“Este presente me trajo ganas de descubrir cosas nuevas”

El saxo es de los instrumentos más honestos. Cuando se escuchan esos tonos o esas melodías, uno puede interpretar que se puede estar escuchando una extensión del alma. El sonido cálido es como el mejor condimento que ha logrado conseguir la escena musical. Adaptándose a las exigencias de cualquier estilo, tiene la capacidad de llevar al oyente a transitar diferentes planos emocionales. De todos esos secretos sabe muy bien Matías Rach, un músico santarroseño que siendo niño quería aprender a tocar el trombón, como su padre, pero finalmente sería el saxo la llave para abrir su mundo creativo.
“Cuando chico tuve una insistencia bastante considerable hacia mi papá, quien es el trombonista solista de la Banda Sinfónica y tocó muchos años en el Grupo de Jazz Santa Rosa. Estaba con ellos en todos los ensayos, por lo que surgió esa curiosidad. El primer intento fue con la trompeta, a los cinco años quería estudiar y busqué la manera. Habló con la gente del Archivo, por los instrumentos que estaban dados de baja, para que me prestaran uno que funcionara, no para los requerimientos profesionales pero sí para empezar. Me trajo la trompeta y me la dejó. Sin pensar aún en un profesor, solo para que viera de qué se trataba. En ese momento desarmé la trompeta, la desoldé toda y mi papá dijo “creo que no te va a interesar la música”. Se enojó mucho, mandó a que la arreglaran y la devolvió. Ya de grande me di cuenta lo que había hecho”, contó Rach, entrevistado por El Lobo Estepario.
Criado en un ambiente familiar donde se respiraba principalmente jazz, Rach es actualmente el director del Ensamble de Vientos y Percusión de General Pico, un colectivo de intenciones creado como espacio para ofrecer herramientas a quienes tienen intenciones de desandar el camino de la música, tanto desde lo práctico como lo teórico. “En en segundo intento, viniendo en el auto de un ensayo del Grupo de Jazz junto a mi papá y a Darío Gigena, le comento a este que quería estudiar trompeta, se dio vuelta y me dijo “bueno, si vas a hacerlo conmigo realmente vas a tener que estudiar, no se puede hacer si no se le da importancia…”. Yo me asusté mucho y decidí optar por no estudiar al creer que no iba a estar a la altura de los requerimientos. Darío era uno de los mejores trompetistas de la provincia y me dije ¡mejor, no!. Actualmente somos compañeros de trabajo y en ese momento no me había dado cuenta que estaba bromeando conmigo, como suele suceder. Ese fue otro intento fallido”, prosiguió contando sobre esos primeros impulsos.

– ¿Cómo se produjo finalmente esa conexión después de los infructuosos escarceos iniciales?
– A los ocho años me planté ante mi papá y le dije “¡quiero tocar el trombón a vara, quiero tocar lo mismo que vos!”. En casa había uno, empezaron las primeras lecciones con mi viejo que es un músico autodidacta y la verdad que la relación no funcionó muy bien, o funcionó para que él se diera cuenta de que realmente quería estudiar música, pero tal vez no para tocar el trombón. Esas relaciones de padre e hijo que son difíciles al principio. Sucedía que lo que iba aprendiendo se lo mostraba a mamá y eso me enojaba, yo no quería. Bueno, nos peleábamos por eso y en definitiva motivó un parate tras una decisión consensuada. Igualmente me dijo que si abría otra vez la Escuela de la Banda Sinfónica iba a señalarme qué tenía que estudiar. Así fue. Unos tres o cuatro años después hubo un intento de reapertura y cuando tenía 11 años me dice “¡te conseguí el instrumento!”, le pregunté cuál era y me responde: “el saxofón. Ah, ¡y un profesor genial que te va a encantar!”. En esa época llegaban a casa revistas de jazz, me mostró los tipos de instrumentos que había, y en la Escuela conocí a Sergio Bongiovanni, mi profesor. Me apasionó, un poco convencido por mi papá, aunque me sigue gustando el trombón.

– ¿De qué manera empezaste a dar los pasos que sirvieron para construir el camino?
– Mi amor por el saxo fue alimentado por ese gran profesor, se armó una especie de ensamble de clarinetes y saxofones en la Banda, éramos 80 inscriptos, pero como siempre pasaba eso se cerró y de los 80 quedamos dos: Camilo Sánchez en clarinete y yo. Ambos nos fuimos a Brasil, en un momento donde aparece la figura de mi papá diciéndome que estudiara una carrera universitaria y tuviera a la música como un hobby, que era difícil, pero yo no lo dudé, quería ser músico. En Brasil integré la Banda Sinfónica del Conservatorio de Tatui, con 70 músicos profesionales, los alumnos éramos ocho o nueve, nada más. Fue una experiencia fantástica vivenciar todo eso, conocer directores de diferentes partes del mundo. Llegando al final de la carrera surgió la posibilidad de viajar a Georgia, Estados Unidos, luego del ofrecimiento de un director a través de una beca. Pero sucedió que me replanteé el hecho de qué quería hacer con la música, cada vuelta a La Pampa había estado cargada por un montón de energía, me gustaba poder transmitir esos conocimientos a la gente, y bueno, decidí volverme. Fue duro, nadie es profeta en su tierra, gané el concurso de saxofón solista en la Sinfónica, y pude seguir manteniendo esa sintonía gracias a Sergio (Bongiovanni) y Darío (Gigena), quienes ayudaron para que sucediera. Poder ver de qué manera me insertaba en Santa Rosa. Pero nunca funcionó, más allá del trabajo en la Banda. Fue entonces que decidí buscar nuevos horizontes.

– Y así apareció General Pico para cobijar tus ganas…
– Estuve dando clases en Castex y en Pico, y en esta ciudad encontré el lugar en mi provincia, donde me sentí tan bien como cuando vivía en Brasil, esto es, hablar el mismo idioma desde lo musical, compartir los mismos intereses, estar con personas con ganas de superación. Verdaderamente conocer en 2011 a María del Carmen García Suárez y a toda la gente del Centro Cultural Maracó fue encontrarme conmigo mismo, tener otra vez un sentido de pertenencia. Si hoy me siento en un lugar es en Pico, donde arranqué con un taller de saxo. A la primera clase fueron seis o siete, en la segunda hora hubo otras siete u ocho personas. En la segunda clase ya tenía 24 alumnos, fue algo fantástico. A raíz de eso empezamos a hacer diferentes presentaciones de música de cámara y me encontré con un lugar en el Maracó, la Sala 1, donde había un Ciclo de Cuerdas y Vientos, donde la gente había organizado un festival y conciertos, algo que desconocía. Sin dudarlo armé ensambles de saxofones para participar, la gente respondió de una manera increíble provocando que muchos niños que ya estudiaban y tenían interés por otros instrumentos, se acercaran. Me dije “¡esto está buenísimo!”, pero no había profesores y yo lo era solo de saxo, no de trompeta ni de clarinete, por ejemplo.

– ¿Dónde estuvo la solución dentro de ese contexto de ideas bosquejadas e impulsos compartidos para llegar a este destacado presente del Ensamble de Vientos y Percusión?
– Empecé a indagar la historia, no era normal ese movimiento de gente, y entonces reflotamos una banda. Presenté un proyecto con un nombre raro, María del Carmen vino y me dijo “no, esto se va a llamar Ensamble de Vientos y Percusión”. Ella supo como hacerlo, presupuesto no había mucho, se sumó un profesor de trompeta y uno de flauta, que venían cada 15 días, y así creció de una manera muy importante. Pude canalizar todas mis energías en un lugar con todas las cosas que se querían hacer. De a poco, y con esfuerzo, el staff se fue ampliando, pero siempre a fuerza de pulmón. Fue construir con lo que teníamos, se lograba algo y siempre se iba por más. Nuestra filosofía es muy clara: primero se hace, se muestra y después se logran los resultados. A partir de eso se iba para adelante, se armó un grupo de docentes que hizo que las cosas cambiaran el rumbo, dejamos de ser un Taller para pasar a ser una Escuela, había tantos chicos que los padres se acercaron y se interesaron. Así se formó la Asociación de Padres y Amigos del Ensamble de Vientos.

– Seguramente en tu rol de director se mezclará parte de tu historia personal, tus vivencias, emociones, tu carácter ¿qué se siente?
– Desde hace un tiempo me encontré al frente del organismo y descubrí una nueva faceta que es la dirección orquestal. Lo que me fascina es que estoy en un proceso de estudio, vamos con Darío Gigena a Buenos Aires a tomar clases con el maestro Gustavo Fontana. Es algo totalmente nuevo, el proceso me toca igual que a los chicos, esto es, aprender y aprender. Este presente me trajo ganas de descubrir cosas nuevas, de sentirme otra vez como un adolescente. La matrícula actual es de 90 chicos, podría ser más grande pero todavía nos cuesta muchísimo la compra de los instrumentos, y seguimos con unas incansables ganas de meterle para adelante, yendo a capacitaciones, trayendo gente para capacitaciones, yendo los chicos a estudiar. Socialmente nos hemos insertado en el norte de la provincia. Aspiramos a que sea la primera Escuela de música en La Pampa. Lo principal es toda esta gente que se ha movido en la ciudad, citar por ejemplo a Paulo Ferrero, que hizo tanto, al igual que Jaime Rivera, o Beatriz Giansetto, que sigue colaborando para que esto fluya y siga para adelante.

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Autor

Raúl Bertone