Escribir de pie, rezar antes de tomar la pluma o bañarse con agua fría: los rituales más insólitos de los escritores

La inspiración es azarosa, puede llegar en cualquier momento, pero muchos escritores la buscaban con supersticiones y ritos. Un recorrido por el anecdotario de rutinas —algunas de lo más delirantes— que Stephen King, Nietzsche, Jorge Luìs Borges, Agatha Christie, Maya Angelou y Haruki Murakami, entre otros, han respetado a rajatabla. ¡Todo sea por la literatura!.

Víctor Hugo escribía desnudo y les pedía a los sirvientes que se llevaran su ropa y lo dejaran solo con el papel y la tinta, Nietzsche se bañaba con agua fría, Agatha Christie era capaz de hacerlo en el baño, Heidegger se retiraba a su cabaña en la Selva Negra, Kafka podía escribir doce horas sin parar a punto de colapsar, Murakami madruga, Hemingway lo hacía de pie y la Sontag pedía que no la llamaran por teléfono… Cada autor, escritor, filósofo, apela a sus propios rituales para echar mano rápida a las musas, reivindicando así una intimidad emocional e intelectual comprometida con la escritura. “La inspiración debe sorprenderte trabajando”, dijo Pablo Picasso. Y no se equivocó.
¿Qué rituales tienen los escritores para trabajar concentrados?
¿Qué rituales tienen los escritores para trabajar concentrados?
“Bebo un vaso de agua o una taza de té”, cuenta Stephen King, “entre las 8 y las 8 y media de la mañana me siento a escribir: siempre en la misma silla, siempre tomando mis vitaminas y siempre con los papeles bien ordenados en el mismo lugar sobre el escritorio. Hacerlo igual cada día es como para apurar al cerebro y decirle: ‘vas a estar soñando muy pronto’”. Y vaya si debe soñar ese cerebro suyo, porque sus propias pesadillas parecieran cobrar vida en sus obras. Este maestro del terror asegura un mínimo de seis páginas diarias escritas y considerando sus más de 350 millones de novelas vendidas en cuarenta años donde publicó más de cincuenta títulos, parece una buena ecuación.

Con rigurosidad espartana, Haruki Murakami se despierta a las 4 de la mañana, trabaja seis horas, luego corre diez kilómetros o nada 1.500 metros: “A veces hago ambas cosas. Luego leo un poco y escucho algo de música para irme a dormir a las 9 de la noche. Reitero con precisión esta rutina sin variar, la repetición es fundamental, una forma de hipnosis. Y dependiendo del libro que puede tomarme entre seis meses y un año, esta rutina requiere de una fuerza mental y física destacadas; por eso escribir una novela larga es un entrenamiento de sobrevivencia. La fuerza física es tan necesaria como la sensibilidad artística”, concluye uno de los autores más importantes de la literatura contemporánea.

Friedrich Nietzsche se levantaba al alba, se higienizaba con el agua fría de la jofaina en su habitación, bebía un vaso de leche tibia y escribía (pensaba, concluía, sufría) hasta cerca del mediodía. Cuando levantaba por fin la cabeza, se dirigía a una larga caminata entre los lagos alemanes, cuaderno anotador en mano para no perder un segundo y así plasmar en palabras sus pensamientos. Siempre cubierto por un parasol verde, el filósofo regresaba para una merienda con pan, miel traída especialmente desde Naumburgo, galletas y té para volver inmediatamente al trabajo (la salita donde lo hacía estaba pegada a su habitación donde escribía). A las once de la noche apagaba la vela y se disponía a dormir.

Kurt Vonnegut envió una carta a su esposa Jane en 1965 donde decía: “Me levanto a las 5 y media y trabajo hasta las 8, desayuno en casa y sigo escribiendo hasta las 10. Luego salgo a caminar unas cuadras por el pueblo, hago algunos mandados y voy hasta el natatorio municipal (a esa hora estoy solo), nado una hora y media y vuelvo a casa a las 11:45. Leo el correo, almuerzo y preparo mis clases. Cuando vuelvo del colegio a las 5 y media, mareo mi vibrante intelecto en whisky y agua, cocino, leo y escucho jazz. Me tiro a dormir a las 10. Hago abdominales y sentadillas todo el tiempo y me siento fuerte y me siento esbelto y fibroso pero no creo que sea así”.

Vladimir Nabokov empezaba a escribir al mediodía y terminaba cerca de las seis de la tarde, siempre bien monitoreado por su querida esposa Vera. Comenzaba haciéndolo de pie en un pupitre alto hasta que el cansancio lo vencía y se acomodaba en un sillón frente a una mesita pequeña en su estudio, donde también contaba con un camastro donde se recostaba cuando lo aquejaba el dolor de espalda.

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Kurt Vonnegut
Martin Heidegger se retiraba junto a su esposa a una cabaña en medio de las montañas al sur de Alemania. Durante cincuenta ininterrumpidos años, el filósofo alemán, cabizbajo, con su ceño fruncido, pensaba y escribía sin más remedio. También recibía a sus alumnos inmerso en una nebulosa donde el tiempo y sus circunstancias se volvían palabra. “La cabaña me pone en rigurosos contacto con la existencia”, aseguraba. Y sin dudas, ese entorno natural, frío, lo relacionaba con su pensamiento.

Henry Miller decía: “Cuando no puedas crear, deberás trabajar”. Y entre sus diez mandamientos se destacan: “Trabajar en una sola obra hasta terminarla. Despojarse de nervios, escribir tranquilo, hacerlo según lo estipulado y no de acuerdo a la predisposición. Hacerlo por placer, no obligado. Cementar un poco cada día antes que agregar nuevos fertilizantes. Y olvidarse de los libros que uno quiere escribir, concentrarse solo en el que está trabajando”.

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Maya Angelou (Getty)
La poeta, escritora y activista por los derechos civiles Maya Angelou describía así su día: “Despierto a las 5 y media, tomo un café a las 6 con mi marido. Luego él se va a su oficina y yo a la mía. Mi oficina es en realidad un cuarto de hotel, uno pequeño, con apenas una cama, un diccionario y una Biblia, un escritorio con las cartas y una botella de jerez. Llego a las 7 y me voy a las 2 de la tarde. Es un modo solitario y maravilloso, voy editando mientras escribo. Cuando llego a casa, releo e intento evadirme, me baño, preparo la cena así cuando llega mi marido no estoy absorbida por el trabajo. Intentamos llevar un ritmo de vida normal, bebemos algo y luego de la cena le leo algo de lo que haya escrito ese día. No hace comentarios al respecto, no permito a nadie más que mi editor a que lo haga pero me gusta escucharlo en voz alta. Escucho la disonancia y por la mañana lo corrijo”.

Dice María Kodama sobre Borges: “Era normal como todas las personas, Borges no tenía rutina, no era la persona que se levantaba y escribía sistemáticamente, sólo escribía cuando tenía voluntad de escribir. Muchos de los cuentos que compuso nacían de sueños que había tenido. Hay una anécdota muy divertida y es que un día estaba junto a Borges en Estados Unidos, se despertó y me dijo que me iba a dictar un poema y me dictó el poema, lo publicó y se hicieron las reediciones de libros, pero nunca corrigió ese poema, cosa que era casi imposible imaginar en Borges, porque para él, un poema o cuento era el comienzo de una infinita serie de correcciones. Un día con curiosidad le pregunté por qué no había hecho la corrección de ese poema. Y me respondió: ´No, yo no puedo corregir ese poema, porque ese poema no es mío, me lo dictó Kafka en el sueño, cuando vuelva a soñar y Kafka me diga que debo corregirlo, él sabrá qué debo corregir”.

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Jorge Luis Borges y María Kodama
Truman Capote, Mark Twain y George Orwell escribían ¡acostados!, mientras Hemingway lo hacía de pie (“mejora mi concentración”, aseguraba), al igual que Virginia Woolf, Philip Roth y Lewis Carroll. Víctor Hugo obligaba a sus sirvientes a que retiraran toda la ropa del vestidor así se veía obligado a no salir de su casa y terminar de escribir (considerando el volumen de Los Miserables debe haberse pescado más de un resfrío). Charles Dickens escribía en absoluto silencio con el escritorio mirando a la ventana. Agatha Christie lo hacía en cualquier lado de manera desordenada. Simenon no hacía nada en meses para luego escribir todo de una vez. John Milton daba las mismas vueltas por su jardín entre cuatro y cinco horas diarias antes de disponerse a escribir.

Wittgenstein trabajaba en un austero escritorio donde daba la luz del sol, rodeado de estantes vacíos ya que no quería que la obra de otros autores lo influenciara. Karl Marx pasaba el día entero en el Museo Británico desde que abría hasta que cerraba, fumando compulsivamente, leyendo y tomando notas para continuar haciendo lo mismo en su casa. Bukowski empezaba su día a medianoche, Honoré de Balzac a la una de la madrugada y a Sylvia Plath a las cuatro. Kerouac era supersticioso: se obligaba a escribir hasta que se apagara la vela, rezaba arrodillado antes de comenzar y “sospechaba” de la luna llena y sus consecuencias. De Lillo salía a correr “para sacudirme entre un mundo y otro” y escribía mirando una foto de Borges colgada en su pared. Anaïs Nin escribía sus historias por la mañana y sus diarios por la noche.

Y así, extravagantes, majestuosos, cada artista con su obra, su relación con la vida cotidiana en ese hogar que es la literatura. Cada experiencia, cada título, pues únicos e irrepetibles. Como ellos mismos.

Fuente: Lala Toutonian, Infobae.

Nota Diario de cultura.

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