“Estamos en el mundo y con los ojos en la noche”

Entre los recuerdos de Jacobo Fijman hay un hecho que el poeta ubica en París, entre el ’28 y el ’29. Allí, mientras buscaba el Cantar de los Cantares en la traducción de Fray Luis de León (que, según él, en Buenos Aires no existía) se encontró con una vieja gitana que lo llevó a su casa. Fijman se resistió, pero fue doblegado por la “sonrisa angelical” de la desconocida. Ella lo sentó a su lado en una cama “más negra que una noche enlutada”, tiró las cartas y le dijo: “Naciste una madrugada con la luna nublada. Lloraban las gallinas y los perros recitaban la lección. Detrás de la luna bostezaba una paloma. La tempestad tendrá un sol que limpiará tu cara”. Fijman cuenta que miró a la gitana barajar y cortar las cartas y que de uno de esos cortes emergió un 7 de espadas. El poeta se puso lívido. Sacó las últimas monedas que llevaba en el bolsillo y las arrojó en la cama. A partir de allí convivió hasta el fin de sus días con una idea: “Los astros me persiguen”. Fijman muere en 1970 en el Hospital Borda, donde estaba recluído en forma permanente. Había escrito: “Ha caído mi voz, mi última voz, que aún guarda mi nombre/Mi voz:/pequeña línea, pequeña canción que nos separa de las cosas./Estamos en el mundo y con los ojos en la noche./Mi voz es fría y sucia como la piel de los muertos.”

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