “Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios”. Y Eduardo, casi como una continuación de aquella iluminación infinitamente ansiada, me dijo aquellos versos: “El Tao nunca hace nada y todo está hecho/ Sí, señores y reyes, pueden guardar esto/ … / No tengan ningún deseo ni se muevan/ Y todo se restablecerá bajo el cielo”.
Y entonces, riéndonos, uno le dijo al otro (no me acuerdo quién a quién) “¿Te das cuenta, loco, que no estamos hablando de dioses sino de libros?” Y es que Edu me había citado un poema del “Tao Te King” y yo, un pasaje del Evangelio de San Mateo. Pero no nos reímos de los nervios sino de simple alegría. Porque esa noche tuvimos, juntos, una fabulosa iluminación en tiempo presente. Nos dimos cuenta que no se podía hablar de lo que existe y de lo que no existe (“de la ausencia o la huella de Dios”, como dijimos) sin hablar de libros. Y que, como decía Pessoa; “la eternidad es un asunto de los gramáticos”.
Y entonces, como si repentinamente viéramos faroles chinos o hebreos al costado del camino, entendimos que aquellos pensamientos nuestros se habían hecho luz. Y nos habían guiado hasta el lago, hasta el póstumo reflejo de una barca en sus orillas.

EL CLUB DE LOS 23

Recordé especialmente esa caminata cuando, pocos días atrás, Eduardo me hizo llegar “El viento que pasa”. Durante muchas caminatas habíamos hablado de ese libro, al que Edu le llamaba primero “las biografías” y luego “las biografías salvajes”, consagrada a sus escritores preferidos. Estuvo diez años para escribirlo, pulirlo, corregirlo y publicarlo. Y cuando lo tuve en mis manos fue una felicidad inmensa. Sentí que muchas noches y caminatas en las sierras convergían ahí. Charlas, comentarios, especulaciones del mundo, cervezas tomadas en el filo de la noche. También entendí que una parte de nuestras vidas se cerraba. Ya no éramos esos muchachos que se habían conocido en Madrid a fines del 2002 y estaban desesperados por volverse a la patria nacional y ontológica que, para bien o para mal, eran nuestras pampas. La Pampa salvaje de Pico y Trenel para él; la gringa y sojera del sudeste de Córdoba para mí. Pero me di cuenta, sobre todas las cosas, que “El viento que pasa” era mucho más que un conjunto de reseñas y biografías como pretendía mi amigo. Era, exactamente, su bitácora de existir. Un corpus de 23 escritores que habían sido, como en aquella lejana noche camino al lago, los faros que le sirvieron para caminar por este oscuro valle; las visiones de mundo ajenas que, una vez pasadas por su sensibilidad, devinieron en ADN para configurar su identidad. Y ese seleccionado estaba formado por Albert Camus y Herman Hesse, Fernando Pessoa y Máximo Gorki, Emanuel Swedenborg y Franz Kafka, Confucio y Carlos Castaneda, Eça de Queiróz y Charles Bukowski. León Bloy y Arthur Schopenhauer. William Faulkner y Miguel Angel Asturias. Blas Pascal y Klaus Kinski. Herman Melville y Lobsang Rampa. Olaf Stapledon y Rainer María Rilke. Ryünosuke Akutagawa y Rabindranath Tagore. Y, finalmente, el desdichado Friedrich Hölderlin. No había argentinos y acaso Borges no estaba por pudor. Como un seleccionador que no lo convoca a Maradona o Messi porque es como convocarlo a Dios. Y a Dios no se le puede decir “subí” o “bajá” o “pedíla a la derecha”. No a Dios no se le dan órdenes ni se le critican sus libros. Mucho menos el libro de la vida.
Me quedé pensando, entonces, en el simbolismo que encierra el 23 en la identidad, amén del número de jugadores que van al mundial. Y también en el significado del título de su libro. Y esto fue lo que anoté el día en que leí por primera vez sus páginas.

APUNTES EN LA NOCHE

“El viento que pasa” es, paradójica y fabulosamente, un tratado sobre lo que no pasa. Es decir, un tratado sobre la palabra poética que permanece. Acaso porque está hecha de la misma sustancia que el alma y no con la materia de este mundo. Por eso el título es tan sutil. Porque no se refiere a lo explícito sino a su reverso. Más aún. Se refiere a la vibración subliminal de su reverso. Y por eso dialoga con aquella maravillosa frase de Jesús que dice: “El mundo pasará pero mi palabra no pasará”. No sé si Edu fue consciente de esta intertextualidad al titular sus biografías. Tal vez no; aunque algo me dice que en el fondo esa “casualidad” le gustará. Creo, más bien, que pensó en aquel poema-diálogo de Pessoa en “El cuidador de rebaños” que decía: /“Hola cuidador de rebaños/ ahí junto al camino/ ¿qué te dice el viento al pasar?”// “Que es viento y que pasa/ y que ya pasó antes/ y que pasará después/ ¿Y qué te dice a ti?”// “Mucho más que eso/ Me habla de muchas otras cosas/ De recuerdos y “saudades”/ y de cosas que nunca fueron”// “Nunca oíste pasar el viento/ El viento habla sólo de viento/ Lo que le oíste es mentira/ Y la mentira está en ti”.
Pero aún en este caso, el libro de mi amigo sigue siendo sutil y evanescente. Porque en el fondo a él no le interesa el viento que pasa sino lo que ese mismo viento pueda decir o sugerir para volverse literatura. Y la literatura es lo que no pasa. Es lo que permanece grabado en la arcilla de sumeria en el ADN de la memoria, lo que permanece en los papiros de Egipto en el backup de la perdida Atlántida y lo que queda y se vuelve continente que emerge y civilización que inventa la escritura en el alma de los hombres”.
Y ahí terminaba mi breve apunte nocturno.

BORGES Y DESPUÉS

Luego y tras varias relecturas nocturnas también, me quedé pensando en las notables influencias que hay en “El viento que pasa”, tanto en su estructura como en su estilo. Y son, ineludible e indudablemente dos libros de Borges: “Prólogos” y “Otras inquisiciones”. Ambos, colecciones de textos breves donde JLB ensaya sus conjeturas sobre los escritores, sus textos y el universo.
Muchos de estos escritores, precisamente, se repiten en el “seleccionado Senac”: Swedenborg, Mellville, Kafka, Hesse, Pascal, Bloy… Otros, en cambio, son de pura cosecha suya y es probable (es absolutamente seguro) que Borges hubiera “abominado” de ellos: Bukowski, Gorki, Klaus Kinski, Castaneda…
Los otros dos libros que configuraron “El viento que pasa” ( y también los anteriormente citados de Borges) son las “Vidas imaginarias” de Marcel Schowb y los “Hombres representativos” de Ralph Waldo Emerson. Del francés, Edu tomó la licencia de poder “inventar” (es decir “ficcionalizar”) detalles en la vida de sus biografiados. Del norteamericano, la precisión para definir por donde pasa “lo arquetípico” en la obra de cada uno.
Luego de varias lecturas más y, lamentablemente influido como estoy, (“contaminado”, debiera decir) por la jerga posmoderna, pensé en las “fortalezas y debilidades” del libro de Eduardo. Y empezando por las debilidades, debo decir que la única que registré es la excesiva reminiscencia borgeana en algunos de sus textos. Seguramente en los más antiguos, cuando empezó a escribir estas biografías sin saber que serían libros, y que acaso replicaban nuestras charlas mientras repartíamos volantes por las calles madrileñas para un gimnasio cercano al Bernabéu. La fortaleza es, precisamente, el anverso de esta misma constatación: el alumbramiento de unas ideas y un estilo que ya empezaron a ser su “copyright” y que no hubieran podido nacer de ninguna manera sin ese remanente, sin ese caldo de cultivo sembrado en los almácigos de “El Aleph” y “El informe de Brodie”. Y a raíz de este punto, viene a mi memoria una charla con él por las alamedas de Villa Ciudad Parque, tras nuestra vuelta de España.
“Borges me es inevitable. Y sería un hipócrita si negara su influencia. Es que nunca leí nada igual en mi vida. Ni los gallegos me creen, pero es así. Todo lo que soy, todo lo que empecé a ser mediante la escritura, se lo debo a él. ¿Cómo lo podría negar, entonces? Sería un reverendo hijo de puta si así lo hiciera ¿No te parece?”.
Seguramente esas no fueran sus palabras textuales pero sí su metáfora más aproximada. Y esa frase de Eduardo también me hizo pensar en Jesús cuando les hablaba de “su Padre” a los judíos: “Yo sí lo conozco. Y si dijera lo contrario, sería tan mentiroso como ustedes”.
En una palabra, Edu siempre tuvo un deber filial insobornable para con su padre literario. El de no negarlo ni disfrazar esa relación. Tan solo el de llevarla a cumplimiento. Pero hete aquí que tras leer su libro, aparecen frases personalísimas y maravillosas en todas sus páginas. Sobre todo en las más nuevas, Cito, al azar, dos párrafos del prólogo:
“Sólo los grandes libros continúan siendo misteriosos y singulares (… así) las palabras y las páginas serían la inmersión de esa conciencia absoluta que antes se había hundido en sí misma, arremangándose para juntar los trozos esparcidos de sus potencias”.

ENCUENTRO CERCANO CON LAS ESTRELLAS

En el plano estricto de las ideas, Eduardo alcanza conclusiones brillantes e inéditas para la crítica. Dice, por ejemplo sobre Mersault (el personaje y narrador de “El extranjero” de Camus) que “siempre se lo ha visto como un prodigioso exponente de la indiferencia. Seguramente se confunden porque en Mersault todo es observación; como si su cuerpo fuera lo único que se involucra y viaja por delante de su alma replegada y atenta; en continuo asombro por la panorámica de las cosas (…) También se lo acusa de inhumano. Cabe preguntarse ¿hay más humanidad en el escándalo que en la contemplación?”
Como segundo ejemplo, baste lo que Eduardo anota sobre Pessoa: “Nos enseñó varias cosas, entre ellas que la categoría de escritor recién se alcanza cuando se llega al fondo, y una vez en el fondo se oye cómo pasa, subida a endebles y sigilosos zancos, otra vida por sobre ésta. Una vida ahogada que finalmente se escribe y prevalece en los días finales como un continuo y tembloroso río (…) Y (Pessoa) fue uno de los pocos hombres vivos en el jardín”.
Me pregunté, también, para quién escribió Eduardo este libro. La dedicatoria a Felipe y Juanita sus hijos, ya es una clave. Acaso es para ellos. Por si un día quieren adentrarse en las claves espirituales por las cuales empezó a comprender su padre. O para prologar cualquiera de esos libros reseñados llegada la ocasión. O como bitácora metafísica de cualquier marino que, desde la provincia más desierta del país, quiera hacerse a la mar a través del universo. Tal vez para todo esto y para mucho más que todo esto hayan sido escritas y publicadas estas biografías. Y hayan echado a andar por pequeñas librerías y kioscos, mochilas de viajeros o mesas de luz del camino. Pero también, posiblemente, mi amigo haya escrito ese libro con un fin más personal y secreto. Uno que ni siquiera él mismo podría develar. Y que hoy se ha vuelto, gracias al efecto Döpler de las almas, un hecho que me involucra. Porque el libro de un amigo siempre es un hecho espiritual para uno mismo.
Para finalizar y en esta manía posmoderna por la estadística, anoto que la palabra más usada por Eduardo es “estrellas”. Así, en plural. Pero el sustantivo va girando por distintos cielos del pensamiento hasta dejar una mancha lechosa y volverse constelación, vía láctea de su conciencia.
Dice Eduardo (y que el final de su prólogo sirva de conclusión final a mi síntesis):
“Entre ellos (los hombres) apenas vi este puñado de autores que escribieron los libros de mi vida (…) Y respecto a las punzantes estrellas que techan y se abalanzan sobre los campos y las calles despobladas de Los Reartes, o de aquellas otras que caen como una lluvia por entre los ramajes, bien sé que no es mucho. A las estrellas las conozco por ellos”.
Y entonces vuelvo a esa noche lejana rumbo al lago. Y, además de los faroles de nuestra imaginación levantamos la cabeza y las vemos. Aquel cielo nocturno siempre estuvo estrellado. Sólo que recién nos dimos cuenta al entender que hablábamos de dioses y de libros.

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