Foto hallada en un espejo

Foto hallada en un espejo

Ahí estoy yo, con tres años recién cumplidos en el cine de la Sociedad Italiana de mi pueblo. Todavía no entiendo cómo puedo acordarme del momento exacto en que me sacaron aquella foto pero es así. Aún tengo presente en la memoria olfativa el olor a gamulán de las mujeres, las pastillas de menta en mis dedos y el perfume de las señoras en invierno. También recuerdo la voz del fotógrafo, el “Negro” Heredia, que me llama por mi nombre. Y algo de gamulán de terciopelo y algo de menta metálica hay en su voz de locutor también. Y yo, que al oír mi nombre, me vuelvo en la oscuridad del pasillo y veo una sombra con una cámara y la repentina luz de un flash, sonrío. Como si se apareciera ante mí la propia luna. Eso es todo. Luego no recuerdo nada con precisión. Como si el fogonazo de aquella luz artificial hubiera fijado el instante no sólo en un negativo sino también en la emulsión de plata de mi memoria, para que todo vuelva a ser oscuridad después.

Ahora que por primera vez saco cuentas, pienso que esa noche debe haber sido la de un sábado del setenta y cuatro. Mi madre me ha llevado al trasnoche porque en esos días aún estaba mi padre con nosotros, que era el programador de la Sociedad Italiana. También entiendo que debió comprarme pastillas de menta y, guardándolas con su medicación para los nervios, me las iba administrando durante la película. Y también que al ver al fotógrafo del pueblo le pidió un retrato mío que después se lo compraría para regalarlo a algún pariente, como le gustaba hacer. Extrañamente por esos días, mi madre tenía algo de dinero. La tienda de mi abuelo no se había fundido y mi padre aún estaba en casa.

En estos momentos en que lo pienso mejor, aquella debe haber sido la última foto de un niño dichoso; la de aquel cuya resultante natural debió haber sido un hombre muy distinto a este que escribe; melancólico y apagado. Pero por ese entonces yo nada sé del futuro del mismo modo en que ahora y muy a pesar de aquel recuerdo, nada puedo recuperar de aquel pasado.

Pero hay una segunda cosa que recuerdo con una nitidez asombrosa y es mi pulóver con la imagen del Zorro. Me lo habían regalado para mi cumpleaños número tres, en los últimos días del otoño. Por alguna extraña razón, yo era fanático de aquel caballero de la noche; ese cuyo corcel azabache parecía brillar bajo una luna invisible en mi televisor en blanco y negro. Y aquel fanatismo había derivado en ese regalo; en ese pulóver con la efigie del justiciero que me ponía para jugar en la galería, esgrimiendo un plumero a modo de espada contra un sargento García imaginario, ante la risa de mi padre.

Sin embargo, poco tiempo después la galería se volvería silenciosa y desolada. Mi padre se iría para siempre, mi abuelo empezaría a morirse en la tienda y el plumero se cubriría de una finísima película de telarañas; como esos rincones que ya nunca más limpiaría mi madre ni recorrería mi sable de palo de escoba.

Pero a pesar del olvido, quedará una oscura aura del zorro en la galería; el desolado farol que, proyectando su sombra en una de las paredes, me hará pensar para siempre en aquel sombrero alto y aquella noche en el cine, en el último día perfecto de mi infancia.

Creí que aquella foto se había perdido para siempre, pero cuando hace unos meses mi primo me avisó que habían empezado a demoler la casa de mi tía Nelly, reapareció mágicamente. Estaba en el ángulo inferior de un viejo espejo de modista con las esquinas comidas por el óxido, los colores deslavados y el papel fotográfico retorcido por la humedad y secado por el polvillo de cuatro décadas sucesivas.

“Lleváte lo que te haga falta” me había dicho mi primo abriéndome la puerta chirriante en la casa de la mujer muerta.

Además del viejo diploma de costura y algunos papeles de sus antepasados libaneses, tomé aquella foto. Y cuando salí a la vereda, me primo me preguntó si eso era todo lo que me iba a llevar, como no entendiendo el valor que le daba a esos papeles chamuscados. “Sos económico, ¿eh?”, me había dicho. Seguramente ni sabía que esa foto era un retrato mío y que esos documentos en árabe eran parte decisiva de mí (de nuestro) ADN.

Pero aún me veo ante el espejo con los ojos de la imaginación; ya que no hay reflejos en esa vieja plancha lunar donde mi tía vestía a las mujeres ricas del pueblo. Tan sólo una oscura sombra temblando en la superficie como el lomo de un pez en un lago sucio. Algo siento en mi mano cuando agarro aquella foto, algo que tiene que ver con un inexplicable temblor también. Es una extraña sensación en los dedos como si me pasaran un caliente shock eléctrico, seguramente debido a las chispas de mi pulóver o a que estuve pintando con acuarelas azul eléctrico. Y como si aquel reflejo oscuro me devolviera un instante perdido en la memoria (como el fogonazo del flash en aquella noche del setenta y cuatro) me vuelvo a ver en el pasado.

Voy corriendo a la casa de mi tía Nelly y le doy aquella foto. Le digo “tía, te la manda mi mamá para que la guardes de recuerdo”. Y ella, mi tía, con la boca llena de alfileres y la vista puesta en un molde de papel de diario me dice: “ponéla en el espejo, hijo, que estoy ocupada”. Y aquel espejo es una luna llena resplandeciente, como un lago cargado de peces de plata futuros. Pero cuando la encajo en el ángulo inferior, algo se oscurece en mí. Porque en el reflejo claro veo un hombre oscuro. Un hombre mayor que me da miedo y a la vez pena. Tiene algo de aquel sombrero del zorro en la pared de la galería en su efigie en sombras. Y sé que su oscuridad es también la de una ausencia. Tiene los mismos ojos de mi padre que se fue de casa y a la vez algo de los míos cuando lo vi alejarse por el callejón. Sólo que detrás suyo no están los afiches de la Sociedad Italiana sino una pared azul como la de mi tía Nelly, sólo que desteñida y rota a martillazos. Pienso que su mirada es la de alguien que se ha quedado solo frente a un lago oscuro o la de un lago oscuro que se ha instalado para siempre en la mirada de un hombre. Algo que acaso ya empezó a nadar por mi sangre de niño como peces de oscuridad en un estanque sucio. Y sobre todas las cosas, el hombre tiene la piel fría. Como si de repente tocara uno de esos peces. Porque cuando encajo la foto, sus dedos rozan los míos como en una descarga eléctrica.

A esto lo escribo con mi sangre desde su sangre y con mi pulso desde su pulso. Y lo pienso desde su imaginario pero con mi imaginación (el hombre nunca tendrá lo que se dice “imaginación”, tan sólo un implacable archivo de recuerdos).

Y entonces veo la pintura de Miguel Ángel y ese dios tocando un Adán sixtino. Y como ante ese fresco, todavía caliente en la memoria, me pregunto quién de los dos creó a quién.

Iván Wielikosielek
Por Iván Wielikosielek

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