El viento que pasa, los libros que quedan…

Crítica de Rosa Audisio al libro El viento que pasa, de Eduardo Senac.

Toda nuestra existencia, en las distintas etapas de la vida, se alimenta y nutre del entorno. Nada somos sin el otro.  Ese otro real o ficcional que nos acompaña de mil maneras. La infancia con sus juegos, los descubrimientos sonoros, los olores, los sabores y la piel comprometida en el proceso, además el sentido visual del mundo y las primeras lecturas de textos (literatura) o de imágenes (cine). La adolescencia con el asombro del cuerpo que se transforma y otras muchas leídas más. La adultez con revisiones, balances, flexibilidad para desaprender lo mal aprendido y otras cuestiones.

Esto viene a propósito de la lectura de El viento que pasa autoría de Eduardo Senac, un hombre, quien rara vez tenga instrucciones para ser un Quijote, escritor y carpintero, noble oficio si los hay -un carpintero fue quien construyó la Torre de Hölderlin-, que de la misma manera que ensambla la madera, va articulando su vida con la de autores que lo han ido formando.

No puedo menos que reflexionar sobre sus palabras en esta su etapa de calma, suelta y fina como traída por el rocío -como él la define-con el tamiz de la cinematografía.

Albert Camus: El extranjero

Desencantados sociales

Adaptación de Albert Camus, la película El extranjero (1967) dirigida por el genial Luchino Visconti nos pone frente a una cara que nunca se nos olvidará, la de Marcello Mastroianni como Meursault, ese francés forastero en Argelia que mata a tiros a un árabe y renuncia a defenderse, quien con ese rostro y esa mirada honesta se transforma en un observador alejado de cualquier supuesto preestablecido y nos habla de la soledad y de la sinrazón del accionar humano. Todo ocurre en el año 1935, han pasado 84 años y los caprichos del mundo con su carga de violencia y guerra se mantienen. Un extrañamiento memorable que refleja y amplifica la insania cósmica,  es el de Patrick Dewaere como  Frank Poupart en Serie negra (1979) dirigida por Alain Corneau, encuadrada dentro del género polar o noir francés  sobre la novela del estadounidense Jim Thompson. De igual manera Philippe Noiret como Michel Descombes en El relojero de Saint Paul (1973) dirigida por Bertrand Tavernier sobre una ficción de Georges Simenon, expresa la desesperación del padre ante un hijo desconocido en quien residiría la desilusión social. Y para no perder la perspectiva de las realizaciones recientes aunque con personajes de otrora, Joker (2019) dirigida por Todd Phillips con Joaquin Phoenix expresando las distorsiones de Arthur Fleck, un hombre que hace reír y es ignorado por la sociedad. El anti-héroe fue creado por Bill Finger, Bob Kane y Jerry Robinson, y apareció en el primer ejemplar del comic Batman (1940) publicado por DC Comics.

Klaus Kinski: Yo necesito amor

Locura

Klaus Kinski, demasiado torbellino, un ser inadaptado al mundo, interpretó Aguirre, la ira de Dios (1972) de  Werner Herzog. Ambientada en 1560, después de la destrucción del imperio incaico, es la reconstrucción de la búsqueda de El Dorado por el loco conquistador Lope de Aguirre. Momentos aquellos en los que hasta el rodaje se transformó en un hecho demencial. Pero las locuras no vienen solas, y para la cinefilia la acompañan conformando un cuarteto,Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola. En Camboya, Marlon Brando como el coronel Kurtz de las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos, se ha desequilibrado y se cree un semidiós. Adaptación de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. El Resplandor (1980) de Stanley Kubrick, basada en El resplandor de Stephen King, que nos enfrenta a la historia de  Jack Torrance, interpretado por Jack Nicholson quien se instala en un hotel de alta montaña, con la ilusión de vencer su bloqueo con la escritura, y empieza a sufrir trastornos de personalidad. Y por último Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese, y otra vez la guerra como desencadenante de los peores fantasmas. Robert de Niro en estado de gracia interpreta a Travis Bickle, un insomne taxista solitario que deambula por las calles de New York en busca de sus presas, constituyendo su personaje un retrato sin precedentes de la indiferencia y angustia que lo acosan.

No tiene importancia de que lugar del mundo proviene, tampoco si es de la palabra escrita o de la imagen en movimiento, tan solo importa que sea capaz de transmitir una verdad indispensable capaz de movilizar nuestros sentimientos y nuestros deseos, ocultados aún a nosotros mismos.

Son veintitrés los autores a los que se refiere Eduardo Senac, elegí a Albert Camus y a Klaus Kinski. Hubiera podido realizar Asociaciones Libres de Cinefilia con todos y cada uno, pero eso, ya serían otras historias del “viaje afiebrado por los acantilados que se ciernen sobre las consideraciones y posibilidades de futuro”. El libro me resultó apasionante, fragmentos que se transformaban en mi mente, sin parar, en fotogramas aleatorios.

Al Yo no se lo encuentra en el revés de lienzo, sino del lado donde se pinta el cuadro. Rabindranath Tagore.

Por Rosa Audisio

(Artista Visual y Gestora Cultural Independiente)

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