Esa estrella era mi lujo

Por Iván Wielikosielek

Esa estrella era mi lujo
(Canción de los Redonditos)

Pinté tarjetas de Navidad con témperas baratas y no sé si lo que me salió fue la Estrella de Belén o un meteorito, el Halley o un misil de Trump sobre Tierra Santa. Luego me dije que poco importa lo que me haya salido porque nadie sabe a ciencia cierta cómo era la Estrella de Belén. En todo caso fue una luz (el símbolo de una luz) que pasó una sola vez sobre la Tierra y que por eso mismo anunció el acontecimiento más decisivo de la especie. Y poco importa si lo anunció una estrella de cinco puntas dibujada por un chico o un refucilo celeste en la mañana. Lo que importa es lo que esa luz iluminó; las almas que la pudieron reconocer y la recibieron. Porque como dice Juan en su evangelio, “a los suyos vino y los suyos no le recibieron”. Eso pasó hace dos mil años pero sigue pasando hoy, cuando los que se dicen sus “fieles” no hacen sus obras. “Este pueblo con los labios me honra pero con su corazón me ofende”, dijo el profeta Isaías mucho antes de Jesús. Sin embargo, sus palabras para el pueblo judío se volvieron proféticas para el pueblo cristiano todo.

Y pienso que esta noche, cuando esa luz vuelva a pasar por el cielo de cada uno, habrá quienes la confundan con una luz cualquiera. Pero otros, los menos, la aceptarán como un llamado ineludible. Y entonces la historia del cristianismo volverá a escribirse. La de “los suyos” y de “los extraños”; la de los que “vieron sin ver” y de los que “aún viendo, no vieron”; la de los que se hartaron de comida celebrando un rito pagano y la de los otros (siempre los menos) que vieron su luz en oriente y vinieron a adorar en espíritu. Todas esas historias también se volverán a escribir esta noche.

Porque cada vez que aparezca esta luz en el cielo habrá una escisión en el mundo. Y los hombres deberán responderse a la única pregunta importante: quién es este hombre que parte en dos mitades la historia. Porque como escribió el padre Martín Descalzo, “este hombre exige respuestas absolutas”. Y dependerá de la respuesta de cada uno a esta pregunta para entender si lo que ha visto en el cielo era un misil, un aerolito o la luz de la vida.

Por eso es que no me arrepiento de lo que pinté en las tarjetas navideñas con témperas baratas. Porque el dibujo se completará en la retina espiritual de cada uno cuando esta noche sean las doce. A esa hora diré Feliz Navidad, como cada uno de ustedes. Y rogaré para que todos, incluido yo mismo como un ciego entre ciegos, podamos ver en la Estrella de Belén la luz que anunciaba a Jesús. Y dejemos los aerolitos para los fatalistas, los cometas para los astrónomos y los misiles para los que hacen la guerra.

Feliz Navidad para todos, entonces. Y bienaventurados los que puedan ver en cualquier Belén de cinco puntas dibujada por un niño, esa estrella que era mi lujo.

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